El plegador de proteínas

La fiesta de los solos y solas había comenzado temprano. Con el pago de la entrada me garantizaron que no me iría solo y estaba convencido de que así seria. La música estaba en su mejor momento y la línea de conga ya sumaba más de cien personas. La cadena humana se desplazaba arrastrada por una fuerza misteriosa a través de la pista de baile que habían dispuesto en el jardín. La noche estaba cálida y unas gotas empezaron a caer. Los más coquetos, aquellos que habían pasado el día entero en la peluquería preparado su peinado, se dirigieron hacia el centro de la pista, arrastrando a sus vecinos de la cadena. Allí, se empaquetaron bajo un pequeño techo redondo que los mantenía a resguardo del agua y no salieron más. Eso afecto seriamente la circulación de la línea de conga que ahora se limitaba al recorrido que podían hacer los coquetos sin mojarse. Cuando alguno estaba por abandonar la zona seca, el movimiento de la cadena se invertía volviéndolos a poner en un lugar seguro.
Desde la visión privilegiada del Dj en las alturas, lo que, tan solo unos minutos atrás fuera una perfecta línea recta de conga, se había transformado en una curva con múltiples invaginaciones hacia el centro cada una liderada en el extremo por un coqueto que no estaba dispuesto a abandonar la zona seca.
Pero la lluvia fue solo el comienzo de una serie deformaciones que siguieron a continuación. Cada nuevo rulo en la cadena dio lugar al encuentro de personas que se hallaban distantes en la línea. Dependiendo de la química de las parejas que se encontraban, la movilidad local se restringía en mayor o menor medida. En el caso extremo, algunos encuentros se materializaban en abrazos que derivaban en una detención total del movimiento en esa parte de la cadena. Cuando el abrazo parecía evolucionar hacia otro tipo de cariños extra, los chaperones que estaban por doquier se encargaban de poner las cosas en su justo lugar. El Dj observaba con preocupación cómo el movimiento de la línea iba perdiendo fluidez y se transportaba en una estructura compacta y estable cada vez más estática.
En un momento y de manera abrupta la música cesó, el silencio invadió el lugar y los reflectores se encendieron iluminando la pista de baile.
Fue entonces... cuando los aminoácidos, que se habían creído bailarines formando parte de una línea de conga, se dieran cuenta de la verdad. ..
Que cada uno de ellos, no era ni más ni menos que un eslabón de la cadena proteica que acababa de formarse y que eso significaba, que efectivamente, como me garantizaron, yo no me iría solo esa noche.
Que los coquetos que escapaban de la lluvia, no hacían más que ser fieles a su naturaleza hidrofóbica que los llevaba a ocupar los lugares interiores lejos del agua que los rodeaba.
Que nadie tenía brazos y que los abrazos que habían imaginado eran los puentes de hidrogeno que algunos habían formado.
Y que tampoco tenían piernas y la fuerza misteriosa que los movía a través de la pista era …
Fue entonces cuando el plegador de proteínas que se había creído escritor y se imaginó una historia mientras trabajaba frente a su computadora, se dio cuenta que la tarea estaba terminada. Arrastrando con su ratón partes de la cadena de un lado a otro había logrado finalmente una conformación estable. Estaba listo para enviar la estructura de la proteína a un laboratorio que se encargaría de sintetizarla y el relato que había escrito a un concurso de inspiradores de la ciencia.
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