¡Pechos fuera!

Extraño esto de la memoria. ¿Sabéis que cuando recordamos una experiencia en realidad estamos recordando la última vez que la recordamos y no la experiencia como tal? Y cada vez que esto ocurre, el cerebro añade o elimina cosas. Inventa. Crea recuerdos nuevos. Recuerdos falsos que nunca sucedieron. Lo hace utilizando información nueva obtenida a posteriori y al respecto, sin importar su veracidad. Por eso tanta gente recuerda vívidamente cómo Afrodita A gritaba con vehemencia aquello de: «¡Pechos fuera!», a pesar de que nunca lo dijo. Este hecho se conoce popularmente como «Efecto Mandela».
La cuestión es: ¿se puede utilizar esta característica de la memoria para inducir recuerdos falsos a una persona para manipularla y que haga algo concreto? No está demostrado que así sea, pero os contaré una historia que sucedió hace algunos años y podréis juzgar por vosotros mismos:

La protagonizó una pareja que discutió todos los días durante casi dos meses. Muy típico, lo sé. De hecho, el motivo era igual de tópico: ella, Ester, farmacéutica, le había sido infiel a él, Eduardo, psicólogo con gabinete propio. El tercero en discordia era Julián, el mejor amigo de la infancia de Eduardo y abogado de la familia. En conjunto, un cliché. Pero lo relevante, lo verdaderamente interesante de esta historia es lo que sucedió después.
El gabinete de psicología de Eduardo gozaba de buena reputación y él estaba bien considerado en su campo. Le gustaba su trabajo. Le apasionaba. Y en esos días de poderosos sentimientos de traición y decepción fue un punto de apoyo importante para mantenerse centrado y no hacer una locura. ¡Qué paradójico! Hasta el día en que uno de sus pacientes, Manuel, asistió a su terapia con una historia tan tentadora como para corromper el alma de un hombre intachable.
Manuel tenía problemas para controlar la ira. Vivía en un estado de agresividad permanente que aquel día desapareció. Se mostró ciertamente apático, taciturno y el motivo fue la muerte de un amigo el día anterior. Más concretamente la carta que este dejó antes de suicidarse, y es que él, Manuel, después de leerla, pensaba que a su amigo le habían inducido recuerdos de hechos que nunca ocurrieron.
La carta hacía referencia a cierta noche de juerga y en ella se disculpaba por haber bebido en exceso, por haber conducido después en ese estado y, sobre todo, por el accidente que tuvo después en el que murió un amigo que le acompañaba. No podía soportar la culpa y, bueno, ya sabéis. Una carta muy común, para el caso, salvo por tres detalles:
Su amigo no bebía.
Tampoco conducía, ni siquiera tenía carné.
Y en la carta se mencionaba el nombre del amigo que murió en el accidente: Era el propio Manuel.

Eduardo había prestado atención con interés para no perder detalle y había tomado notas de todo como era su costumbre. Aquella revelación hizo saltar un resorte en su interior: acababa de decidir que usaría esa idea en su propio beneficio. Entonces se mostró frío y calculador y empezó a añadir notas en páginas de sesiones anteriores de Manuel a escondidas. Después se dirigió a él maquiavélicamente.
Eduardo sostuvo que si tal cosa era posible, la de inducir recuerdos falsos, existía la posibilidad de que la historia que le había contado sobre el suicidio y la carta fuese un recuerdo falso inducido y que su amigo, en realidad, estuviese vivo. Para reforzar esa idea fingió que Manuel había estado teniendo problemas de memoria porque hacía algunas sesiones le había contado que su mujer le engañaba con un tal Julián «nosequé», abogado de «nosecuantos», y después lo había olvidado. Luego le mostró las notas que acababa de añadir momentos antes, haciéndolas pasar por antiguas y que hacían referencia a esa supuesta infidelidad.
Manuel despotricó y maldijo recuperando su agresividad y las palabras matar y cabrón se repitieron varias veces.
Eduardo trabajó en esos recuerdos falsos durante varias sesiones aportando pruebas cada vez más sofisticadas que Manuel nunca cuestionó. Dos semanas después, Julián, el abogado de Eduardo y Ester, fue hallado muerto en el portal de su casa. Le golpearon violentamente hasta morir.

Si después de esta historia habéis concluido que sí es posible inducir recuerdos falsos debéis asumir que quizás Eduardo nunca discutió con su esposa. Puede que nunca estuviese casado. Quizás, incluso, ni siquiera fuese psicólogo y Manuel nunca existiera. Tal vez todo ello sea un recuerdo que alguien creó para mí y en realidad no sucedió.

O tal vez recuerdes haber leído este relato que nunca, nadie ha escrito y, por lo tanto, no existe.
Y puede que recuerdes haber leído la frase anterior y haber deslizado los ojos hacia arriba para comprobar que sí que existe. Pero eso también es un recuerdo de algo que nunca ha ocurrido.
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