LA ISLA

La joven despertó bajo los cálidos rayos que rociaban la isla y permaneció quieta por un momento, pensativa. Largos habían sido los años esperando en convertirse en exploradora: años de caminos sinuosos sobre atajos rectos, años de contemplar al mar hasta la última luz. Muchas habían sido las miradas de desaprobación con las que se había topado, y sin embargo estaba allí, ella, fuerte y segura como la roca sobre la que pisaba. Aquel día, en el que todo empezaba por fin, no sería diferente.
Luego de alistarse, cruzó el umbral de su pequeña vivienda, ubicada sobre un leve promontorio desde el cual se obtenía una hermosa vista del océano, y por poco atropelló a la encorvada y misteriosa figura que la aguardaba allí. El visitante vestía un ligero manto carmesí cruzado sobre los hombros, y las sombras de la mañana ocultaban una cara protegida por una capucha del mismo color. Sostenía algo con delicadeza entre sus brazos plegados.
--¿Tú eres la nueva?-- preguntó algo bruscamente, plantándose delante de ella. A la muchacha, estupefacta por el repentino encuentro, le pareció que el extraño intentaba sonreír sin éxito. Pretendiendo disimular la emoción en su voz, contestó:
--Sí, soy…
--¡Perfecto! --la interrumpió él, acercándole el bulto que llevaba-- Póntelo.
La joven lo tomó suavemente y lo extendió con curiosidad desde las puntas: era un manto prácticamente idéntico al del hombre. Llena de preguntas, elevó la vista, pero descubrió que su interlocutor ya había dado media vuelta y marchaba colina abajo.
Mientras corría detrás de él, la chica se echó el ropaje por encima de los hombros, lo ajustó a su cintura y sonrió. El día no había comenzado como esperaba, pero, de alguna forma, encontraba a la incertidumbre vigorizante. Alcanzó a su guía pasados los primeros árboles del bosquecillo que antecedía a la playa, pero antes que pudiese hablarle, el hombre aceleró el paso hacia el otro lado de la espesura. La muchacha apuraba, dispuesta a seguirlo, cuando escuchó sorprendida que alguien la llamaba desde un claro.
--¡Oye!-- la voz parecía provenir desde abajo --¡Te hemos oído! ¡Acércate!
Extrañada, se aproximó al espacio, dominado por un ancho pozo de varios metros de profundidad. La joven se asomó y quedó pasmada: desde el fondo del pozo la examinaban una docena de personas de variada edad, todas equipadas con palas.
--¿Quiénes sois?-- les preguntó asombrada.
--¿Que quiénes somos? --contestaron al unísono-- Somos iluminados. Somos los que sabemos la verdad, y vemos por tu capa que eres parte de ellos. ¿Sabes que mienten, no?
--¿A qué os referís?
--No existe el océano --anunciaron, y señalaron en dirección al mar, donde la pared del pozo los tapaba por completo--. ¡Compruébalo! Sólo hay tierra.
La chica ojeó desde su posición el final del camino; distinguía perfectamente el celeste del agua a lo lejos. Confundida, se despidió de los cavadores con un gesto y corrió hacia la costa.
La recibió una visión maravillosa. A lo largo de la playa se desperdigaban cientos y cientos de figuras carmesí: algunas se sentaban inmóviles frente al horizonte; otras escribían concienzudamente en grandes pizarras; unas pocas transportaban pilas de papiros y frascos de un lugar a otro. Fascinada, también notó un cambio en su guía: de pronto parecía menos encorvado y más alto, y cuando habló, su voz era firme y sabia.
--¡El Mar! El trabajo de un explorador yace aquí, en la frontera de todas las cosas. Somos los constructores de arena, los hacedores del camino. ¡Observa! --le dijo, señalando a un anciano al borde del agua, rodeado de rollos usados, quien en ese instante terminaba de escribir una página; éste se levantó, visiblemente emocionado. En un pestañeo de ojos, la muchacha se encontró con que cerca del viejo ya no había rastros del océano: las aguas se habían corrido una veintena de metros más allá. Las personas alrededor gritaron de alegría y se apresuraron a llenar el nuevo espacio, compuesto de tierra blanda y fértil.
--Cada paso que damos --exclamó el guía-- lo damos sobre descubrimientos pasados. Hubo una vez en que la isla misma no existía, y el primer explorador fue el primero en pisar tierra firme. Tal vez la tierra no existe hasta que la descubrimos; tal vez no hacemos más que revelarla. Sea cual sea la verdad, debemos avanzar.
--¿Hacia dónde?-- preguntó la chica, sobrecogida.
El hombre reflexionó un momento.
--Hacia adelante. Y quizás llegue el día en que la tierra ocupe todo el agua que hoy vemos, y siga habiendo mar sobre el que caminar. Entonces seguiremos avanzando.
La joven echó un vistazo a la línea donde el cielo tocaba el océano. Pensó brevemente en el encuentro en el bosque y en las personas cavando en la oscuridad; luego, sin quitarle los ojos al horizonte, se calzó la capucha carmesí y se acercó a la orilla.
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