El hombre en el espejo

Antes de sumergirse totalmente en el sueño, Miranda escuchaba el sonido de algún pájaro nocturno y ladridos lejanos de perros, luego entraba en aquel profundo viaje a los brazos de Morfeo, pero antes de penetrar profundamente en él se despertaba sobresaltada y saltaba sobre la cama con la sensación de estar cayendo a un vacío infinito. El sentimiento de soledad era aterrador. Llevaba días teniendo el mismo sueño, era tan real como horripilante. Aparecía un túnel oscuro y tiraban de ella unas manos invisibles, gritaba pero nadie la oía en aquella negrura, su cuerpo se estiraba de una forma incompatible con la vida, pero allí estaba, al otro lado.
El hangar estaba en penumbra por el atardecer, era una nave de estilo militar, paredes altas y grises con letras y números pintados que ella conocía y no sabía cómo, pero sabía, que te dirigían a los distintos lugares del recinto.
Seguía como flotando o andando, no sabría decirlo bien, por aquellas instalaciones, sabía perfectamente a dónde se dirigía. Miraba al suelo, sus pies, eran grandes, enfundados en unos zapatones negros, un pantalón verde oscuro, la camisa, del mismo color, con las mangas remangadas hasta el codo mostraban un vello corporal abundante y oscuro que ella nunca había tenido y unas venas gruesas sobresaliendo de la piel, pero todo era suyo, de eso estaba segura.
En una de las manos llevaba un arma firmemente agarrada, el dedo en el gatillo y el cañón apuntando al suelo, caminaba deprisa, con la respiración entrecortada, ansiosa.
Por fin llegaba a donde quería, era la puerta de un baño, lo sabía por el cartel de la entrada que mostraba un monigote masculino de color blanco sobre fondo gris.
Se acercaba al váter bajándose la cremallera, soltaba un chorro caliente y una sensación de alivio le recorría la ingle. Después notaba cómo el miedo le comenzaba a recorrerle la nuca y le ponían los pelos de punta. Giraba la cabeza para mirar al espejo, no estaba tan cerca como para poder verse. Sentía pánico de acercarse hacia lo que iba a ver, pero no podía evitarlo. Tenía que ir y enfrentarse a su reflejo.
Con pasos cortos pero firmes se iba acercando más y más. Cuando llegaba, allí estaba el rostro de siempre, un hombre con el pelo gris, muy corto y ralo, su cara reflejaba odio, sus ojos eran pequeños, azules, fríos, fieros…. Enmarcados en unas cejas gruesas. Una profunda marca sobre la mejilla derecha, testigo de una pelea de bar en Bagdad, todavía podía ver el filo de la navaja y el recordar el olor de la sangre caliente que penetraba en su boca dejando un gusto amargo. La cara llena de cicatrices, producidas por los grandes eczemas supurantes provocados por el uranio y otras exposiciones químicas que había sufrido en la guerra, que le dejaron unos dolores horribles en el cuerpo y sobre todo, unas cefaleas paralizantes que le provocaban pérdidas de memoria….¿ Qué hacía allí?, ¿Quién era? …. ¡Ah sí! Tenía que verse en el espejo…. Y se miraba, y allí estaba el horror, una y otra vez, de repente emitía un grito tan profundo y gutural que podía ver la negrura de su garganta…. Y ese grito horripilante y el cañón del arma en su sien era lo último que veía Miranda antes de despertar empapada en sudor y con una sensación de pánico indescriptible. Porque ese sueño repetido noche tras noche, sabía cómo acababa. No podía dejar de tener la sensación de que ella era ese hombre, lo conocía, ella era él. Y tenía la terrible sensación de que aquel hombre también la veía a ella.
El resto del día, en la oficina, con los amigos, paseando a Chester por el parque, veía aquel rostro y oía aquel aullido desesperado y ya no podía concentrarse en nada más, tenía miedo, ese miedo primario que te sale del pecho y sube hasta tu garganta ahogándote como a un pollo en una charca
A punto de perder la cordura, tomó la decisión de llamar al psiquiatra. “Si tengo que drogarme hasta perder la memoria no me importa – pensaba – pero quiero acabar con esta locura”.



De camino a casa vio el titular de un periódico que la llamó la atención “Aparecen pruebas de experimentos químicos cometidos con los soldados durante la Guerra de Irak”, aquello de repente era tan familiar...
“Un conocido militar Norteamericano que llevaba años denunciando las exposiciones a agentes químicos de las que fueron víctimas los soldados en Irak, que les dejaron secuelas físicas y psíquicas de por vida. Acabó pegándose un tiro tras varios años de terapia y denuncia. Una de las paranoias más recurrentes que tenía era que todas las noches se veía en el espejo como una mujer menuda de pelo castaño”.
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