ESTADO DE ALARMA

¡Estado de alarma! Gritó la resistencia. La ofensiva había llegado al pulmón, los destrozos comenzaban a adquirir una magnitud considerable. El desconocido enemigo, miembro de la familia familia Coronaviridae, apareció asegurándonos que únicamente venía a reproducirse y que no tenía intención de hacernos daño.
No obstante, en cuestión de muy poco tiempo, había conseguido invadirnos y obligarnos a trabajar en su propio beneficio. ¿Cuál fue nuestro error? Uno de nuestros receptores, ACE-2, regulador de la presión sanguínea, confió en la proteína “Spike” del enemigo. Encajaron bien y le dejó pasar. ¡Qué fallo!

Pero nosotros estábamos acostumbrados a este tipo de ataques y, en cuanto detectamos el peligro, pusimos a trabajar al sistema inmunitario innato. Este sistema de defensa estaba habituado a reaccionar de manera rápida y eficaz ante este tipo de agresiones. Así, sus diferentes componentes (sistema interferón, macrófagos, células asesinas, …) empezaron la batalla.

Todos luchamos con valentía… incluso algunas células se sacrificaron en el proceso, tratando de contener el ataque del enemigo. Con un poco de suerte, el organismo dispondría del tiempo necesario para generar una respuesta inmune más específica y potente.

No obstante, lejos de mejorar la situación, la defensa lo empeoró todo. ¿La causa? Los macrófagos, en su intensa lucha, se excedieron produciendo a sus mensajeros, las citoquinas, lo cual acabó desencadenando un descontrol general del sistema inmune. Los daños en los pulmones fueron masivos y la enfermedad, bautizada como COVID-19, empeoró. Pero no estamos aquí para buscar culpables, si no para relatar los acontecimientos tal y como los recordamos.

Mientras tanto, en otro frente, la artillería pesada se iba preparando y, en cuestión de días, el escuadrón conocido como inmunidad adquirida, estaba listo para continuar defendiendo al organismo. Así, los soldados linfocitos, unas células específicas, consiguieron elaborar la mejor arma contra cualquier virus, los anticuerpos. Empezaron su batalla lanzando los llamados IgM, los cuales resultaron más rápidos de elaborar, pero resultaron ser menos potentes. Finalmente, la guerra se terminó cuando cuando pusieron a punto los IgG. Estos últimos fueron los más potentes, los más específicos. Los responsables de nuestra victoria.

Joan ya se encontraba mejor. A sus 65 años, había acudido el pasado marzo al hospital para que le realizaran una operación de próstata. Días después, comenzó a tener fiebres altas, dolores de garganta, opresión en el pecho y, lo peor, sensación de ahogo.

Tuvo que ser ingresado. Pasó varias semanas en la UCI, en un coma inducido y respirando a través de una máscara de buceo, la cual, ante la falta de material sanitario disponible, se había improvisado como respirador. No pudieron visitarlo sus familiares ni sus amigos. En todo ese tiempo, sus células no dejaron de luchar, no dieron la batalla por perdida.

Hoy, con lágrimas de alegría en los ojos y un aplauso por parte de todo el equipo médico que le había estado acompañando y ayudando, abandonaba el hospital. Sujetaba en la mano izquierda los resultados de una prueba, la PCR, que había dado negativa. El resultado indicaba que el virus, apodado SARS-COV-2, había sido eliminado de su cuerpo. Joan pasaría a formar parte, en el recuento diario, como un curado más de los miles que ya habían superado la pandemia.

Otro aplauso, más pequeño pero igual de intenso, se producía en su interior. Lo daban cada una de las células que había luchado y sobrevivido, hasta vencer al enemigo. Eso sí, sin bajar la guardia, a la espera del siguiente enemigo. Siempre en estado de alarma.
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