"Por culpa de la O"

En aquella pizarra el batiburrillo montado por los números era caótico.
El profesor de Matemáticas era proclive al despiste; no se daba cuenta de lo que estaba pasando a sus espaldas, mientras les explicaba la “Sucesión de Fibonacci”.
El ejemplo para una mejor comprensión de sus alumnos se descontroló; los números cobraron vida; sin que el profesor se enterara, tropezaban sin encontrar su posición. Los alumnos, contemplaban el jolgorio de la pizarra sin dar crédito a lo que veían.
Algunos números daban vueltas sin sentido, otros se llevaban las manos a la cabeza, los más avezados se juntaban en corros intentando descubrir el porqué del desbarajuste. Nadie entendía cómo era posible que ninguno encontrara su lugar; se sabían de memoria lo que la “Sucesión” significaba, es más, llegó un “gran número” en un carromato, desde el cuasi infinito muy contrariado, hasta tan lejano espacio matemático llegó la algazara. Venía dispuesto a exigir responsabilidades.
Antes de que el batiburrillo fuera descubierto por el profesor; una voz metálica desde secretaría reclamó a Don Lorenzo, así se llamaba el matemático, salió sin ser consciente de lo que sobre su pizarra se estaba cociendo.
Entonces los alumnos se acercaron a la pizarra, pero no entendían el lenguaje de los números, ni entendían la algarabía que surgía del encerado, por supuesto ninguno de los muchachos era ducho en la “Sucesión de Fibonacci”, estaban aprendiendo y no entendían aquel desconcierto.
La discusión entre el “gran número” y los demás era poco racional; que entre tanta racionalidad de los números presentes, suponía un gran contrasentido.
Contribuyendo al desconcierto, se abrió de golpe un ventanal; apareciendo un fractal con forma de brócoli, a modo de escalera, que desde el finito, llegaba al aula.
Por la escalera, con solemnidad propia de otros tiempos, descendía un honorable anciano, barba encanecida, conocido como Leonardo de Pisa, flanqueado por eruditos de la corte del Emperador Federico II de Sicilia, y de talento reconocido, como Teodoro de Antioquía y Juan de Palermo así como nobles de ninguna importancia histórica.
Al llegar al aula, el silencio se hizo entre números y alumnos, estos ni sabían quiénes eran los aparecidos, pero entre los números el “gran número”, con la sabiduría que su longitud le concedía, gritó, alegre por reconocer al noble anciano, Leonardo, “¡Signore Fibonacci!”, “¡Signore Fibonacci!”, los números reconocieron a su descubridor y le preguntaban, sin orden, con la misma irracionalidad de que estaban haciendo gala hasta el momento, donde estaba el origen del desconcierto.
─Silencio numerales─. Mandó con voz de quien se sabe dueño de sabiduría Leonardo.
─Vos─, señaló al “gran número”─, decidme que pasa.
─”Signore”─, hemos venido a pedir explicaciones a estos números, incapaces de comenzar vuestra “Sucesión”.
Hizo una pausa propia del que se cree importante y continuó:
─ Nadie de estos estafermos sabe a qué se debe que no se puedan ordenar como es necesario para comenzar vuestra “Sucesión”.
La cara del maestro fue de resignación. Quien tanto conoce a los números sabía de su locura si no se tenían los principios claros. Mirando la pizarra, descubrió de donde provenían tantas torceduras de razón. Recompuso el gesto con sonrisa benévola y comenzó a solucionar el entuerto.
─ Vos, gordito─, señalando al cero que no se movía del comienzo de la Sucesión─, id por dónde habéis venido, nunca seréis número, solo sois una letra, la “O”─. Todos quedaron atónitos por tan grave descuido.
La “O”, cuya frustración quedó patente, su sueño oculto era ser un cero, se fue rodando.
─Señores, id y buscad al cero─. Dijo autoritario.
Los “unos”, como primeros y más sensatos buscaron por la pizarra, hasta que en un rincón, estaba durmiendo, acurrucado, al envaguecido “cero”. Los “unos”, muy enfadados, a empellones le despertaron, vieron que era el “cero”, que somnoliento se desperezó de su largo sueño, en volandas, casi arrastras, lo llevaron al primer lugar de la “Sucesión”.
No tuvo el sabio que decir más, tornaban a sus certezas; el cuasi infinito se fue, no sin antes despedirse de su “Signore”.
El “0” ocupó su puesto, los dos primos llegaron y los dos “1” se situaron. Vino luego “Don Par” y el “2” ocupó su lugar, fue el turno del segundo primo que más lejano se colocó, era el “3”. Recordando la cadencia llegaron el “5”, el “8”, el “13”, el “21”… Viendo el venerable anciano que recobraron la cordura, y conociendo que la “Sucesión” es cuasi infinita, Leonardo se alejó sonriendo por el fractal por donde llegó, seguido por el mismo orden en que bajaron los miembros de la noble comitiva.
Al volver el profesor a su aula, todo estaba en su lugar, el ejemplo bien ejecutado y sus alumnos, prefirieron no hablar, no sabían si fue un sueño…o quizás una mala digestión.

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