Evidencias extraordinarias

Cuando Dani se enteró, llegó a llorar de la emoción. Gran parte de la población compartió su entusiasmo. Otros que no comprendían la magnitud del suceso se mostraron indiferentes. Incluso los hubo que apoyaron estrafalarias teorías alternativas. Pero las evidencias eran tan abrumadoras que rápidamente pasaron a considerarse hechos. En la laguna de agua salada descubierta en 2018, bajo casi 2 kilómetros de hielo en el polo sur de Marte, se había hallado vida. Unos diminutos microorganismos parecidos a las bacterias terrestres, basados en una similar química del carbono, nadaban impulsándose mediante sus exóticos flagelos. La segunda misión tripulada al planeta rojo había llevado consigo máquinas perforadoras diseñadas para taladrar la profunda capa de hielo en la más absoluta esterilidad y así evitar inocular nuestra propia microbiota terrestre para después re-descubrirla en un ingenuo alboroto. Cuando se detectaron las primeras anomalías en la composición de aquella laguna subglacial hubo un brote de excitación entre los más románticos científicos, mientras que los más escépticos pedían cautela. Los datos concordaban con cierta actividad biológica, pero no era profesional dejarse llevar por los sesgos propios de los anhelos y sacar conclusiones precipitadas. Al fin y al cabo, aquellas desviaciones podían estar producidas por cualquier factor abiótico. Para afirmar algo tan inaudito como la existencia de minúsculos marcianos se necesitaban muchas más pruebas sólidas. Sin perder la tímida emoción inicial, Daniela interpretó aquellos análisis prudentemente. Dejarse llevar por las propias pasiones era muy humano, pero nada recomendable en ciencia, pues hipótesis y teorías debían formularse alejadas de prejuicios.
Recordó muchos episodios precedentes que habían provocado tremendo revuelo y finalmente la realidad solo había traído desencanto. Hacía más de un siglo, Percival Lowell había deducido erróneamente que los canales de aquel mismo planeta habían sido construidos por seres inteligentes. Pero los gigantescos cañones de Marte no podían ser, por si mismos, una prueba que llevase a tan peregrina conclusión. Con el tiempo se determinaría que se habían formado como consecuencia de la erosión de antiguos ríos ya extintos. La señal de radio WOW fue otro ejemplo casi 100 años después. En pleno proyecto SETI, para los rastreadores de vida inteligente fuera de nuestro planeta, aquella anormalidad fue demasiado tentadora, pues sus características no parecían estar recogidas bajo el marco de ninguno de los fenómenos astronómicos conocidos. Sin embargo, años después se determinó que el paso de un cometa constituía una explicación mucho más satisfactoria.
Y existían casos mucho más estrambóticos. La repetida pero aperiódica pérdida de intensidad de la estrella Tabby era tan inmensa que sus causas constituían todo un misterio. Algunos astrónomos soñadores, dejándose llevar por sus arraigados deseos, afirmaron que tal suceso podía estar provocado por una esfera Dyson, construida alrededor de aquel astro para capturar toda su energía, que utilizaba alguna civilización regional alienígena. Y desde luego curioso fue el caso del visitante Oumuamua, el objeto del espacio interestelar que al pasar cerca de la Tierra en una órbita excepcionalmente excéntrica, aceleró por otras causas que nada tenían que ver con el tirón gravitacional de cualquier cuerpo de nuestro sistema solar. Un grupo investigador de una prestigiosa universidad llegó a publicar en una revista que Oumuamua podía ser una sonda extraterrestre impulsada mediante velas solares, lanzada hacia nuestra posición para indagar sobre nuestro planeta. Sin duda, una idea singular, perfecta para la ciencia ficción, pero poco apropiada para ser aceptada por la comunidad científica si no se contrastaba.
En el laboratorio de abordo, Dani observaba como aquellos recipientes, de agua algo embarrada y rojiza, escondían el más precioso secreto que jamás había visto. Pensaba que si la vida se había desarrollado en dos planetas tan cercanos, podía ser mucho más frecuente de lo esperado. Europa, el satélite de Júpiter con aquella resquebrajada y bella capa de hielo que cubría gigantescos océanos líquidos en su interior; Titán, con sus nubes, lluvias, ríos y mares de metano y etano, o su primo Encelado, con sus hermosos géiseres propulsando agua al espacio exterior, estos últimos orbitando Saturno. En aquellos gélidos mundos podía existir algún tipo de vida psicrófila, capaz de proliferar a tan bajas temperaturas, reproducirse y evolucionar.
Pero de momento eran especulaciones, como todas las anteriores. Aquellas maravillosas ideas alimentaban nuestras fantasías, pero la ciencia precisaba de la sensatez para refrenar el ímpetu de la imaginación. Las hipótesis atrevidas necesitaban pruebas a su altura, y si no existían, se debía continuar con el modelo ya establecido. Como bien dijo el inspirador astrónomo y divulgador Carl Sagan hacía décadas: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. Y desde luego, aquel agua marciana y sus habitantes autóctonos, con su pared, membrana, flagelo y metabolismo extraterrestres, que viajaban hacia la Tierra a 30.000 km/h en frascos sellados, eran sin duda un puñado considerable de evidencias extraordinarias que venían para sacudir nuestro concepto de la vida.
  • Visto: 263

ESCOLA D'ESCRIPTURA

EUSKAL ETXEA

AEELG

EDITORIAL GALAXIA

METODE

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA

EL HUYAR

AELC

BIBLIOTEQUES DE BARCELONA

ESCUELA DE ESCRITORES

ESCUELA DE ESCRITORES

IDATZEN