¿Qué tal el trabajo hoy?

“¿Qué tal el trabajo hoy?”, preguntó Jordi de forma casual mientras se sentaba a la mesa. Adela ya estaba dando cuenta de la crema de verduras. De tanto en tanto, miraba distraída por encima de la barandilla del balcón. En el parque, grupos de gente apuraban los últimos rayos de sol del día. Había más gente que antes de la pandemia. O quizás antes se fijaba menos.

“Pues mira: he estado trabajando desde las nueve de la mañana hasta hace un rato, solo he parado para comer, y es como si no hubiera hecho nada en absoluto. Nada. No he avanzado ni un puto milímetro. No funciona”. No dijo nada de eso, sino que se encogió de hombros. “Bah”, murmuró, y tragó otra cucharada, mientras sentía cómo le volvía el mal humor.

“¿El código no funciona?”, aventuró Jordi tras un par de segundos.

“El código no funciona”.

“Ya, pero ¿cómo sabes que no funciona?”.

En realidad era una buena pregunta, porque había ocasiones en que no era fácil saberlo. Pero esta no era una de esas ocasiones. “Porque cuando el ordenador ejecuta el programa obtiene números absurdos: ceros, infinitos…”

“Y eso está mal, claro”.

Adela le devolvió una sonrisa burlona. “Se supone que mi código calcula el ritmo al que produciría energía un reactor de fusión por confinamiento magnético. Y no, esa cantidad no puede ser ni cero ni infinito. Hay algo mal.”

“¿No será que has hecho un descubrimiento para los Nobel?”. Jordi solo trataba de animarla, pero Adela llevaba años oyendo ese tipo de bromas, y siempre le habían incomodado un poco. Sabía perfectamente por qué: aunque desde pequeña había sido la primera de la clase, eso se había acabado en cuanto empezó el doctorado. La ciencia de verdad era otra liga, y precisamente hoy era uno de esos días que se lo recordaban. Forzó una sonrisa de compromiso.

“¿Y qué es lo que está mal?”

Ese era el problema, claro, que no lo sabía. Había repasado el código una veintena de veces, archivo por archivo, línea por línea, y no veía nada mal. Estaba bien escrito. ¡Estaba bien! Por supuesto, sabía perfectamente que eso no era cierto: el ordenador no tenía voluntad propia, y se limitaba a ejecutar una tras otra las líneas del código que ella había programado. Si el resultado era ridículo, el ordenador no era el culpable… Esta era la primera lección que una aprendía en la asignatura de física computacional. Más adelante, ya durante el doctorado, su supervisor se la había recordado divertido en alguna ocasión. Apartó aquel recuerdo inoportuno. “No sé que está mal. Si lo supiera, lo arreglaría”, respondió. Automáticamente lamentó haber sido tan hosca.

“¿No puedes pedir ayuda a alguien?”. Jordi no era de los que desanimaban fácilmente. Además, la conocía bien y sabía que le costaba apoyarse en otros.

Negó con la cabeza. “Si fuera algo de la física, o de las ecuaciones, quizás. Pero no es eso: hay algún error en las tripas del código, y solo yo conozco esos detalles. Si alguien puede encontrar el error, soy yo”. Al momento fue consciente de cuál era el corolario: si ella no podía encontrar el error, nadie podía. Podía tirarse así meses. O años. Suspiró imperceptiblemente, o eso creía haber hecho.

“¿Qué?”, preguntó Jordi, que había captado el gesto.

“Nada”.

“Bueno, cariño”, prosiguió Jordi tras un instante, “siempre dices lo mismo y al final te acabas desatascando”.

“Pues sí”. Y Adela se vio obligada a enfrentarse a la idea que había estado rondando su mente. Efectivamente, siempre estaba igual, siempre atascada. Se pasaba semanas, a veces con sus fines de semana, buscando un problema. Cuando finalmente lo solucionaba, era para encontrarse con otro, y vuelta a empezar. ¿Eso era normal? Racionalmente, sabía que sí, que lo era, pero no podía dejar de pensar que en sus viajes de trabajo y conferencias se había cruzado con investigadores que parecían llevar una vida más relajada que ella. “A ver”, se dijo, “no todo el mundo trabaja en un código que puede suponer un salto adelante en el diseño de reactores de fusión”. En realidad sabía que ese era un pensamiento injusto, que lo suyo era una parte minúscula de un esfuerzo colectivo y que, en el mejor de los casos, ella estaría contribuyendo con un salto pequeñito. Pero la sensación que le producía era agradable, así que se agarró a ella igualmente. Además, siguió meditando, mientras saltaba de problema en problema le seguían pagando todos los meses. El balcón soleado en que cenaba con su marido era en parte resultado de ello. Se acordó entonces de los planes que tenían preparados para el fin de semana.

“Oye”, concluyó Jordi sonriendole, “nadie dijo que conseguir la fusión sería fácil, ¿no?”.

“No”, repondió Adela, sintiendo que le había vuelto el buen humor.
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