Ansiedad

Abro los ojos sobresaltada. El corazón me va a mil. Intento respirar hondo, pero solo puedo tomar pequeñas bocanadas de aire. Tengo el estómago encogido y un sudor frío en la nuca.
Trato de tranquilizarme y bajar las pulsaciones. Esto no es una experiencia nueva para mí. Trato de pensar en todas aquellas veces en que me he encontrado así, incluso antes de saber qué era. Recuerdo aquella vez en las pruebas de acceso a la universidad, cuando me expulsaron antes de un examen por hablar con mis compañeros mientras lo repartían. Por supuesto, esa medida sirvió de correctivo a toda el aula gigante donde nos congregamos decenas de adolescentes: se hizo un absoluto silencio con el coste de que sentí nauseas en la no larga distancia que separaba mi pupitre de una de las puertas de salida. También recuerdo muchos años después, a punto de doctorarme. Cuando parecía que los plazos de burocracias e imprevistos ajenos a mí, parecía que no me permitirían poder defender la tesis antes de cruzar el océano a mi primer postdoc. Esa impotencia de haber trabajado tanto y que la solución final no estuviese en mi mano… se me agarraba al estómago y sentía cómo me lo retorcía. Aquello pasó, y al cabo de unos meses estos episodios empeoraban y se hacían más frecuentes. La inquietud, la inestabilidad, la inseguridad en un futuro y en una misma.

Hoy también tengo claro el motivo. Mañana tengo que salir ante las cámaras una vez más a dar datos horribles y a explicar conceptos complejos que van a tener una repercusión extrema en la vida de millones de personas. Y lo peor es que sé, que por más esfuerzo que pongo en que sea para el mayor beneficio de todos, no va a ser fácil.

La realidad es compleja, pero nos esforzamos en simplificarla al máximo: acción-reacción, causa-consecuencia. En algunos casos, la simplificamos tanto que olvidamos la maraña original real. A veces a los científicos nos pasa, que de tanto aplicar el mismo modelo en el mismo campo, olvidamos qué simplificaciones asumimos al aplicarlo por primera vez. Y es precisamente ese continuo revisitar este razonamiento lógico, el más valioso pues es lo que nos procura avanzar.
Llevo días saliendo ahí, contestando preguntas ejecutadas con mayor o menor buena intención con el mejor de mis talantes. Pero el agotamiento me lleva a situaciones de bloqueo, como el motivo de mi desvelo cada noche varias veces. Me pregunto constantemente cómo mejorar, cómo hacerme entender. Tengo tan poco tiempo libre que no tengo tiempo de ver ni leer opiniones. Pero en el grupo de WhatsApp de la familia, de vez en cuando me llega algún “meme” con mi cara. Entiendo que deben ser graciosos.

Cuanto más avanzamos en esto y la situación mejora, más ganas de analizar cómo se ha actuado los últimos meses: de revisar las circunstancias, la información que teníamos, los datos y medidas tomadas, así como todo el “output” que hemos generado, para analizar qué se hizo bien, qué se hizo mal y qué se puede mejorar. Y ahí está el problema. Porque en este punto es dónde por más que lo intento no gozo de libertad. En las reuniones con los órganos de Gobierno, plantean estos análisis como si de regalar munición para las armas opositoras se tratase. Como si repensar un problema para optimizar una solución, aunque pudiera salvar vidas en un futuro, conllevase necesariamente “perder batallas”. ¿Qué batallas, señores? Esto no es ni ha sido ni será una guerra. Basta de esas analogías, basta de discursos con toques bélicos. Basta de encumbrar a aquellos afortunados que han podido superar la enfermedad como si hubiese dependido únicamente de su tesón porque con esas afirmaciones y de manera inevitable, se estigmatiza a los otros, los que no lo han hecho.
Cada día se me hace más duro salir ahí porque cada día lo que “tengo que hacer” se separa más de lo que “quiero hacer”. Porque cada vez aguanto más peso sobre mis hombros, el cansancio va haciendo mella y me arrepiento más de haberme embarcado en esto. Estaba cansada de la precariedad laboral y de esa inseguridad que trae trabajar en ciencia en este país. Pensé, que ya era un buen momento para asentarme en una ciudad. Para tener un sueldo decente. Que quizá conseguiría una hipoteca en lugar de echar medio sueldo mensualmente al pozo sin fondo del alquiler. Sin embargo, ahora mismo daría lo que fuera por no haberme situado en el epicentro de este terremoto. He intentado e intento ayudar con todas mis fuerzas, pero sé que no hay vuelta atrás.

Quedan 3 horas para que suene el despertador. Se me ha normalizado la respiración. Voy a cerrar los ojos. Voy a soñar durante unas horas que esto no hubiese sucedido nunca.
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