Cura de humildad

Mi mujer es una científica brillante, física teórica. Su mente estructurada y clarividente fue una de las muchas cosas que me hicieron enamorarme de ella, ya que siempre he sido muy sensible a ese tipo de aptitudes. No en vano yo también destacaba en todas las asignaturas científicas, si bien al final decidí ser ingeniero porque me decanté por la ciencia aplicada. Creo que esa sintonía intelectual es una de las claves de que siempre hayamos conectado tan bien, más allá de las clásicas puyas recurrentes sobre si la ciencia pura no sirve para nada en la vida real, o si los aplicados somos científicos de segunda, y todas esas bromas que incluso le dan mayor aliciente a la relación.
Por eso cuando tuvimos un hijo proyectamos en él nuestras expectativas de que sería un buen científico, y volcamos nuestra educación hacia ese objetivo común. Habíamos oído hablar de experimentos como el de los Polgar y sus hijas ajedrecistas, y tras analizar a fondo esos casos de éxito y adquirir una cierta formación pedagógica, pensamos: ¿por qué no nosotros? Así que decidimos educar a nuestro hijo de forma no reglada, desde casa y de acuerdo a nuestras propias técnicas científicas y didácticas.
El proyecto funcionaba con eficacia, ya que nuestro vástago progresaba con brillantez en prácticamente todas las materias, incluyendo las científicas, pero como era de esperar, a medida que avanzaba en edad reflexionaba cada vez más y mejor sobre la situación, se planteaba preguntas y le surgían dudas, que no siempre éramos capaces de responder de forma satisfactoria.
Cuando alcanzó la edad universitaria, llegamos a un acuerdo: él seguiría con el sistema, pero nuestra involucración iría disminuyendo progresivamente, de forma que no era necesario que rindiera cuentas sobre su desempeño hasta que acabara los estudios. A estas alturas se trataba de un joven maduro y autosuficiente, y nuestra confianza en él era plena.
Por fin llegó el día de la lectura de su tesis doctoral y nosotros, embargados por una gran felicidad pese a la incertidumbre sobre cuál sería el tema que finalmente había elegido, ya que mantuvimos de forma estricta nuestro compromiso, asistimos al acto.
Mi mujer se inclinaba por algún moderno tema de Física cuántica, y yo tenía la intuición de que podía tratarse de un asunto no menos candente en el ámbito de la Biotecnología. No puedo ocultar que nos sorprendió que la convocatoria fuera en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía, pero supusimos que se debía a motivos de espacio.
Cuando inició su discurso con el turno de agradecimientos, pronunció las siguientes palabras que nunca olvidaré, y estoy seguro de que mi mujer tampoco:
“Este trabajo está dedicado a mis padres. Gracias a ellos tengo una mente estructurada, pero también una curiosidad infinita. Su amor por la Ciencia es tan grande que resulta imposible no impregnarse de él. Por ello, aunque pueda parecer paradójico, decidí estudiar Filosofía y doctorarme en Filosofía de la Ciencia. De ellos aprendí que la manera más obvia de abordar un problema no siempre es la mejor, que a veces es conveniente distanciarse y adoptar una estrategia rigurosa pero indirecta. Espero que no estén decepcionados ni sientan que fracasaron en su proyecto educativo.”
En ese momento crucé una mirada fugaz con mi mujer y creo que nunca antes nuestra conexión había alcanzado tal perfección: teoría y práctica se daban la mano en una amalgama de sensaciones cual campo magnético a nuestro alrededor. Habíamos recibido la mayor lección de nuestras vidas y, lejos de sentirnos abochornados, sin duda éramos dos seres orgullosos y emocionados.
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