14032020

Por fin tenía tema. Estaba decidido. Hasta ese momento le había dado muchas vueltas innecesarias. Evolución, genética, dinosaurios, … tenía que ser algo llamativo, pero que controlase lo suficiente como para dar forma al relato y no cometer ningún error garrafal. Original y de actualidad.

Tras la Cumbre del Clima en Madrid lo vi cristalino: tendría que hablar del cambio climático. Un relato potente, reivindicativo, que despertara conciencias, que abriera los ojos a los incrédulos y reforzara a los devotos. De repente, ¡chas! una idea iluminó mi mente. Estaría ambientado en el futuro, en un año lo suficientemente lejano como para mostrar las consecuencias de la dejación humana y el inevitable abandono del planeta. 2050 sería la fecha, un número redondo. El aderezo de ciencia ficción sazonaría con gusto el texto y lo impregnaría de ese aire de añoranza de un tiempo pasado que nunca volverá. Si tuviera que añadirle música, sin duda tendría que ser un fado.

La gran idea me aceleraba el pulso y rápido me dispuse a consultar algunos datos. Efectivamente, las temperaturas seguirían subiendo hasta aumentar en 2ºC la media global en el año que había elegido. El escenario que han dibujado los expertos es desalentador. Simplemente tendría que encontrar el argumento y el caos vendría solo.

Ese mismo día comencé a escribir:

“Año 2050. Desde la ventana de la nave…”

No, no, no. No podía empezar como una mala película de sábado por la tarde. La historia debía tener ciencia ficción, pero no podía caer en el error de empezarla con letras amarillas perdiéndose en un fondo negro galáctico. Algo más de seriedad por favor.

“Brotaron lágrimas de impotencia, cuando volví mi rostro y vi cómo dejaba el planeta atrás…”

Tampoco. Muy melancólico. El romanticismo no es mi fuerte. Nuevo intento.

“En el cristal de la nave, vi mi rostro superpuesto con el azul de la Tierra. La dejábamos ya miles de kilómetros atrás. Mi casa, nuestro hogar, si todavía podíamos llamarlo así, nunca volveríamos a verlo”.

Bravo, buen comienzo.

“Aquello era el resultado de nuestra insensatez, de nuestro ego desmesurado. No lo vimos venir o, mejor dicho, no lo quisimos ver.”

Fantástico. El planteamiento de un escenario post-apocalíptico, con el protagonista escapando sin remedio podría enganchar al lector y zarandear su conciencia. Ahora tocaría añadir hechos contrastados, al menos advertidos por los especialistas. Continué…

“Los largos veranos habían llegado a ser inevitablemente letales. Las temperaturas estivales en la India superaban los 55ºC. Mientras la sequía había arrasado pueblos enteros, las incesantes lluvias destruían las zonas de mayor latitud. Ya nos habíamos acostumbrado a la llegada de 5 o 6 grandes tormentas al año en las regiones tropicales, lo que había provocado el desplazamiento masivo de pueblos enteros a las vastas extensiones de suelo descubierto en Groenlandia.
Los ecosistemas que no se habían perdido por el aumento de temperatura lo estaban haciendo por los frecuentes incendios, como en el Mediterráneo o por la sobreexplotación para el cultivo, como en la antigua franja de tundra del norte. El maíz, el trigo y el arroz se habían convertido en los últimos 10 años en recursos muy escasos y excesivamente caros. Comía a diario quien tenía un terreno para cultivar durante los tres meses favorables. Sin islas, sin glaciares, sin bosques. Habíamos dejado de preocuparnos por la alarmante pérdida de especies para ocuparnos exclusivamente de una cosa: nuestra propia supervivencia”.

Por un momento dudé. Tal vez me había pasado. Demasiado pesimista. No es mi estilo. Pero pronto cambié de opinión y seguí...

“Alienados, sin pensamiento crítico y sin fondo cultural ni moral, habíamos confiado nuestro destino en un grupo de representantes políticos cada vez más distanciados del pueblo. Nos creímos autosuficientes, con capacidad de reacción, con la situación controlada”.

Fue esta última frase la que resonó en mi cabeza una y otra vez, el pasado 14 de marzo. “…con la situación controlada”. Aquel sábado, alarmado por lo que veía en las noticias, rompí el borrador de mi relato. Había perdido todo sentido.

Hoy, casi tres meses después y con decenas de miles de muertos, no puedo hablar de otra cosa en mi relato que de profunda tristeza por lo que estamos viviendo. Sirva el mismo como homenaje a todas esas personas que ya no están y a las que estando, se han dejado la piel para evitar una situación peor.

De mi anterior relato sólo puedo dejar la frase final: “Nos creímos autosuficientes, con capacidad de reacción, con la situación controlada”. Ahora queda esperar a que la Ciencia nos inspire.
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