Cambiemos de perspectiva.

No podía parar de mirarle a los ojos sin vida, su cuerpecillo postrado sobre aquella bandeja metálica y su compañera esperando para comenzar la disección. A Antía estas prácticas le revolvían el estómago, era incapaz de ver cómo abrían en canal un animal delante de ella, y ya no digamos si es ella la que tiene que hacerlo. Aún le hacían bromas con aquella práctica en la que operaron a una rata, y justo cuando la estaban cerrando, Antía se desmayó. Ella no había nacido para aquello.
La práctica acabó y todos fueron a desayunar, pero Antía tenía otra idea en mente. Desde que presenció la primera disección, se le había ocurrido que tendría que haber alguna forma de sustituirlo. Es cierto que la mejor manera de conocer el cuerpo de cualquier animal, es abriéndolo y observando el interior, pero eso estaba totalmente descartado para nuestra protagonista. Ella pensaba en algo innovador, que fuera capaz de aprovechar la tecnología que había disponible y que fuera igual de didáctico. Pero le faltaban herramientas.
Se puso en contacto con amigos que hacía mucho tiempo que no veía, pero sabía que la podrían ayudar. María estudia bellas artes, Miguel y Pedro diseño gráfico, entre todos reunían (a nivel preuniversitario) los conocimientos como para llevar a cabo el proyecto, o al menos intentarlo. Quedaron un día y Antía les explicó con todo lujo de detalles, la idea que tenía en mente. Lo cierto es que no se les veía muy entusiasmados, lo cual decepcionó a Antía, pero Miguel y Pedro tenían que hacer un proyecto parecido para su carrera y decidieron apuntarse. Desconozco lo que empujó a María a hacerlo, pero Antía se alegró mucho de que se apuntara, le encantaba pasar tiempo con ella.
Comenzaron con reuniones semanales, cada uno tenía sus tareas: buscar información sobre cómo hacer esto, dibujar una posible representación de lo otro, contactar con informáticos a los que les gustase la idea etc. A las 3 semanas, el proyecto se les hacía cada vez más cuesta arriba, era muchísimo trabajo, difícil de compaginar con sus carreras y todos, incluso Antía, se encontraban bajos de moral.
Cuando ya estaban recogiendo para irse a sus casas, Miguel dio un salto en la silla y exclamó:
–¡EH! ¿Habéis visto lo que han mandado? –.
«Ya está Miguel con los memes y los videos de perros haciendo cosas de humanos», pensó Antía, algo que, por otra parte, Miguel encontraba desternillante. Miguel volvió a la carga:
–¡Tíos! Os lo digo en serio, mirad el último correo que han mandado–.
La intriga se apoderó de los otros tres integrantes del grupo, que, tras leer el correo, empezaron a dar saltos de alegría, lo cual provocó que les echaran de la biblioteca. No les importó demasiado porque empezaban a verle un futuro al proyecto.
En el correo se detallaban las bases de una beca que ofrecían a jóvenes emprendedores que tuvieran algún proyecto científico en mente. Nuestro pequeño grupo reunía todos los requisitos para participar, y al día siguiente ya habían mandado la solicitud. La posibilidad de conseguir esa beca les dio fuerzas y ánimo para continuar con el proyecto.
Era el día, hoy les dirían si habían conseguido la financiación para que aquello siguiese adelante. Estaban bastante ilusionados, para entonces ya habían conseguido reclutar a dos estudiantes de ingeniería informática y otros tres de diseño. El correo llegó: “Lamentándolo mucho…” No necesitaron leer más.
Qué decepción, realmente estaban convencidos de que era muy buena idea y de que podrían competir con las que se presentasen. Un silencio atronador inundó la sala en la que todos se habían reunido, con ganas de celebrar. El sonido del móvil de Antía rompió ese silencio. Salió a hablar a la calle.
Todos estaban recogiendo sus cosas cuando Antía entró con una mueca de alegría en la cara. Nadie entendía nada.
– Me ha llamado un periodista que hacía de juez en lo de la beca, dice que pensó que nos la darían a nosotros, que lo siente mucho y que le gustaría hacernos una entrevista –dijo Antía.
De nuevo silencio. No necesitaron decir que sí en voz alta, sabían que era la oportunidad que en ese momento necesitaban.

Ninguno de los integrantes del grupo se lo podía creer. Habían pasado 7 meses desde esa llamada, y allí estaban ellos, en Madrid, presentando su prototipo, que habían decidido denominar “R3DES” (Representación tridimensional de estructuras y sistemas). Antía se encargaba de hacer la presentación, se puso las gafas y los guantes de realidad virtual, mientras el resto de compañeros cargaban el programa en el ordenador.
Allí estaba Antía, delante de 200 personas diseccionando una rata de laboratorio sin tener rata, ni laboratorio, ni miedo. Aquello era real y todo fue gracias a ellos.


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