Esquivando a Blaschko

Sabía que si iban a despedir, o a trasladar, a alguien, sería a ella. Todo el cuerpo de detectives se encargaba cada día de recordarle la poca utilidad que tenía una detective lingüista entre ellos. Había rumores, y Rita se dejaba llevar por ellos y por su propia baja autoestima, que la arrastraban como un río que fluye hacia el lado contrario como desafiándose a sí mismo. Nada apuntaba a que aquel día fuera a ser distinto hasta que el sargento entró por la puerta.
–Necesitamos a alguien en la cárcel otra vez. Hay que descifrar códigos. Inmediatamente– anunció Yago con la autoridad de siempre.
Toda la comisaría fijó los ojos en Rita. A ninguno de los siete detectives les gustaba trabajar en prisión, así que los casos menos deseados recaían siempre en Rita, porque los demás se encargaban de quitarle el resto, alegando que sus conocimientos no tenían utilidad. Yago se acercó en silencio al puesto de Rita y dejó caer la carpeta sobre el teclado de su ordenador.
–¡Es tu momento de brillar!– le gritó su propio compañero de mesa con sarcasmo.
–Zapico, es el mismo caso que tú no pudiste resolver la semana pasada– le espetó Yago.
Rita trató de contener una sonrisa y se puso la chaqueta.

La cárcel, construida en forma de estrella de cinco puntas, parecía desde fuera más una residencia de lujo que una prisión. Por dentro reinaba la sobriedad y el silencio, las puertas blindadas y la seguridad en cada esquina.
Julio, uno de los psicólogos de la institución penitenciaria, acompañó a Rita por el laberinto de pasillos mientras le contaba algo a lo que ella no prestaba atención. Pararon al final de un pasillo.
–El refectorio– anunció Julio.
A través del cristal de la puerta, Rita pudo ver un pequeño comedor con cuadros en la pared y dos fregaderos gigantes en la pared más próxima. Un hombre y una mujer de uniforme color azul marino lavaban los platos con las camisetas remangadas hasta casi los hombros.
–Son ellos dos– le dijo el psicólogo en voz baja, señalando con la mirada a la extraña pareja. Los dos miraban a la pared que tenían en frente mientras lavaban los platos, absortos. De vez en cuando paraban unos segundos para quitarse el jabón de los brazos, cubiertos de intrincados tatuajes–. Ella tiene una lesión en el área de Broca. Es muda.
El hombre se arañó la nuca y se subió el cuello de la camiseta.
–Es el único momento del día en el que tienen algún contacto. Estamos seguros de que han sido ellos, pero no tenemos pruebas. Tienen que tener algún tipo de comunicación, de código secreto.
–¿Se ha comprobado la tinta, el diseño, las posibles interpretaciones de los tatuajes?
El psicólogo sacó fotos ampliadas de la carpeta. Ambos tenían pequeñas rojeces con sangre en la piel.
–Nada significativo. Las enfermedades como dermatitis, psoriasis o urticaria son bastante comunes aquí. Creemos que de ahí vienen las heridas.
–Quiero interrogar a uno de los dos. Preferiblemente a ambos a la vez.
Julio asintió y abrió la puerta.

Los dos estaban sentados frente a ella en sillas metálicas, inmóviles, con la mirada perdida. Julio se movía alrededor, sin emitir ni un ruido. La estancia estaba vacía. No había ventanas. Rita podía oír su propia respiración y el tic tac de su reloj de pulsera.
Sus ojos no paraban de moverse, analizando cada detalle de los cuerpos. ¿Cómo era posible comunicarse sin voz, sin gestos, sin palabras? Barajó distintas posibilidades: emisión de frecuencias inaudibles, tinta invisible, gestos mínimos imperceptibles... Apenas se miraban, y nunca a los ojos.
Quizá… quizá tenía que pensar con creatividad… o quizá era mucho más simple que todo eso.
La piel roja bajo la tinta de colores captó la atención de Rita y sintió un cosquilleo en la nuca. Un artículo que había leído hacía mucho tiempo y que había captado su atención sobre algo llamado “escritura en la piel” flotó momentáneamente en su memoria.
–¡No te muevas! Julio, no la toques.
Julio frenó en seco y se quedó paralizado con la boca abierta, su brazo a meros centímetros de ella. Rita rebuscó en su mochila con el corazón latiendo a mil por hora y sacó un pequeño objeto, que acercó a la mano descubierta del hombre. En ese instante, a la vez que Rita le tocaba la piel con un bolígrafo aún con el capuchón puesto, presionando la forma de una cruz, Yago la llamó por teléfono. Rita descolgó.
–Deberían contactar con un dermatólogo– dijo simplemente, mientras las pruebas del delito resurgían ante sus ojos en forma del dibujo que acababa de hacerle sobre la mano.
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