La ciencia invisible

Me comunicaron el destino un par de meses antes. Difícil imaginar que terminaría recibiendo aquella beca; aún más complicado organizar todos los detalles relativos al viaje. Las islas encantadas me esperaban pacientemente a ocho husos horarios de mi hogar, un vuelo de quince horas con escala y las temperaturas propias del ecuador del mundo. Desembarcamos a primera hora de la mañana a pesar de que el sol despuntaba férreo; y la brisa mecía ligeramente mientras cruzábamos el canal de Itabaca.

Las opuntias poblaban sendos lados de la carretera que recorría Santa Cruz. El calor ya asfixiaba mi no acostumbrada cabeza, y mi mente vagaba lejana. El autobús desaceleró despacio mientras, con un ligero movimiento, se apartaba lateralmente. Un enorme reptil de ojos negros y rugosa piel de color naranja nos miraba, sin demasiada atención, desde la calzada. Y proseguimos hacia la pequeña población de casas bajas y calles empinadas. En dos semanas, partiríamos hacia esa recóndita isla apenas explorada.
···
El Sierra Negra atracaba en puerto esa misma noche. Apenas el sol se marchaba, ya nos encontrábamos con los víveres cargados, la lancha guardada y las amarras liberadas. El cielo se bañaba en estrellas; la luna observaba. La tripulación, preparada. Un viaje de doce horas aguardaba. Y sentí el viento rozar mis párpados mientras nos alejábamos del muelle. El cielo me sirvió de techo aquella noche, y las olas rompieron con fuerza mi sueño, bañando de anhelos aquellos momentos de incertidumbre que crecían ante mis ojos.

El helicóptero realizó maniobras durante todo el día. Tuve la suerte de sobrevolar el cráter del volcán, postrado como un caldero a punto de ebullición encendido sobre un fuego verdoso. Revisamos el terreno, descargamos el material, y montamos el campamento antes del anochecer. Catorce tiendas de campaña presidían la ladera oeste de una isla que nunca había conocido población humana. Nuestra misión era encontrar aquel pequeño ser extinto desde hacía décadas. Contábamos con un equipo de cuatro científicos, nueve guardaparques y un cocinero. Nos esperaban diez días de expedición programada.

Sin embargo, los días pasaban y los resultados, inexistentes, poblaban nuestras almas. Puede que aquellos bichos ni siquiera existieran, podía haber sido, tan solo, una falsa esperanza. A escasos días del regreso, con la desolación anclada a los talones, los cuerpos cansados y las fuerzas flaqueando. Aquella noche cenamos sin demasiadas ganas, mientras el cielo parecía fundirse en una espesa neblina que impedía observar las estrellas. Apenas dormimos. Apenas, siquiera, concebimos el peligro.

Nos despertamos mareados, con la extraña sensación del desconcierto y un cielo cada vez más negro. Comenzamos el recorrido tras el desayuno, los GPS activados, los zapatos ajustados. Tan solo caminamos media hora, cuando lo oímos. Lo sentimos. El terror inundó nuestros cuerpos. El suelo temblaba, el cielo resonaba.

La cumbre entraba en erupción.

Comenzó la incertidumbre, las caras pálidas de mis compañeros. El abrumador suceso. Harían falta, al menos, quince horas para que el barco llegara a la costa. Debíamos cruzar, por lo tanto, todo el perímetro de roca volcánica hasta el extremo norte para ser rescatados. Activamos el GPS, trazamos la ruta, nos comunicamos. Avanzábamos deprisa, la roca volcánica cuarteaba nuestras suelas, los espinos rasgaban las ropas. Comenzaba a llover. La tensión abotargaba los tímpanos. A punta de machete abríamos paso entre la vegetación salvaje.
Llegamos a un llano, giramos a la derecha; seguíamos el camino cuando, de repente, algo me proyectó contra el suelo. Caí en un estrepitoso golpe, pero poco me importaron las razones. Ahí estaba. Un gigantesco especimen me miraba perplejo. Y, sin embargo, perpleja me quedé yo al observar cómo se esfumaba antes mis ojos. Como por una magia no escrita, su piel, antes tangible y rugosa, se había esfumado de forma volátil y sencilla. Afortunadamente, pudimos seguir sus pasos, palpar su cuerpo y agarrar sus extremidades. El grandioso animal, ante la presión ejercida sobre su cuerpo, fue tornándose ligeramente visible, camuflado por un tono primero ocre para convertirse en verdoso. Conseguimos sacar una muestra de sangre, raspar un poco de tejido, y fotografiar su aspecto. Seguimos corriendo como alma que lleva el diablo sin pensar demasiado en lo que acabábamos de presenciar, sin la menor idea de a qué podía deberse aquello.

Tardamos ocho horas en llegar a la costa norte, tres en evacuar a todo el personal a la isla contigua en una pequeña balsa de costas. El tiempo corría en nuestra contra. Los estruendos rugían cada vez más fuerte en el amparo de una noche que ya parecía preverse infinita. Nos acomodamos en la pequeña cabaña de los guardaparques costeros, y llevamos así toda la noche observando el volcán rugir en la distancia, la lava descender por la ladera, y alternas explosiones inundar el cielo. En mi mano, aguardo el pequeño maletín con las muestras. Estamos, sin duda, ante un gran descubrimiento.
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