El deseo de Xole

“Esta civilización se ha acabado. Y todo el mundo lo sabe”.
Mckenzie Wark.

Los días se le antojaban interminables, una broma de mal gusto que no desearía ni a su peor enemigo. Se levantaba tan temprano que la hinchazón de los ojos le duraba todavía algunas horas y sus músculos permanecían adormecidos hasta casi llegar al pozo, cuando con ansía empezaba a acarrear agua con cubos y palancanas, las mismas que las del día anterior, y el siguiente. Cuando le acompañaba su hermana al menos podían conversar o caminar en silencio, pero en compañía. Cuando era pequeña, Xole detestaba el inicio de la primera porque ello suponía dejar de ir a clase por culpa de las lluvias torrenciales y pasarse los días –no tan interminables en aquella época– reparando y limpiando los destrozos del temporal junto a toda la familia y vecinos. Lo único agradable de aquellas semanas húmedas, donde la ropa chorreaba todo el tiempo, era descalzarse y chafar el barro que se concentraba en los laterales de la calle; danzar y saltar encima de esa mezcla de agua, tierra, piedras y asfalto desconchado con el que, a veces, también se hacían figuritas para regalar en Navidad.

Pero ese ambiente festivo era una rareza y la verdad es que Xole odiaba la lluvia. Le ponía de muy mal humor y hasta la volvía una niña huraña cuando ella era todo bondad y energía. Irradiaba con su sonrisa tanta felicidad que en casa le llamaban, cariñosamente, la risillas, porque siempre se la pasaba riéndose y festejando cualquier cosa: el zumo de mango de la merienda, las tareas incomprensibles de la escuela, la cadenita del cuello de la abuela. Todo le agradaba excepto que lloviese, ver ponerse el cielo gris y tormentoso y que las nubes formaran una masa concentrada de algodones que acababan oscureciendo el día. Por eso, cuando se iba a dormir, en esa cama que ahora ya nunca se mojaba por la lluvia, le pedía a Dios que se llevase la lluvia a otro lado, a otros países, que allí, en su pueblito, ya todo estaba bien regado. Cada noche, insistente, le rezaba con esa única plegaria, que destilaba ingenuidad y verborrea a partes iguales.

Y hubo un día, un comienzo de primavera que se avecinaba como otro cualquiera, en que de pronto dejó de llover. Se retrasaba aquel año la época de lluvias, escuchaba que su padre decía y su madre repetía, los dos sentados en el asfalto seco de la calle, escuchando una emisora de radio de propiedad comunal. Pero se equivocaban sus papás, la voz de la radio, el gobernador y todos los expertos del clima porque la lluvia no es que se retrasó, es que nunca más volvió a mojar aquella tierra, no con la intensidad y la asiduidad de los años de infancia de Xole.

Así fue como su deseó se cumplió y la pequeña, ya adolescente, empezó a echar de menos la lluvia, sus párpados mojados mientras miraba al cielo buscando algunos rayos de sol, a sentirse culpable por su egoísmo desmedido que había secado la tierra de su comunidad. Su castigo ahora era levantarse al alba y caminar para buscar agua allí donde todavía llovía.
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