El laboratorio de Dickinson

Cientos de volúmenes descatalogados agolpaban las estanterías de la angosta biblioteca. Corpus de diarios, bocetos inconclusos y vasijas de barro trazaban un sendero familiar, el camino hacia la oscura habitación de ventanucos elevados del ala sur: la sala del viento. Emile dedicaba las tardes a moldear sus pensamientos, dibujando la anatomía de la flor que había decidido estudiar, escribiendo un soneto a la mosca que acababa de revolotear sobre los lirios o anotando la estructura sintagmática las frases que había aprendido desde niña. Las tareas del laboratorio del viento eran variopintas.

A lo lejos, un enjambre de abejas melíferas batía sus alas en la calurosa primavera del campo. Casi en trance, Emile quedaba fascinada con el lenguaje circular de sus hablantes. En días de lluvia fantaseaba con la adquisición nativa de los bebés, la morfología de los infantes, preguntándose a sí misma si preferirían las fricativas a las sibilantes, si el patrón de su lenguaje terminaría por sembrar un horizonte imposible entre ideas y naturaleza, y si los insectos de la jardinera habían llegado a la misma conclusión. Sería casi imposible establecer un canal de comunicación, emisor y receptor no compartían el característico código del mensaje, y sin embargo, estaba convencida que cada verso sobre las abejas era una revelación sobre la ciencia, el reflejo de una visión humana en un sistema inmenso sobre la Tierra. No alcanzaba a comprender su cometido final en la habitación azabache al final del pasillo, pero una fuerza superior a ella misma la empujaba con firmeza hora tras hora al espacio más reducido de la casa. ¿Sería de otra época? ¿Sería de otro planeta?

Cuando se cernía la noche sobre el tejado, soñaba con coleccionar raíces, semillas y las mil y una hierbas que había leído en antiguos libros de historia y en novelas de ficción. Se debatía entre machacarlas, secarlas al sol, sumergirlas en determinadas soluciones o inmortalizar el encuentro en una página vacía. Deseaba comprobar frente a la mesa de trabajo los poderes de aquella medicina de antaño que los jacobitas atesoraban en tiempos de guerra, unos remedios rudimentarios que sin presuponerlo habían acompañado a los clanes y las eruditas. Elixires, piedras, polvo y metales, cualquiera de las propiedades de los retales que no había recogido fuera reposaban escondidas entre el lomo de volúmenes de piel y el marcadores deshilachado de tela, sobre las repisas de madera, cautas, céreas. Antes del amanecer, el sueño la habría vencido y nuevas inquietudes la acompañarían en el ensimismamiento del alba.

Volvía a ser por la mañana. Se llevó el desayuno a la habitación y comenzó su jornada. Uno a uno colocó los gajos de la manzana alrededor del plato, formando un círculo que a simple vista parecía ligeramente perfecto, y cuyo epicentro acogía una pila triangular de copos de avena. Observando aquella imagen de cerca, su mente estableció una genealogía entre las megalíticas piedras que rememoraban a los ancestros de las poblaciones que los acarreaban, y las mismas generaciones cuya ingeniería había hecho de la originaria, simple e insignificante manzana el manjar simbólico de una civilización temprana. La hermosa arquitectura del melocotón y la manzana, una pequeña baya que con tesón y con templanza ahora era la cosecha de la comida de hoy y las conservas de mañana. Sin apenas preverlo había huido del trance en el que se encontraba para acercarse al cajón de la mesita auxiliar. Carboncillos, lápices gastados, hojas deterioradas y pequeños frascos llenaban su contenedor de herramientas, instrumentos de valor incalculable brindados por el paso de los siglos. ¿Qué podría hacer ella?

Día a día había construido su caja: cerca de dos mil poemas, ilustraciones, una libreta de botánica y un ensayo sobre enseñanza. Años y años pesaban sobre su espalda. Cansada, cerró los ojos y escuchó la calma, una quietud perpetrada por una libélula tras la ventana. El zumbar de las alas parecía acariciar los mechones descuidados que caían sobre sus mejillas, liberándola de la inmensa sobrecarga que yacía en la materia de sus cavilaciones. Atrapada entre el candor de la meseta y el tormentoso viento, el odonato alado se interpuso entre ambos sentidos y almas. Así comprendió no vería la madrugada, que podría ver lo que había creído ver, y que ya no vería lo que pudo haber visto en la luz de las montañas.
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