El árbol

La mañana había sido soleada y nada hacía presagiar la masa de espesas nubes negras que se cernió sobre el valle a primera hora de la tarde. El viento empezó a soplar un poco después; primero, agitando las hojas y haciendo sonar el carillón de la casa de al lado; después, sacudiendo con fuerza las ramas y levantando, en caóticos remolinos, la arena del suelo. Cuando empezó a llover, ya estaba oscuro. En la negritud de la noche, volaban los guijarros y algunas ramas comenzaron a romperse por el efecto combinado del peso del agua y el huracán. Un relámpago disolvió las tinieblas solo un segundo, aunque fue suficiente para contemplar la horrenda escena que se desarrollaba a mi alrededor: el pino de la orilla de enfrente se mecía con furia, mientras que todas las hojas de la higuera vecina habían desaparecido como de repente, dejando tras de sí un fantasmagórico esqueleto de ramas grises. El ciprés de más allá resistía mejor los embates de la tormenta, pero su punta oscilaba peligrosamente cerca de la línea de alta tensión que atravesaba el bosquecillo. El torrente, que hasta entonces languidecía seco, se había llenado súbitamente de una corriente de agua furiosa, transparente en su maldad, que bajaba vertiginosa por el cauce rocoso, arrastrando con ella raíces, flores y frutos de todo tipo, en tumultuoso desorden. La savia empezó a subirme entonces a borbotones por el interior del tronco; en algunas ramas desgarradas de la copa, se confundía con el burbujeo de la lluvia. Sudaba resina abundante, como queriendo, sin éxito, fijar la cepa a la tierra; pero la velocidad del aire era tan grande que arrancaba las gotas tan pronto como salían. El crujido que estalló en la base se propagó hacia arriba con rapidez, de tal forma que pude sentirlo en todo mi cuerpo. Perdí el equilibrio; las raíces leñosas se desgajaban de las rocas más profundas, que cedieron sin oponer más resistencia. En silencio, mi inmenso tallo fue inclinándose hasta quedar atravesado finalmente en el río.

A la mañana siguiente, acabada la tormenta y despejado el cielo, el pueblo despertó con un nuevo puente natural, germen de un camino que permitiría atravesar el torrente de la vida.
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