Estreptococos el sabio

Toda la ciudad se comporta como si estuviera representando una obra de teatro dirigida por la apatía. Las luces lánguidas prolongan el atardecer hasta el infinito; los vecinos, que deambulan sin rumbo por sus calles, se saludan con desidia, sabedores como son de que si siguen aquí es porque no han podido huir como el resto. No hay nada más que hacer que sentarse y esperar: el final es irremisible.
Estreptococos lo observa todo desde la ventana de su despacho y suspira. Siente que todo sea así, que, al final, su vida haya sido saboteada por unas evidencias absolutamente indiscutibles que hasta hace solo unas semanas no eran más que herejías. De pie, Estreptococos mira los pocos libros que quedan en la estantería y los maldice. Todo papel mojado, basura llena de falacias y mentiras que él ayudó a construir con sus obras y que ahora no significan nada. Resignado, se traga su amarga soberbia y decide bajar a la calle a unirse a los deambulantes.
Fija la vista sobre sus pies, y cree que el adjetivo que ahora podría definirlos perfectamente es somnoliento. Sonríe con la ocurrencia; pies somnolientos e, inmediatamente, llora. ¿Qué pasó?, ¿qué hicieron mal?
El primer mazazo fue el informe arqueológico que le remitió la Junta de la colonia de La Nariz y que hacía referencia a los hallazgos que se habían producido, casualmente, en los trabajos de mejora de un parque. Estreptococos puede repetir de memoria ese párrafo del informe: “los restos registrados bajo la capa de mucosa corresponden indefectiblemente a uno de nuestros congéneres, por lo que hemos de concluir que dada su antigüedad, sin duda, nuestra presencia en el Organismo es mucho mayor de lo que pensamos, y que esta se inició en el área de la Nariz, no en el Bazo como se recoge en la bibliografía clásica. Asimismo, se podría sugerir que su origen es externo”. Externo, herejía total. La Virublia es clara: “del Bazo surgimos, al Bazo volvemos”. ¿Miente el libro sagrado?
Gracias a dios, esa evidencia paso desapercibida. Nadie hizo caso, al menos nadie externo a la Academia. Fue algo que quedó ahí, medio tapado. Se apresó al responsable y se le torturó rociándole con penicilina. Obviamente se retractó. Obviamente se murió. Se prohibió la arqueología. Estreptococos el sabio estaba totalmente a favor ¿Qué era eso de hurgar en el pasado? ¿Acaso no existía ya la Virublia para iluminar el camino? Pues parecía que no. Cuatro jóvenes habían osado enfrentarse a la Academia inventándose una nueva disciplina: la arqueología. Jóvenes estudiando lo viejo para entender algo nuevo. Inexcusable.
El segundo golpe fue el definitivo pero, sin embargo, hasta para definirlo hubo discusiones entre los académicos. Todos se enzarzaron en una discusión semántica estéril. Unos decían que de ninguna manera se podía hablar de un solo acto, que el golpe en sí no existía; otros decían que era un episodio coyuntural (ni si quiera ellos sabían a lo que se referían). Y nadie ofreció ninguna solución. Estreptococos el sabio, como padre de la ortodoxia, fue consultado, y lo único que pudo concluir es que si habían llegado hasta aquí era por culpa de todos, porque estaban avisados de sobra. Pero cómo decirlo. Mejor callarlo, estaba en juego toda su civilización. Ahora que echaba la vista atrás, pensaba por qué no pudieron limitarse a habitar el Bazo (o la Nariz, según las nuevas evidencias). Pero no. Tuvieron que expandirse por todo el Organismo como una plaga. Tuvieron que sobrepoblar las Amígdalas, la Faringe... ¡Los Pulmones! Todo lo colonizaron, todo, hasta marchitarlo, hasta que empezó a funcionar mal. Y, a pesar de ello, siguieron. Lo contaminaron todo, hasta que ya no quedó casi nada que contaminar. Y fue entonces cuando llegaron ellos, los Artificiales, los Cefalosporinos como se llaman ellos. Cuando aparecieron consultaron de nuevo a Estreptococos el Sabio. Claramente son Penicilinos, reductos que quedaron tras las Guerras Médicas, dijo él. Son artificiales, dijo el joven que lo descubrió. Son artificiales, repitió el joven gritando en la hoguera. Pero nadie le hizo caso aunque, secretamente, todos dudaban ahora. ¿Cómo iban a ser artificiales? Imposible. Supondría que venían de fuera, que el Organismo no sería una Singularidad y que viviría en un ecosistema externo, quizás compartiéndolo con otros organismos. Herejía. Y siguieron sin hacer caso.
Estreptococos el sabio continúa caminando. Los pocos que se cruzan con él bajan la mirada. Ellos lo saben. Él lo sabe. Tuvo la oportunidad de haberles avisado. Quizás hubieran ido demasiado lejos. Quizás ya no había solución ninguna, aunque por lo menos hubieran tenido la oportunidad de intentarlo. Pero no lo hizo, no les avisó.
Estreptococos ya ha pasado la última casa de la ciudad, y sigue caminando. Va en la dirección que le marca la apatía porque, vaya adonde vaya, el final es irremisible.
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