"A mi bata"

Le había advertido que dar una rueda de prensa proclamando las maravillas de su vacuna contra la CoVID, no era una buena idea. Pero ella, terca, hizo caso omiso a sus consejos. Y ahora… ahí estaba, tendida en medio de un mar de sangre que se oxidaba rápidamente, conquistando de forma indeleble las baldosas del laboratorio.

Cesc observaba el ir y venir de los policías enfundados en su uniforme negro, que tanto desentonaba en el lugar. Suspiró, intentando apartar la vista del cadáver de su jefa. La doctora Isabel Fuentes era una reconocida investigadora en genética. Eso fue lo primero que supo de ella. Con el paso del tiempo descubriría que era además una persona obstinada (llevaba años rechazando la jubilación) y férrea defensora de sus principios. Había llegado a tener su propio grupo de investigación en una época en que la gráfica tijera no existía, porque la curva que representaba a las mujeres ni si quiera se dibujaba. Setenta años más tarde, alguien había acabado con su vida como en una tragicomedia. Apuñalada con una pipeta. Desde luego, el final era original. Probablemente ella misma lo habría preferido antes que morir sola en su casa.

Sintiéndose fuera de lugar, Cesc decidió volver a la intimidad de su despacho. Como investigador senior tenía que hacerse cargo de todos los cabos sueltos del grupo. Isabel había anunciado abiertamente los excelentes resultados de la vacuna en fase IV días atrás, y desde entonces, el teléfono no paraba de sonar: periodistas, políticos, empresas farmacéuticas…Estas últimas eran las más inquietantes. Desde que la Dra. Fuentes comunicó que publicaría la metodología de la vacuna en código abierto, las grandes compañías veían como millones de euros se escurrían de sus bolsillos. La falta de avaricia y el exceso de cabezonería de Isabel fueron la causa de su muerte. Cesc estaba seguro de ello.

En un intento por distraerse, encendió el ordenador y se dispuso a leer las noticias. No tardó en darse cuenta de su inocencia. Los titulares navegaban en el sensacionalismo, informando sobre la muerte de la heroína de la pandemia. Muchos hablaban sobre las intrigas políticas y económicas que podían haber motivado el asesinato de Isabel, pero ninguno parecía digno de ser tomado en serio. Un poco más abajo, uno de los periódicos ofrecía una cronología de las últimas apariciones en prensa de la Dra. Fuentes, y Cesc de forma inconsciente, clicó sobre el enlace del vídeo. La imagen de su jefa de pie en un atril, junto al director del departamento de la Universidad, llenó su pantalla.

- Dra. Fuentes, su vacuna contra la CoVID 19 promete proteger a la población mundial. Está claro que un proyecto así requiere del apoyo y la estrecha colaboración con otras entidades, ¿le gustaría a usted destacar el papel de alguien en este trabajo? – preguntaba una joven periodista sentada en primera fila.

Inevitablemente, Cesc observó cómo el pecho del director se inflaba. Era su momento. Aquella pregunta iba dirigida a que Isabel ensalzara el apoyo que la Universidad le había prestado, limando las asperezas de los últimos años. Pero pensar eso era sinónimo de no conocerla.

- Claro que sí. No sólo este proyecto, si no todos en los que he tenido la suerte de participar, habrían sido imposibles sin el apoyo de una figura que considero fundamental: mi bata de laboratorio. – contestó tajantemente Isabel.

La cara del señor director, que había ido dibujando una amplia sonrisa con cada palabra, se desencajó al final de la intervención de mi jefa.

- Perdone, ¿su… su bata de laboratorio? – evidentemente la joven de la primera fila no esperaba una respuesta tan poco convencional.

- Sí. Mi bata de laboratorio. Lleva conmigo cuarenta años y a día de hoy tengo una relación más estable con ella de la que nunca he tenido con nadie. Ha sido testigo de todas mis aventuras y desventuras en el laboratorio. Cada una de sus manchas tiene detrás una historia y me quiere incluso cuando me autocito en los artículos. Es al mismo tiempo mi traje de superhéroe y mi capa de invisibilidad en la sociedad. Cada vez que necesito algo, me basta con meter la mano en sus bolsillos para encontrar la respuesta a mis problemas. Es a ella a quien agradezco su apoyo incondicional.

Al final de esta extraña disertación, tanto los periodistas como el propio director se mostraron anonadados ante el aplomo de aquella señora que había dado con la salvación mundial. En la cara del director, asomaba además un incipiente enfado que Cesc pasó por alto.

Días más tarde, se daría cuenta de su error mientras la policía se llevaba esposado al dirigente del departamento, que gritaba escandalosamente: ¡Se lo agradece todo a su bata! ¡A un maldito trozo de tela!

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