La fuerza del Nautilus

¿Hasta que punto es justo que me enfade con el mar por arrebatarme aquello que el mismo me dio? Más de 20 años de estudio del medio marino y costero siciliano, tantos años tomando notas, recolectando muestras, coleccionando especímenes, y todo eso ahora descansa en el fondo marino. Una vez más el mar me muestra su implacable fuerza. Capaz de crear, dar vida, dar a cobijo a millones de maravillosas criaturas, pero a la vez tan destructor, demoledor, salvaje, implacable y sin misericordia. Nada es fácil, nunca lo fue. Una lucha continua. Primero para sobrevivir, más tarde para hacerme hueco en una sociedad que para mi era inalcanzable, luchando siempre contra los prejuicios, abriéndome camino con uñas y dientes en un mundo en el que dicen todos que no puedo permanecer por mi genero. Y todo por mi pasión, el mar, el mismo que despertó mi interés, mis ganas de saber, el que me hace levantarme cada día, y ahora el mismo que me arrebata mi trabajo sin compasión.
Tantos años estudiándolo y apenas he rasgado su superficie. Y ahora todo está ahí abajo. Apuesto a que a más de un “caballero” de la Sociedad Zoológica de Londres no le importaría que yo también hubiese terminado en el fondo marino. Los mismos que desean que nos mantengamos encerradas en las cocinas, alejadas de sus asuntos de hombres, y centradas en las labores del hogar y del cuidado de su descendencia. Pues no seré yo una de esas mujeres.

Por fortuna mi esposo no es uno de esos hombres. Siempre ha sido mi gran apoyo. Aunque no puedo evitar sentirme traicionada por el hecho de ni si quiera poder ponerle mi nombre a mi propio invento. “Las Jaulas de Power” las hemos tenido que llamar. ¿Las jaulas de Power? ¿A caso fue él, mi marido, el que las creó? No! Fuí yo, Jeanne Villepreux-Power, la que tuvo que idearlas para poder pasarme más horas estudiando el fondo marino y sus organismos con mayor comodidad y sobretodo lejos de miradas indiscretas. Lejos de gente que se cree con el derecho a juzgar a alguien por el hecho de ser la mujer de un noble. “Querida, pasarse el día en la playa y en el agua observando bichos, no es propio de una señora” me dicen todos. Basta!¿ A caso no hay piernas debajo de mis faldas, igual que tienen los hombres? Esos mismos hombres que se oponen a que yo sea miembro de las más importantes sociedades científicas europeas. Pero no me podrán arrebatar mis avances en el mundo de la investigación, mis descubrimientos sobre el comportamiento de mis amados cefalópodos, ni MI invento, que ahora muchos utilizan para estudiar el medio marino en sus despachos y otro incluso le dan uso como mero elemento decorativo, como si los peces que en él han introducido fuesen un simple complemento más para su hogar. Si, todo eso me lo deben a mí, y ya no me lo pueden negar. Por mucho que hiera su orgullo algunos de mis descubrimientos ¿Les molestaría menos que les corrigiese un varón? ¿si hubiese sido un hombre el que les hubiese dicho que estaban equivocados? Pues no pienso disculparme por mi esfuerzo, mi perseverancia durante años estudiando mis apreciados Nautilus. Horas observándolos, midiéndolos, dibujándolos, tomando notas. Pues no señores, no roban sus conchas cual ermitaño. Las segregan, crecen con ellos, Se esfuerzan cada día en mejorar como he hecho yo a lo largo de mi vida.
Como el Nautilus he tenido que ir creando mi concha de la nada. Saliendo del seno de una familia humilde de un pequeño pueblo de Francia, apenas habiendo aprendido en la escuela poco más que leer y escribir, y solo con mi destreza con aguja e hilo. Fui yo la que llegó a pie hasta la misma París y de la nada conseguí llegar hasta la realeza del país.
He de agradecer a la vida que mi pusiese a mi marido en mi camino, el mismo que me trajo hasta Sicilia y me ha apoyado en mi obsesión con estudiar el medio marino. El que me conseguía libros, estudios y medios para poder seguir avanzando. Y se lo agradezco enormemente, pero mis estudios, mis inventos, son solo míos. Aunque ahora todos mis recuerdos, mis muestras, mis especímenes, mis cuadernos que con tanto cariño y esfuerzo fui rellenando, se estén desvaneciendo en el frío Atlántico.
En estos momentos no puedo más que sentir rabia y frustración. Quizás nunca debí haberme mudado a Londres. ¿Como voy a seguir investigando sobre el mar en una ciudad fría, gris y adoquinada? Allí en Sicilia, se queda mi corazón. Envuelto en las cálidas aguas cristalinas mediterráneas de color turquesa.
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