Estrella fugaz

No tiene sentido. Sus dedos vuelan sobre las teclas, repasando por enésima vez el código y lanzando de nuevo la simulación. Y allí aparece otra vez. La misma gráfica, los mismos resultados, la misma conclusión absurda.
Cuando vio por primera vez el mosaico que escupía la pantalla, el astrónomo sonrió divertido. Convencido de que cualquier errata en el código había dibujado esa caprichosa forma. A medida que había repasado línea a línea el largo archivo, su mente soñaba con posibilidades alternativas. Tarde o temprano el escurridizo error acabaría mostrándose evidente y la fría realidad congelaría sus acaloradas fantasías, pero no podía evitarlo. Llevaban tiempo estudiando la estrella, una supergigante azul sobre la constelación de Cefeo, a unos 8.000 años luz de distancia. No parecía especialmente llamativa, pero los datos del telescopio Gaia habían llamado la atención sobre ella. El brillo de la estrella era variable, con una pequeña componente aleatoria, así que habían decidido seguir explorando. Como tantas veces, el descubrimiento fue cosa del azar: esa noche, el astrónomo había empezado a jugar con las señales recogidas del telescopio. Como entretenimiento, probó a representar en dos dimensiones la amplitud de una oscilación frente a la otra. Los datos eran demasiado ruidosos, pero detrás de las perturbaciones se adivinaba una cadencia que él conocía bien.
Ahora, el astrónomo se está quedando sin explicaciones alternativas, y cada vez es más complicado acallar los gritos del niño de ojos brillantes que se esconde detrás de la solemnidad aparente de cualquier científico. Modifica con agilidad algunos parámetros, añade un par de órdenes adicionales al código, ordena al procesador que ignore una sección especialmente contaminada de los datos, trata de filtrar el resto y golpea la tecla intro creyendo saber de antemano que la pantalla arrojará ruido blanco. Esta vez aparece claro. El conjunto de Mandelbrot. La representación bidimensional parece el contorno del famoso fractal. La figura es clara, la idea encaja sin fisuras. La teoría no solo explica los datos,
además es elegante: tiene que ser cierta. Ningún proceso natural podría dibujar una filigrana tan
sutil. Es artificial.
El astrónomo no puede ya contenerse, necesita contárselo a alguien. Mete a toda prisa su portátil en una mochila, se pone un abrigo sobre el pijama y sale a la calle mientras espera que su colega conteste al teléfono. Arranca el coche y establece un punto de encuentro. Las afueras del observatorio. Le da instrucciones para que avise a los demás. Necesita enseñárselo a todos. Cuando llega a la explanada, le esperan cuatro pares de ojos irritados. El corazón del astrónomo late desbocado. En un arrebato mira hacia arriba, busca con la mirada la estrella, como si temiera haberla perdido. A pesar de que no puede verla, con sus ojos aún acostumbrados a la claridad de la ciudad, sabe cómo localizarla, guiándose por Deneb, siente dónde está. El astrónomo le dirige una última sonrisa cómplice, consciente de que comparten un secreto que está a punto de dejar de ser sólo de ellos. Saca su ordenador y empieza sus atropelladas explicaciones. Nadie entiende gran parte de lo que oye, y cuando él les enseña su diagrama, todos se lanzan a rebatir las conclusiones del astrónomo. Ellos también repasan el código, buscando un error inexistente. Poco a poco se convencen. Admiten que no hay trampa en el programa, que no cabe otra solución. Con la carne de gallina y los ojos casi llorosos se abrazan, cantan, gritan, ríen.
Y entonces sus sonrisas se congelan mientras miran hacia arriba. La pequeña porción del espacio en la que saben que se encuentra su estrella se ilumina con un fulgor inesperado. Aunque ninguno se atreve a expresarlo en voz alta, todos saben que es su estrella la responsable de ese brillo inaudito. Es su estrella la que ha elegido ese instante caprichoso para consumir sus reservas nucleares y estallar en una bomba de luz. ¿Eso era todo? Un mero sarcófago de brillo, un testamento luminoso con el simple objetivo de propagar a todos los puntos cardinales un “estoy vivo”. O mejor, un “estuve vivo”. Un juramento de esperanza atravesando la galaxia a razón de trescientos mil kilómetros cada segundo, que aún tardará en alcanzar los confines de nuestra Vía Láctea decenas de miles de años, y que jamás llegará ni a ser un murmullo en ninguno de esos otros cientos de miles de millones de galaxias que la venda cegadora de la velocidad finita de la luz nos permite conocer. Nunca llegaremos a conocer a esos primos lejanos. Nunca sabremos más de ellos que lo único comprensible a través de esos débiles pulsos luminosos: también se maravillaron ante la belleza de los fractales. Y sin embargo... ¡Cuánto más hermoso es un universo en el que no estamos solos!
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