La cinta de Möbius

...Había llegado a su casa. Volvió a recordar cómo se la habían jugado.

—Nunca te fíes de las orejas picudas —le había dicho su madre—, esos pequeños diablos andan por ahí prometiendo deseos cuando lo único que buscan es divertirse. Su magia no es de fiar.

Avanzó un par de pasos por la carretera, una línea solitaria en medio del vacío. La escena en la que dejaba su casa sin volver la vista atrás regresó como siempre, desplazando por un momento la calzada de su mente. Carlota era consciente de que su madre la observaba con ojo crítico desde la ventana mientras ella se adentraba en el camino de tierra hacia la escuela, pero sabía que las imágenes y las sensaciones que sentía no eran más que su propio recuerdo.

Otra vez.

Llegó a la puerta del colegio minutos antes de que empezaran las clases. Cuando paró en seco, queriendo volver, la extraña carretera sustituyó al camino de tierra ante sus ojos. Carlota ya había vivido lo que vendría a continuación y, como siempre que llegaba a este punto, maldijo a las orejas picudas.

La niña respiró hondo, siempre consciente de la extraña carretera de asfalto sobre la que en realidad estaba desplazándose. Si caminaba, la imagen de la calzada se ensombrecía, superada por la intensidad de los recuerdos; era al detenerse cuando solo veía la peculiar carretera.

Temiendo lo que iba a ocurrir, pero incapaz de cambiar nada de lo sucedido, Carlota esperó a que su profesor de ciencias se aproximara, coincidiendo con la llegada de un grupo de chicos de su clase.

No era la primera vez que la niña trató de dar marcha atrás, gritar, hacer algún gesto que evitara el encuentro. Sus intentos fueron igual de eficaces que todos los anteriores. El profesor se acercó con una media sonrisa y le comunicó que su proyecto de ciencias había quedado segundo, por detrás de un trabajo sobre la cinta de un tal Möbius.

Carlota apretó el paso para acelerar el desenlace de la escena, en la que ella preguntaba tontamente cómo había sido posible que alguien ganara un trabajo de ciencias con una cinta para el pelo. El comentario desencadenó una sonora carcajada en el grupo de niños de su clase.

¿Por qué no se habría mordido la lengua?

De haber sido así, no habría aceptado la envenenada promesa de las orejas picudas. Los diminutos duendes aparecieron poco después, oliendo la desesperación de la niña. Con voz zalamera, consolaron a Carlota, prometiendo que le enseñarían lo que era una cinta de Möbius si ella aceptaba una única condición: la situarían sobre una carretera con la forma de esa cinta y ella tendría que encontrar la salida. Incapaz de prever lo que los duendes tramaban, Carlota aceptó.

La niña avanzó una decena de pasos por la calzada, procurando apantallar su mente a los recuerdos mientras se centraba en llegar al final de la misma. El asfalto ondulaba ligeramente sobre sí mismo. En esos momentos, Carlota empezó a descender y, como siempre tras cada subida en la que recordaba la odiosa escena a la entrada del colegio, la voz de las orejas picudas resonó fuerte en su cabeza.

—La cinta de Möbius es una superficie con la peculiaridad de poseer una única cara y un solo borde —le explicaban con su aguda voz y un tono jocoso—. Es como una carretera que se encuentra a sí misma sin necesidad de poseer curvas, recorriéndose por encima y por debajo según se avance, siempre sobre el mismo asfalto.

—Lo que decís no tiene sentido. No entiendo de qué habláis —se oyó replicar Carlota, a lo cual respondieron los duendecillos:

—Por supuesto, y no lo entenderás cada vez que pases por aquí, pues ya estás en la carretera, y cuando avances llegarás a tu casa, donde tu madre te despedirá con un valioso consejo que debiste haber seguido.

—Lo que decís no tiene sentido —repitió Carlota.

—Eso parece porque todavía piensas que la cinta tiene dos caras o, en tu caso, un antes y un después. Pero mientras camines sobre ella recorrerás siempre la misma superficie, y vivirás siempre los mismos recuerdos almacenados en la carretera. ¡Suerte!

Los duendes desaparecieron y Carlota se encaminó de regreso a su casa, temiendo que le hubiera ocurrido algo a su madre, pues las orejas picudas la habían mencionado.

Pero conforme avanzaba, la seguridad de saber lo que iba a suceder a continuación la invadió de repente. Por un lado, el inclinado asfalto lució bajo sus pies como siempre, flotando en medio de la nada. Por otro, una parte de su conciencia revivía el recuerdo del camino de tierra que la llevaba hacia una pequeña construcción de madera.

Había llegado a su casa.
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