El huerto del convento de Brno

En los últimos quince años he visto prácticamente todos los amaneceres. Tan solo he faltado a la cita con el alba durante un par de semanas en las que sufrí unas fiebres que impidieron que me levantase de la cama. Las campanas del convento siempre repican una hora antes de que el sol aparezca entre las montañas que abrazan el valle. En invierno es una labor más que vocacional salir de nuestras celdas para dedicarnos a orar con temperaturas gélidas, pero lo hacemos de buen grado ya que es la vida que hemos elegido llevar. Los desayunos son austeros porque siempre hemos sido de la opinión de que es mejor que trabaje la cabeza y no el estómago por la mañana.
Nunca hemos sido más de veinte frailes así que, quien más, quien menos, sabe hacer un poco de todo, aunque cada uno de nosotros tiene una labor asignada por el abad, el padre Wilhelm. Yo soy el bibliotecario, el custodio del saber, pues somos una congregación de clérigos ilustrados. La joya de la biblioteca es una edición original de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, del célebre escritor español Miguel de Cervantes y Saavedra. En las tardes más oscuras y frías solemos reunirnos al calor de la chimenea para leer los pasajes de tan excelsa novela.
El padre Alphonse pasa sus días entre los fogones de las cocinas. Ha traído hasta estas tierras las recetas de su Baviera natal y hay que reconocer que ha conseguido educar nuestro paladar a sabores que nos eran extraños. La cerveza, conocida en toda la comarca, la elabora el padre Jan. El último día de cada mes, en el portón cercano al establo, disponemos un pequeño puesto de venta de cerveza que nos permite subsistir dignamente e, incluso, permitirnos pequeños lujos esporádicos. Todavía recuerdo las botellas de vino que el padre Wilhelm compró en un viaje a Roma allá por 1850 y que tuvo a bien compartir con todos nosotros.
Casi nunca sufrimos sobresaltos y la vida suele transcurrir de manera tranquila. Excepto cuando los hermanos más jóvenes, Luther y Ferdinand, trataron de construir una especie de instalación eléctrica que acabó en el incendio del corral de gallinas. Ambos son naturales de Viena y, como conocen todos los avances de la capital y sospechan que estamos algo anticuados, no paran de inventar artilugios para modernizar nuestras vidas. Aunque no suelen tener éxito en sus empresas, nos proporcionan, sin duda, los momentos más entretenidos de nuestro transcurrir.
El que me tiene algo preocupado en los últimos tiempos es el padre Gregor. Durante bastantes años fue un apicultor excepcional y cada semana, gracias a él, degustábamos una miel de romero como pocas he probado en mi vida. Supongo que la rutina lo llevó al hastío y le solicitó al abad un cambio en sus labores.
Se hizo cargo del huerto que tenemos en el claustro y aplicó con gran esmero sus conocimientos botánicos para obtener unas generosas cosechas. Al principio teníamos todo tipo de verduras, tanto en invierno como en verano. Tal era su abundancia, que también empezamos a venderlas el último día del mes. Pero desde hace unos tres inviernos, la variedad se ha reducido drásticamente. El padre Gregor se dedica en cuerpo y alma a los guisantes. Es cierto que son de gusto exquisito pero el padre Alphonse ya no encuentra maneras originales de cocinarlos. Además, no los deja ni a sol ni a sombra. Ni bien han florecido las matas, se lanza a polinizar unas plantas con otras y a hacer extrañas anotaciones en un cuaderno, algo que no es nada propio de un hortelano. No todos los guisantes de sus cosechas se asemejan y los colores bailan entre el verde y el amarillo. Los hay pequeños como lentejas y grandes como habas. ¡Algunos hasta nacen ya arrugados como si estuvieran cocidos!
No se me escapa que el padre Gregor pasa largas temporadas en la biblioteca buscando entre todos los libros de ciencias naturales y leyendo hasta bien entrada la noche. Me figuro que debe de estar escribiendo algún tratado, pues a menudo me pide tinta para su pluma. Yo no estoy en contra de las labores intelectuales, pero considero que es menester que hable con el abad para que el padre Gregor retome el cultivo de la huerta y abandone, al menos durante un tiempo, los guisantes. Creo que será lo mejor, por el bien común.
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