El placer de reencontrar

Desde bien temprano, mi curiosidad se posó en la biología. Cada vez que observaba con detenimiento la belleza de las flores, sus diseños y sus intrincadas estrategias para atraer la atención de los insectos, mi asombro crecía y crecía sin límite. Es cierto que nadie en mi familia se había dedicado a la ciencia, pero nunca tomé eso como una limitación. A pesar de todo, siempre conté con el apoyo de mi padre. Él desconocía muchas de los temas que aprendía yo en el colegio, pero siempre mostraba curiosidad y respeto por lo que allí me enseñaban. A menudo, me pedía que le contase las cosas que aprendía en colegio mientras él escuchaba atento.
- Las mariposas tienen sus ojos divididos en más de 10.000 pequeñas ventanas, a través de las que ven- le contaba yo, satisfecho.
- Entonces, es como si nosotros tuviéramos 10.000 pequeñas cámaras apuntando desde distintos ángulos, ¿no? – preguntaba él.

Mi padre siempre trasladaba los conocimientos que le transmitía en el idioma de lo real. Las más de las veces, su pragmatismo florecía a través de la pregunta “¿Para qué le sirve eso?”, lo que me obligaba a repensar todo lo que le había dicho. Fueron esas preguntas, esas pequeñas semillas, las que verdaderamente permitieron que la biología se convirtiera en mi pasión. Mi padre no pretendía que me convirtiera en una enciclopedia ambulante, sino que me hiciera a mí mismo mediante el pensamiento.

Me es inevitable pensar ahora en mi hija Sofía cuando recuerdo esos momentos con mi padre. Con la misma curiosidad e inocencia, mi hija Sofía vuelve corriendo de la escuela para llenarme con todas las cosas que ha aprendido ese día.
- Papá, hoy hemos aprendido que es un buitre. Es un pájaro muy grande, de más de 2 metros de longitud- recitaba ella con una ilusión desmedida.
- ¡Wow, qué pájaro tan grande! Pero ¿sabes lo que eso significa? Que ese animal es más grande que tu cama y apenas podría entrar por la ventana con las alas extendidas- apunté yo con la misma ilusión.

Es en ese momento en el que mi hija descubre algo: que lo que sabe es real. No puedo ocultar mi sonrisa cuando ella, en toda su pequeñez, empieza a mirar la ventana midiéndola con sus manos y sus ojos. Sé, entonces, que he conseguido que piense lo que aprendió.

Creo que son esos instantes de epifanía los que nos atan tan fuertemente a las ciencias y a cualquier conocimiento en general. Es ese placer de reconciliar lo que aprendemos en los libros con la realidad lo que nos acerca al conocimiento de una manera amistosa. Por supuesto, no todos los saberes muestran la misma flexibilidad para “hacerse reales”, pero vale la pena intentarlo, aunque sólo sea para que una pequeña niña entienda el tamaño de un buitre.
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