El valor de la observación

Mi padre no era científico, pero era muy observador. Mi hermano tenía SIDA desde hacía unos pocos años, y aunque su estado empeoraba, lo hacía lentamente. Por aquel entonces, no existían tratamientos eficaces, eran los tiempos de las primeras investigaciones para encontrar una vacuna, siempre pendientes de la salvadora vacuna. El SIDA era una epidemia nueva, una enfermedad infecciosa de la que se sabía muy poco, una situación de incertidumbre que ahora, inmersos en la pandemia del COVID-19, podemos entender mejor. ¿De dónde había salido el virus? ¿Cómo se transmitía? ¿Por qué algunas personas eran más sensibles que otras a sus efectos? Ni mi padre, ni mi hermano, ni nadie de la familia teníamos respuestas a esas preguntas, y nuestra indefensión la combatíamos con la fe en la ciencia, la ciencia que tarde o temprano sería capaz de zanjar las incertidumbres para atinar un remedio.
Como anunciaba fríamente su acrónimo, el SIDA deprimía el sistema inmunológico de mi hermano y su organismo se debilitaba frente a los patógenos. Yo había escogido la inmunología como asignatura optativa, para entender cómo funcionan los procesos adaptativos de la carrera evolutiva entre antígenos y anticuerpos, una batalla que se libra desde el inicio de la vida, hace cientos de millones de años. Aprendí los mecanismos moleculares y fisiológicos de esa batalla, que mi hermano superaba sin que los médicos detectaran un cambio notorio en el desarrollo de la enfermedad. Sin embargo, y según explica la ciencia de los sistemas dinámicos, el organismo de mi hermano había cambiado de estado: antes de infectarse, su sistema inmunológico mostraba fluctuaciones, en función de su condición física, las estaciones del año o el estrés, pero siempre dentro del estado llamémosle resistente. Tras contraer el virus, su sistema inmunitario cambió rápidamente a un nuevo estado: seguía teniendo fluctuaciones, pero en un estado deprimido. En este estado, si su sistema inmunitario entraba en crisis, su organismo tenía serias limitaciones para combatir los patógenos. Pero luego llegaba una recuperación, porque la evolución ha esculpido los sistemas biológicos con un material llamado resiliencia. La resiliencia es la capacidad de esos sistemas para volver al equilibrio tras el impacto de un estresor. Igual que cualquier organismo, tenemos resiliencia a muchos niveles: fisiológico, metabólico o neuronal. En especies con grandes cerebros, existe incluso una resiliencia emocional frente al dolor, los miedos y la angustia. Los humanos hemos mostrado una gran capacidad de resiliencia a lo largo de nuestra historia evolutiva. Cuando bajamos de los árboles, quedamos expuestos a muchos peligros. Ni éramos particularmente veloces, ni éramos particularmente grandes, ni estábamos bien armados con grandes garras o grandes colmillos. Tuvimos muchas limitaciones para defendernos de los depredadores, y para cazar las presas que nos podían aportar las proteínas y los lípidos necesarios para alimentar un cerebro que crecía y consumía cada vez más energía. Sufrimos muchos avatares, pasamos cuellos poblacionales, hicimos grandes migraciones llenas de riesgos y superando muchos peligros. Luego llegó el Neolítico y con él las guerras y las epidemias y el sufrimiento emocional que comportaban, y hemos resistido todos esos embates reforzando y adaptando nuestros mecanismos de resiliencia.
Aunque mi hermano parecía instalado en un equilibrio de fuerzas, su resiliencia tenía una capacidad finita. Los límites de esa capacidad los explora la ciencia de las transiciones críticas y los tipping points, los puntos de rotura. Podemos doblar la rama flexible de un abedul aplicando la fuerza de nuestros brazos, pero si la tensión acumulada atraviesa un umbral, quebraremos la rama y con ello habremos quebrado también su resiliencia. El reto está en conocer esos umbrales, y poder anticiparlos para evitar la rotura del sistema. Los médicos tienen que interpretar los resultados de las pruebas diagnósticas para adelantarse a los acontecimientos, para corregir las prognosis, para ayudar al organismo a alejarse de ese tipping point de no retorno. Otros investigadores también intervienen en ese esfuerzo: sociólogos, estadísticos, físicos, matemáticos o ingenieros. Todas estas disciplinas trabajan con los datos facilitados por los hospitales. No son ciencias fenomenológicas, no observan el proceso. No pueden hacerlo porque no tienen un contacto directo con los enfermos. Ni siquiera los médicos, por falta quizás de tiempo o por exceso de medios diagnósticos, suelen observar con calma a los pacientes.
Mi padre no era científico, pero era muy observador. Un día me dijo “tu hermano cojea”. Observé a mi hermano, que se alejaba con un andar apenas renqueante, y tuve que admitir que mi padre tenía razón. “No es una buena señal”, añadió. Yo me quedé callado. Aquella observación puso un triste colofón a aquella incertidumbre con la que, de mala gana, habíamos convivido. Mi hermano tenía un gran tumor cerebral. El tumor que quebró su resiliencia, esta vez sí, de una vez por todas.
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