La Araucaria Milenaria

Ráfagas de un viento enrarecido por el aroma de la combustión anuncian mi final. Llueven cenizas a mi alrededor y el humo ya vela el sol ¡Mi peor enemigo me tiene finalmente rodeada! Puedo oler cómo se consume la corteza de mis vecinas. Oigo como sollozan y crujen al sentir la mortífera caricia de las llamas. Siento tristeza por ellas, ¡la mayoría no ha visto ni cien primaveras! Pero este fuego es implacable. Devora con ansia nuestra materia, liberando en cuestión de minutos la energía solar y el CO2 que durante tantos años fuimos atrapando en nuestros tejidos mediante la fotosíntesis.

Este no es el primer fuego que veo. Llevo aquí cerca de 3.500 años y he visto a los volcanes andinos escupir lava y cenizas las pocas veces que han despertado de su sueño geológico. En su airado despertar aniquilan las Araucarias que confiadamente se asentaron en sus laderas. No las culpo, eran piñones desorientados, lanzados a un mundo extraño por sus despreocupados progenitores. No podían saber que en este planeta todo está vivo. Incluso esos bellos volcanes coronados por glaciares. Todo depende de la escala temporal con la que se observe. A primera vista parecen inanimados, pero también están sujetos a su propio ciclo vital. Se elevaron altivos hace unos 250.000 años, durante el Pleistoceno Medio, y acabarán sus días desmenuzados por la erosión, contribuyendo a la fertilidad de los valles cercanos. Incluso una pequeña parte de los mismos, transportada por los ríos, ¡acabará en el océano Pacífico!

Nunca en mi larga vida había sentido el calor de las llamas tan cerca como para marchitar los líquenes de mi corteza. Al crecer a una distancia prudencial de los volcanes más activos me creía a salvo. Pero llevamos casi dos décadas pasando sed. El bosque está débil y el fuego encuentra menos resistencia a su paso, logrando penetrar más profundo en el bosque. Las lluvias del Pacífico hace tiempo que se olvidaron de estas tierras y las nevadas del invierno ya no logran compensar el derretimiento estival de los glaciares. El cambio en la distribución norte-sur de la temperatura atmosférica ha desplazado los húmedos vientos del Pacífico hacia latitudes más australes. También del norte llegan noticias preocupantes: Atacama, el desierto más árido del planeta, avanza implacable rumbo sur.

Estarás leyendo esto con preocupación, preguntándote: ¿cuál es la causa de tanto desajuste en nuestro clima? Lamentablemente has de saber que tu especie tiene bastante responsabilidad en todo esto. Ya sé que piensas que es imposible, que tú no has tenido nada que ver, que eres insignificante a escala planetaria y, además, ¡ni siquiera has pisado el Hemisferio Austral!

Escucha al menos a esta vieja Araucaria, presta atención pues me temo que pronto arderá mi corteza milenaria. Llevo observándoos mucho tiempo desde mi atalaya vegetal. Al principio, tu especie estaba perfectamente integrada en nuestro ecosistema. Respetabais la vida y sólo consumíais lo necesario para sobrevivir. Incluso recuerdo cómo disfrutabais de mi refrescante sombra en los veranos y con los piñones que os regalaba cada otoño. Lamentablemente, habéis cambiado mucho y ya no recordáis nada de aquello. Ahora tenéis la mente de plástico y metal. En los últimos dos siglos habéis adoptado un ritmo de desarrollo vertiginoso y consumís de manera compulsiva. Habéis pasado ya el umbral de los 7,7 billones de personas y os seguís multiplicando a un ritmo insostenible. ¡Estáis dilapidando en un abrir y cerrar de ojos la reserva mundial de combustibles fósiles! ¡Esa reserva representa miles de años de energía solar y CO2 capturados por mis ancestros! Por saciar vuestra interminable sed de energía, habéis contaminado la atmósfera, alterando el patrón de los vientos y el equilibrio energético planetario. La sequía en nuestro bosque no es un hecho aislado, está sucediendo en latitudes medias de todo el planeta y es consecuencia de estos desarreglos del clima.

Os consideráis la especie más inteligente del planeta y, sin embargo, os comportáis como el ser más simple conocido, ¡un virus! Tan primitivo que existe debate científico sobre si realmente es una estructura biológica viva. Un virus se multiplica exponencialmente hasta que agota los recursos de su huésped, destruyéndole en el proceso. Después, pasa a un estado inerte, el virión, hasta encontrar una nueva víctima. ¿No os resulta familiar ese crecimiento exponencial y descontrolado? ¿Os habéis parado a pensar que, al igual que una célula, la Tierra tiene recursos finitos? ¡Os recuerdo que no tenéis más planetas ni la capacidad de convertiros en viriones!

Por fortuna, vuestro destino aún está en vuestras manos. Todavía podéis enderezar el rumbo hacia un Desarrollo Sostenible, pero esta oportunidad se perderá si no actuáis ya de manera decidida. De ello dependerá que seáis recordados como la especie más prodigiosa de nuestro planeta o como un simple virus.
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