La bombilla

Si existe una operación en casa que cualquier ser humano puede realizar sin recurrir a extravagantes dotes manuales, esa es la de cambiar una bombilla. Es tal su facilidad, que a veces se han menospreciado los pasos de que consta su ejecución, con los consiguientes deslices que ello acarrea y que, por desgracia, acaban con el infortunado reparador aquejado de quemaduras involuntarias, por mor de su temeridad, o, aun peor, de electrocuciones con incierto —casi siempre fatal— pronóstico. Por ello, el habitante de la casa sita en M… prepara cuidadosamente el plan con el que llevará a cabo su misión, sabedor de que devolver la luz a un comedor o un baño no es tarea baladí, sino un profundo acto de amor hacia una vivienda que, de no concluirse con éxito, puede sumir el lugar en las tinieblas. Lo más peligroso —razona—, lo más inquietante de una casa es verla conquistada por las sombras, puesto que entonces habrá emprendido irremediablemente el tránsito de la degradación.

Armado de una mente sosegadamente cartesiana, y desoyendo los gritos y aspavientos en los que prorrumpe el resto de la familia al saltar el diferencial del cuadro eléctrico, el héroe busca con cierto fastidio el botón de la linterna del móvil, recordando no sin nostalgia los tiempos en casa de sus padres cuando, en condiciones semejantes, se iluminaban con largas velas que le dotaban de un aire misterioso, y aun fantasmagórico, al noble acto de sustituir una bombilla fundida. En cualquier caso, la silla está ahí esperándole para auparle al techo, donde aguarda la lámpara causante del repentino cortocircuito. A medida que desenrosca los tornillos del artilugio, el calor de cristal, que todavía tiene fresco en la memoria el recuerdo de la luz incandescente golpeándole sin clemencia, y la delicadeza de la operación, que no le deja olvidar ni por un momento que está tratando, al fin y al cabo, con una instalación eléctrica de doscientos veinte voltios, en definitiva, estos dos focos de calor —interno y externo— le ocasionan una sudoración excesiva, uno de cuyos desastrosos efectos secundarios es la falta de precisión en los movimientos. Dicho y hecho: los tornillos caen con estrépito al suelo, causando no poco jolgorio entre los parientes que asisten como meros observadores a la labor de un solo hombre, hombre que les devolverá la luz cual flamante Prometeo.

Al retirar el cristal, se pueden ver mejor los estropicios de la avería. El hilo de la bombilla semeja una masa oscura que se ha fundido en el interior, probablemente por efecto del altísimo calor disipado casi instantáneamente. Con premura y al mismo tiempo con esmero, el aprendiz de electricista instala un foco nuevo, un modelo más moderno que el anterior, mientras piensa, aliviado, que quizá esta vez la bombilla durará mucho más tiempo y puede incluso que le sobreviva, porque ya se sabe que los objetos manufacturados en la actualidad muestran una durabilidad muy superior a los antiguos…
Por fin, alguien acciona el interruptor y la claridad vuelve a inundar las entrañas de la casa-mundo. Fiat lux!
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