A merced de la naturalez

Muchas personas ignoran hasta qué punto la naturaleza los tiene a su merced. No se identifican con el guijarro que se deja arrastrar por el caudal de un río. Si les preguntases, se compararían a sí mismos con salmones, nadando contra la corriente que moldea a todos los demás seres vivos a su alrededor. Tarde o temprano la realidad acaba llegando como un jarro de agua fría, haciendo añicos esta percepción del mismo modo en que la mandíbula del oso atenaza al salmón que salta directamente a sus preparadas fauces.

Nadie sabía de dónde había salido, pero parecía haber llegado para quedarse. Al principio había pasado desapercibida, sin pena ni gloria. Es sencillo pasar desapercibida cuando eres una bacteria no patógena. No obstante, en el momento en que empiezas a alterar la biología de tu huésped, todo el foco pasa a estar puesto sobre ti, aunque sea el foco de un microscopio.

El primer indicio del que nos percatamos fue un descenso generalizado de la natalidad en todo el mundo, acompañado de un drástico aumento en la clientela de las clínicas de reproducción asistida. Aunque entonces no lo supiéramos, estábamos empezando la casa por el tejado. Pero siempre es más fácil columbrar que se avecina un tsunami cuando la monstruosa ola llama a tu puerta, y no cuando el mar comienza a retirarse en silenciosa señal de alerta.

En los envejecidos países de Occidente, la caída de la ya de por sí exigua cantidad de nacimientos hizo saltar todas las alarmas. Inmediatamente tanto el docto como el lego comenzaron a elucubrar sus propias teorías para dar explicación a este hecho: que si el wifi había dejado estériles a las mujeres, que si la vida sedentaria había afectado la calidad seminal del hombre promedio, que si Dios nos estaba castigando por el libertinaje con el que se vivía la sexualidad hoy en día, que si este o aquel método anticonceptivo terminaba generando impotencia como efecto secundario. Quien más y quien menos tenía su razonamiento favorito.

La explicación más respaldada terminó llegando de las pipetas y probetas de varios laboratorios. El primero de ellos estudiaba la diferencia entre el microbioma intestinal de poblaciones con diferentes dietas alrededor del mundo. Sus descubrimientos habían revelado la presencia de una nueva especie bacteriana no descrita ni caracterizada previamente, que recibió el nombre de Cupriavidus colonides, en referencia a su hallazgo en el intestino grueso. Un segundo grupo de investigadores relacionó la presencia de esta bacteria con una menor incidencia de intoxicaciones por metales pesados en países del sudeste asiático. Aparentemente el microorganismo tenía la capacidad de metabolizar arsénico, mercurio y otros elementos tóxicos, habiendo establecido así una relación simbiótica con algunos habitantes de zonas colindantes a pozos contaminados. El huésped escudaba a la bacteria frente a los peligros externos y le propiciaba un ambiente en el que medrar, recibiendo a cambio protección ante peligrosas sustancias que no era capaz de procesar. El trabajo de un tercer equipo científico estableció la relación entre este microscópico ser y la creciente ola de infertilidad. El estudio de los gametos de las parejas aquejadas de esta condición había expuesto la presencia de unos diminutos corpúsculos de origen desconocido en los óvulos de las mujeres implicadas. En un esfuerzo por identificar la naturaleza de la enigmática partícula, la investigación terminó por detectar la presencia de Cupriavidus en la flora intestinal de todas estas mujeres y, llamativamente, su ausencia en la de todas sus correspondientes parejas. Finalmente, un cuarto laboratorio ofreció una explicación a tan inusitada circunstancia. Según fue publicado, el microorganismo tenía la capacidad de migrar desde el colon hasta las gónadas de su huésped. En el ovario, la bacteria parasitaba los ovocitos en desarrollo, penetrando en su interior e induciendo la síntesis de una toxina letal para cualquier espermatozoide que osase aproximarse al óvulo en pos de cumplir el único propósito de su breve existencia. En los testículos, introducirse en los espermatozoides resultaba imposible debido a su minúsculo tamaño, pero la bacteria aún se guardaba un as bajo la manga. Y es que, en ausencia de células en las que infiltrarse, se comenzaba a sintetizar la antitoxina del ya mencionado veneno, que al ser expulsado en el líquido seminal se tornaba en el elixir que protegería a los espermatozoides en la tarea que debían acometer. De este modo solamente dos personas infectadas con el parásito podían llegar a generar descendencia, prole que además nacía ya infectada gracias al polizón que el óvulo transportaba en su interior.

Ni se consiguió eliminar la bacteria de los organismos que ya la contenían, ni se logró implantarla de manera controlada mediante trasplantes fecales, ni tan siquiera se consiguió cultivarla en laboratorio. Aún desconocemos las implicaciones que estos hallazgos tendrán en la forma de relacionarse y encontrar pareja en nuestra sociedad.
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