El 'final' de Arquímedes

Hacía días que Arquímedes arrastraba un fuerte catarro y el paseo de aquella tarde, por una Siracusa embarrada y pre-invernal, lo habían terminado de agotar. Ahora, en la noche, recogido en su cuarto, le dolían los riñones y caminaba por la estancia arrastrando túnica y sandalias.
“Una inmersión en agua caliente me ayudará a sentirme mejor”, pensó. Llamó a Eufrasia, la sirvienta pompeyana que había adquirido al tratante Silas, ese verano: “¡Eufrasia!”, gritó. La esclava se asomó a la puerta. “Querida, prepárame un baño con hojas de menta, y el agua tan caliente como para ablandar el corazón de un siciliano”, dijo Arquímedes sonriendo. La joven asintió, y se encaminó a la cocina a encender el caldero, musitando entre dientes “así te cuezas como un huevo, vejestorio”.
Arquímedes volvió la vista a sus papiros. Una idea surgida en el puerto, viendo reparar los barcos, luchaba por abrirse paso. Dibujó una barca y el verdín en la línea de flotación, y escribió: “a más peso, línea más alta, pero… ¿cuánto más?”. Le parecía que esa relación entre cuánto se hundía la barca y su carga debía ser algo muy sencillo. Pero al oír “¡su baño está listo!”, dejó el dibujo y estos pensamientos sobre la mesa, y se desnudó.
En el baño contiguo, la pilastra estaba casi colmada de humeante agua. Metió primero las piernas. Estaba tan caliente que sintió ganas de protestar, pero recordó que la había pedido así, y un hombre de ciencia debe ser coherente hasta en la intimidad de su balneum.
Tras un lento avance, logró al fin sumergirse hasta el cuello. Arquímedes sonrió, sintiéndose ligero. El agua había ascendido hasta casi desbordarse y Arquímedes calculó, como pasatiempo, el incremento de volumen. Pensó cuánto más ligero se sentía. Y de pronto empezó a reír: “¡Eureka!”, gritó: ¡había encontrado la relación que estaba buscando! Salió raudo, desnudo y chorreando hasta su mesa; cogió la pluma y escribió otra nota bajo el dibujo. Sonriente, volvió corriendo al baño, pero, tras dos pasos, resbaló, cayó con su nuca sobre el suelo, y murió en ese mismo instante.
Mientras, Eufrasia hablaba en la puerta de la casa con el joven Arestes, el discípulo de Arquímedes, recién llegado de Mesina e impaciente por contar a su maestro las noticias de ataque que llegaban de Roma. Eufrasia le retenía —“Arquímedes está bañándose”— encantada de tener un momento a solas con aquel hombre de maneras dulces y ojos como olivas. Pero después de un rato, temerosa de haber sido llamada, entró diciendo: “Amo, ¿no queréis salir?... ¿necesitáis más agua caliente?”. Al llegar al baño vio el cadáver de Arquímedes, y gritó. Arestes corrió hasta la estancia: vio a Eufrasia, petrificada y bella como una estatua de Fidias; vio a su maestro con la mirada congelada, y supo que estaba muerto. Sin entretenerse, se arrodilló, lo recogió del suelo y lo llevó a la habitación, mientras Eufrasia observaba, admirada, la fuerza insospechada de aquellos brazos.
Arestes tendió a Arquímedes, lo cubrió con su túnica y le cerró los ojos. Envió a un mozo a dar recados de la muerte al rey Hierón II de Siracusa. Finalmente se quedó mirando con tristeza los enseres de la habitación, los estantes llenos de papiros y el sencillo mobiliario. Aprovechó la soledad para llorar un poco, abandonándose a la emotividad, pero enseguida se serenó. Se preguntó si podría llevarse algo como recuerdo: miró sobre la mesa, vio el dibujo de la barca, y lo guardó en un bolsillo.
Al salir vio a Eufrasia, que recogía en un barreño el agua desparramada y sollozaba en silencio. Arestes se agachó para consolarla, sin acertar a decir nada. La joven pompeyana intentó una tímida sonrisa de agradecimiento. Arestes intentó otra. Eufrasia miró dentro de los ojos de Arestes, que se sintió de pronto indefenso y feliz como nunca antes. Turbado y sin saber qué hacer, cogió el barreño y regó el granado favorito de Arquímedes, bajo el cual tantas veces habían charlado otras noches.
Un día más tarde los restos de Arquímedes fueron sepultados al pie del templo de Agrigento. Y un año después nació el primer hijo de Eufrasia y Arestes: Polibio.
Eufrasia fue recordada y querida hasta que a su nieta más pequeña le llegó su hora. La memoria de Arquímedes pervive en inventos y estudios, como el tornillo sin fin, o su aproximación al número pi. Sin embargo fue Arestes, muerto a los 32 años por un lancero romano durante el sitio de Siracusa, quien se hizo inmortal al enunciar, dos meses después de la muerte de Arquímedes, su famoso principio: “Todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje, de abajo hacia arriba, igual al peso de líquido desalojado”. Está en su obra “Sobre los cuerpos flotantes”. Es el principio de Arestes.
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