Dédalo y la gloria

Desde nuestra gruta en lo más alto de Gortina aprecié las lejanas naves surcando el ponto, arrastrando estelas saladas tras sus proas. Continué cosiendo las plumas y aplicando la cera. El resultado no tendría la complejidad del autómata Talos —mi mayor logro de ingeniería— pero serviría para huir.
Apartóse mi hijo Ícaro, con un movimiento rápido y delicado, los divinos bucles de su rostro. Así habló:
— Caro padre. Me honra presentarme como tu hijo y en ti recae mi profunda admiración. Mas, ¡ea!, cuando observo tus ingeniosos inventos me atormenta siempre la misma incógnita. ¿Funcionarán? ¿O será voluntad de las Moiras que nuestro último aliento nos encuentre aquí, yaciendo en un charco de sangre, atravesados por las formidables espadas enemigas que, mientras hablo, se aproximan?
No dejé que tan cobardes palabras me perturbaran.
— Calma, Ícaro. Calma.
Habíame el aciago destino castigado con un hijo débil de cuerpo y de espíritu. Era incapaz de admirar la belleza del conocimiento, de disfrutar descifrando la esencia del universo para domarla como a un corcel salvaje. La gloria de mi nombre, el cual podría haberse perpetuado mediante Pérdix, recaía ahora sobre sus enjutos hombros. Me recordarían a través suyo y de sus gestas. Si conseguíamos escapar, claro.
En las húmedas y negruzcas paredes que nos envolvían comenzaron a retumbar lejanos ecos: escudos chochando contra lanzas. Los soldados de Minos nos habían encontrado.
— ¡Vienen! —se lamentó Ícaro.
— Es hora de marcharnos.
Las lágrimas arrasaron sus ojos mientras contemplaba mi obra con suma desconfianza.
— ¡No soportarán mi peso!
— Pues, incluso si así fuera, hijo mío, incluso en tal desafortunado caso, los aedos cantarán nuestra historia sólo por haberlo intentado. Y nuestros nombres serán conocidos por siempre.
Con estas bravas palabras le encajé el arnés, ciñéndoselo a la cintura, y le ajusté en la espalda las tersas alas, semejantes a las de un murciélago.
Aproximámonos al dentado borde del abismo. Intentó Ícaro mover la aerodinámica estructura como lo haría un pájaro.
— No. Debes dejar que sea los hijos de Eolo quienes realicen todo el trabajo.
Sin más explicaciones lo empujé con fuerzas, exactamente de la misma forma que lo había hecho con el pobre Pérdix años atrás. Pero a Pérdix no lo había dotado de alas. En efecto, a pesar de quererlo más que a propio hijo, le di muerte. Mi querido Pérdix, que los dioses lo protejan, debió a esperar a ganar fama durante mi senectud en vez de intentar usurpar mi legado con sus precoces inventos.
El grito femenino de Ícaro me puso la carne de gallina. Se hundió en el abismo y por un momento lo perdí de vista. Luego, una carcajada nerviosa superó a los graznidos de las gaviotas y una sombra pasó frente a mis narices con un chasquido de telas al ser remontado por una corriente.
Me equipé y salté poco antes de que los soldados arribaran.
Volábamos como águilas. El aliento tibio del Céfiro me secaba el sudor. Tornóse placentera la experiencia cuando el corazón dejó de galopar en mi pecho.
Fácilmente aprendimos a maniobrar, a elevarnos sobre los cándidos torbellinos para ganar altura. Cuando ascendíamos, podía notar el calor aumentando, derritiendo la cera, mas si nos dejábamos caer hacia el Egeo, la espuma húmeda nos refrescaba. El azul profundo ocultaba naufragios, tesoros, misterios. Sus contorsiones olían a sal y a aventura. Sus destellos argentinos nos recordaban la libertad.
Rióse Ícaro, y pude encontrar en su rostro al dulce niño que tanto quise, aquel que acunaba cada noche entre mis brazos. Todo buen padre quiere recordar a sus hijos así, siempre felices.
Por algún motivo vino a mi mente la mueca congestionada de Pérdix al caer. Pero no era momento para lamentar el pasado. De los hombres que ambicionamos la gloria, sólo la alcanzamos aquellos dispuestos a sacrificarlo todo por ella.
Miré a Ícaro. Sus ojos excitados brillaban cual esmeraldas. Para que mi voz superara a los vientos tuve que gritar con toda mis fuerzas:
—Aléjate de las peligrosas olas pues el ponto, harto de su soledad, puede estirar sus olas y reclamarte para su reino. Sube, hijo mío, sube lo más alto que puedas.
Obedeciéndome, él capturó una corriente térmica y se elevó como un héroe grácil dirigiéndose hacia la victoria mientras la cera caía de sus alas como lágrimas de oro.
Querido hijo, lo siento, pero no puedo permitir que sigas arruinando mi nombre y el tuyo. Llamaré Icaria al sitio en el que caigas y buscaré redención erigiendo un templo a Apolo. Cuando llegue el inevitable momento en el nos reencontremos en el Hades, entenderás que este sacrificio fue por tanto por tu bien como por el mío, y nos fundiremos en un abrazo eterno, hijo mío, como eterna es la gloria y eternos son los dioses.
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