El linfocito que cuida de mamá

CD8 era un joven linfocito que recorría el cuerpo atento a cualquier clase de estímulo que pudiese suponer una amenaza. En la escuela de linfocitos, le habían insistido miles de veces que su misión era proteger a mamá frente cualquier tipo de agente extraño, virus o bacteria, incluso si había células del cuerpo que se transformaban en malignas, debía detectarlas a tiempo para eliminarlas antes de que diesen lugar a un cáncer.
A veces, en los ganglios linfáticos, se pasaba horas hablando con su amiga DC, una célula presentadora de antígeno. La misión de DC era enseñarle elementos extraños a CD8 para que él los supiese identificar y pudiese eliminarlos. Día tras día, CD8 estaba más triste. Por más que preguntase a su amiga por cosas nuevas que aprender, ella no tenía nada nuevo que enseñarle. En la escuela de linfocitos decidió ser un linfocito citotóxico para estar siempre en acción eliminando patógenos y protegiendo al resto del organismo. ¿Cuándo llegaría su oportunidad?
Un día su vida dio un vuelvo al encontrase con DC. Una misión que cambiaría su vida para siempre. DC había descubierto que mamá tenía un tumor, pero no sabía dónde estaba y el único capaz de encontrarlo y atacarlo era él. Para llevar a cabo esta misión, DC le dio un montón de pistas a CD8 para poder encontrarlo y así ser capaz de identificarlo como maligno y lo atacarlo.
En un primer instante, CD8 no sabía qué hacer ni dónde buscar… Tenía la misión de destruir un tumor que no sabía dónde estaba y era importante que lo encontrase pronto o perderían la batalla. Se dijo a sí mismo. “¿Te imaginas? ¡Toda la vida esperando esta misión y ahora no soy capaz de encontrar al cangrejo ese y cargármelo como es debido!”.
Casi desde el principio, CD8 sospechaba que el tumor estaba en el riñón, porque era el lugar donde más antígenos tumorales encontraba desperdigados. Sin embargo, no había rastro de células tumorales que eliminar. Nadie le había contado que los tumores tienen mecanismos para esconderse del sistema inmune. Indignado pensó que debería ir al sindicato de los linfocitos a reclamar unas gafas de visión nocturna o algo que le permitiese hacer su trabajo en condiciones. “¿A quién se le ocurre encargarle semejante misión y no darle las herramientas necesarias para luchar con esta amenaza?“. Y así, pasaron los años.
Tres años después desesperado e incapaz de llevar a cabo su misión, su preocupación creció enormemente. Había detectado un nuevo rastro que venía del pulmón y del hígado. CD8 temía que las historias que contaban fuesen ciertas y tuvo que espabilar. Mamá tenía un tumor en el riñón y para colmo, había células que habían escapado a su vigilancia y se habían ido a otros órganos. Eso sólo significaba una cosa: metástasis.
Con un tumor diseminado que no podía encontrar, su misión se había complicado enormemente. A los pocos días de este pensamiento, el rastro del tumor en el riñón había desaparecido. “¿Qué habría pasado?” pensó CD8. Más tarde supo que el Dr. Quijote había detectado que mamá tenía un tumor maligno en el riñón y se lo había quitado. “¡Así cualquiera¡, el Dr. Quijote tiene las herramientas que yo necesitaba, un ecógrafo y un escáner. ¡Yo que solo pedía unas gafas de visión nocturna!”
Por mucho que se esforzaba y casi vencido por la desesperación, CD8 seguía sin dar con el tumor a pesar de que las señales aumentaban. Decidió quedarse en el hígado donde las señales eran cada día más fuertes, a la espera de un milagro. Como si le hubiesen escuchado, el Dr. Quijote junto con los Dres. Iñaki y Unamuno decidieron que iban a hacerle a CD8, el regalo más esperado. Unas gafas de visión nocturna modelo PD-L1, las más novedosas del mercado. Cada semana, una nueva dosis de gafas, armó a CD8 y al resto de sus compañeros. Veían en la oscuridad y veían muy bien. Os podéis imaginar la situación. Miles de linfocitos con sus gafas buscando por todos los recovecos del interior del cuerpo de mamá cualquier rastro de célula tumoral. A cada nueva dosis de gafas, mamá se pasaba tres días con fiebre y tiritonas porque tenía una auténtica operación inmune de búsqueda y captura de células malignas en su interior. CD8 aprovechó esta oportunidad para demostrarles a todos, incluidos a los Dres. Iñaki y Unamuno, que su ayuda no había sido en balde. Y así fue, a los dos meses del primer lote de gafas, casi no había rastro de tumor en el escáner. Hoy, CD8 sigue patrullando, velando que todo siga en su sitio y poder atacar a ese maldito tumor si se atreve a volver. ¡Gracias CD8 por seguir cuidando de mamá!
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