EL VIAJERO INTRÉPIDO

Me encuentro en estas preciosas costas tropicales de América, sobre las suaves y claras arenas, oyendo el sedante vaivén de las olas. Preparándome, con mis compañeros, a partir a nuevos territorios y mientras espero el preciso momento de la partida, no puedo dejar de pensar en la larga lista de antepasados que hace tanto tiempo partieron de la Melanesia. Esas islas que se encuentran entre los Océanos Índico y Pacífico. Eran maravillosos navegantes, que en sus globosas embarcaciones llevaban nuestra esencia. Cuidando dentro de un bello cofre blanco, la reserva genética de nuestra raza.
Con sus pequeñas, pero maravillosas naves, dejaron aquellas costas seguras y esperando la marea, como ahora nosotros, iniciaron su desconocido y emocionante viaje. Una vez que partieron se enfrentaron a las fuertes tormentas que se desarrollaban en el mar. Soportando fotones de luz que incidían sobre ellos casi 12 horas, todos los días, dando así trabajo al aceite de su piel. Resistieron a la tentación que suponía estar rodeados siempre de agua, mucha y provocativa agua, tanta y tanta agua, pero siempre salada. Y así pasaron días y meses.
Durante ese intrépido viaje pudieron ver lo bello y terrible del mar, las dos caras de la vida. Peces de todos los tamaños, que para vivir deben obtener su alimento cazando a otros. Un proceso que, desde sus inicios hace tantos millones de años, no se ha detenido ni un solo segundo. Vieron ballenas inmensas, comparadas con ellos, que se movían elegantemente en manadas y en constante comunicación. Viajaban tanto y tan lejos como ellos mismos, tal vez estas ballenas, al ver pasar las embarcaciones de nuestros ancestros se preguntarían ¿qué hacen estas extrañas y pequeñas naves, en estas peligrosas aguas?
Sí, estas naves que se desplazaron por el mar sin rumbo fijo y sin posibilidad de controlar su dirección y menos su destino. Pero después de tanto tiempo por fin llegaron a nuevas tierras, y así, aquellos que lograron sobrevivir a esta peligrosa travesía, se instalaron perfectamente y poblaron la zona con su estirpe.
Después de pasar tantos años en estas costas, ya no tan nuevas, sus descendientes, es decir nosotros, nos disponemos a realizar su misma hazaña, un nuevo viaje por el mar. Estamos como nuestros antepasados esperando, pacientemente, la marea alta que nos llevará a una maravillosa, pero peligrosa, aventura.
Y así, de viaje en viaje, nuestros ancestros demostraron la fortaleza de nuestra raza. Llegaron a estas tierras mucho antes que los europeos en su conquista, pero también antes que los indígenas conquistados. Sí, mi raza llegó antes que el hombre, ¡ah!, se me olvidó decirles que ustedes nos llaman cocoteros y otros nos pusieron Cocos nucifera, de la familia Arecaceae, una raza que les ha dado mucho sin pedir nada. Continúen utilizándonos, no hay problema en ello, pero oigan recién llegados, déjennos vivir.
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