El hombre fotosintético

Hoy cuando me levante me sentía renovado, lleno de energía. Mientras me desperezaba recapitulaba el día previo. Necesitaba salir al sol, abrí la puerta y me dirigí hacia el jardín. Mi piel brillaba como nunca. Me sentían bien, muy bien. Todavía adormecido pensé que tal vez se debía a la sesión de yoga del día previo, pero no, hace años que hacía la misma rutina. Luego recordé el trago verde. Soy parte de un protocolo científico sobre regeneración de tejidos a partir de injertos de piel con un alga unicelular. Me reclutaron en la sala del hospital donde me recuperaba de las quemaduras graves que sufrí tras un accidente laboral. Me explicaron que la idea era que el oxígeno que generaban por fotosíntesis las algas haría el proceso de cicatrización de mis heridas más rápido ¿Se lo imaginan? Esta gente debe estar loca, pero paga bien y yo necesitaba el dinero.
Me informaron que tal vez no tendría hambre ya que la energía que normalmente adquiría del alimento vendría del sol. Es una locura… pero no como nada desde la semana pasada y no parezco necesitarlo. Entro en casa, pero siento el deseo intenso de volver a salir, las sombras me molestan. De manera inconsciente mi cuerpo parece buscar la posición ideal para no perder ningún rayo de sol. Estoy incómodo, mis músculos entumecidos claramente están sufriendo de esta posición, pero aun así, un deseo interno más fuerte que el dolor me impide mover.
Me dijeron que las partes de mi piel donde hicieran los injertos podrían adquirir una tonalidad verde, por la clorofila y ahora lo empiezo a notar. Se hace la hora, debo ir nuevamente al laboratorio para un nuevo chequeo. Últimamente, las sesiones se concentran en la aplicación de pruebas cognitivas. Al parecer, como un efecto colateral no planificado, el oxígeno que las algas producen en mi cuerpo ha incrementado notablemente mi actividad cerebral. No es de extrañar, si uno considera que el cerebro es el órgano del cuerpo que más energía consume y para ello requiere de oxígeno. Al terminar las pruebas me pregunta por el día previo y tras contarle todas las nuevas sensaciones que me atraviesan su respuesta es la de siempre -es esperable, nada para preocuparse-. Antes de irme me dan un nuevo trago verde rico en clorofila y me informan que me estarán esperando a la misma hora el día siguiente.
Vuelvo a casa caminando, hay muchos autos por la calle y el humo que sale de los caños de escape huele delicioso. Racionalmente sé que el dióxido de carbono es inodoro, pero en mi nueva condición, disfruto su aroma como si fuera el del plato de ravioles que amaba comer en casa de mi abuela. Ahora tengo sed. Me advirtieron que tendría que tener cuidado con no deshidratarme y que debía tomar varios litros de agua al día. Todavía me faltan un par de cuadras y me doy cuenta que fue un error salir sin mi cantimplora. Siento como los pelos de todo mi cuerpo se erizan de la misma manera que una planta del desierto intentando minimizar la perdida de agua por la transpiración.
Llego a casa y me tomo tres botellas de agua seguidas. Después caigo agotado y me levanto recién a la media noche en el sillón del comedor. Estoy sudando. Necesito salir. Camino sin rumbo fijo y llego a la playa. Me saco la ropa y empiezo a nadar alejándome de la costa. Me siento liviano, cada vez más. Recién allí flotando en el medio del océano entiendo lo que esta pasando. El brillo de la luna me permite ver un halo verde que me rodea. Soy yo, mi piel y todo mi ser se está descamando. De alguna manera el alga tomo el control de mi cuerpo y mis células ya no lo obedecen. Sé que me quedan pocos minutos como ser pluricelular. Mientras mis células se liberan, mi último pensamiento es para los investigadores que me convencieron de someterme a este experimento. Nos les tengo rencor. Nuca me sentí cómodo en mi cuerpo, en el fondo sospechaba que no me pertenecía. Mientras mis células van cayendo hacia lo profundo del océano y me divido en mil pedazos aún siento que soy yo…
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