Inocencia fecal.

Mi nombre es Lactobacilus Bulgaricos MDIV. Crecí en el sistema digestivo, en la ciudad del Colon, en el barrio Ciego a 600 micras de distancia del Apéndice, mi familia tiene muchas generaciones creciendo allí.
Nuestra cuna de origen es la vagina. Dice mi padre que ningún ancestro se salvó del largo viaje que iniciaron desde la boca, cuando el organismo necesitaba leche para su crecimiento. De ahí que nuestro apellido tiene adosadas las siglas MDI, mil quinientos cuatro veces de travesía.
También ha dicho mi padre que los tiempos de la abundancia de lactosa, que daba mucho trabajo a los abuelos, eran de los buenos tiempos…Se encargaban de producir lactasas dividir los paquetes de lactosa en glucosa y galactosa y alimentar al organismo a través de las autovías sanguíneas. Esto anticipó lo que los Lactobacilus recordamos como primera migración. Gracias a la abundancia de glucosa algunos se mudaron a las ciudades mientras que mi familia se mudó al Colon (el “ambiente externo” no es lo nuestro, tanto O2 nos descompone y evita que produzcamos. Desde entonces vivimos en el mismo barrio, donde la empatía entre vecinos se hace notar, pues no hay familia que no obtenga glucosa para su alimentación y otro tanto traspasa la barrera del epitelio y se distribuye entre nuestras compañeras, las células. Nos llevamos bien con ellas, históricamente nos defienden incluso construyeron una barrera gigante que cubre todo el organismo y la llamaron piel.
Mi padre no pudo llevarme a conocerla, pues hay mucho O2, por lo que escuchar el relato de un compañero me dio algo de envidia… Se llamaba Estreptococo thermophilus, y en un tono aventurero contó que afuera hay mucha luz y las familias se cubren con un protector, viven en armonía y trabajan para mantenerla fuerte y suave.
Pero hace un año las cosas empezaron a ponerse mal. El agua escaseaba, la temperatura subía y aumentaron los mensajes de interleucina desde el hipotálamo. Las células debieron llamar a los policías blancos, estaban alborotados y nos obligaban a portar un permiso CD-40 de circulación homologado. Su actividad creciente exigía energía y debíamos producir más glucosa. Dijeron que un microorganismo invadió la ciudad del pulmón y la policía y los militares hacían todo lo posible para retener al invasor. Tampoco he olvidado su nombre, Estreptococos pneumoniae. Creo que me dio miedo cuando escuché que era una bacteria que robaba casas a las familias y no había elegido la migración como nosotros, aunque al igual que mi comunidad tampoco le gustaba el oxígeno y para poder habitar en el pulmón debían destruirlo y llenarlo de agua y aprovechar el ácido siálico (¡como nosotros la lactosa!). Por suerte aquí no tenemos de ese ácido, y no contamos con su peligrosa visita.
Un par de días después de conocer a este invasor nos informaron que debíamos pedir ayuda a otros organismos y fue cuando conocí a las bombas ATB. Nunca vi a la policía blanca tan tranquila una vez que la temperatura se normalizo y la producción de glucosa volvía a su frecuencia normal. Sin embargo, cuando volví a la escuela mi compañero estreptococo thermofilius ya no estaba, ni allí ni en su barrio, el cual parecía abandonado.
Claro que duro poco, en estas épocas hay mucho movimiento y con el correr de los días el barrio se fue habitando de nuevo, pero esta vez de otras bacterias, un poco egoístas según escuche, pues cada vez pedían mas agua de la represa del epitelio, incluso a veces para descomponer comida y producir CO2 rompían las vigas de zonulinas e integrinas que las mantienen juntas.
Y nuestra región ya no es la misma, siempre inflada como un balón, y otras regiones también están en crisis, pues con las fugas de agua, las familias decidieron mudarse fuera del organismo.
Aquí nos quedamos pocos, más que una gran familia en el ciego, estamos dispersos, vivimos donde podemos. La policía blanca siempre está presente y dice mi abuelo que hacen lo que pueden… La verdad es que a veces sus medidas son violentas y destruyen la ciudad, mientras las bacterias egoístas escapan para volver en mayor número. Aparentemente buscan a un “pez gordo”, el Clostridium difficile, el villano produce una toxina que mata a las células y siempre evade las bombas de ATB.
Fue justo ayer mientras preparaba mi desayuno y asimilaba que estamos en un campo de batalla donde matan a más de los nuestros, el Colon sigue estallando y nuestros barrios se vacían, cuando una noticia disolvió el agridulce color de mi vida aquí.
Cientos de migrantes bacilos de mi familia podrán cambiar de organismo, vendrán desde otro colon con una imperiosa energía nueva para habitar los barrios.
Termine entonces mi desayuno, con el sabor de la serenidad, que viene multiplicada y en autobuses…
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