Juicio elemental

Un frío gélido reinaba en la sala cuando los seis nobles hicieron su aparición. Desfilaron por el pasillo central con su habitual parsimonia, con expresiones imperturbables y ese halo de superioridad moral que los caracterizaba, a sabiendas de que nada podía alterarlos. Ese era el motivo por el que se habían convertido en los jueces, dueños y señores del destino de todos.
Los presentes enmudecieron mientras los nobles ocupaban sus puestos en la mesa del tribunal, presididos por el más antiguo. Con una voz aguda pero imponente, este dijo:
—Se abre la sesión. Hoy estamos aquí reunidos para juzgar los terribles crímenes cometidos por el individuo conocido como «H». Que entre el acusado.
«H» hizo su aparición. Iba escoltado por «Y» y «W», lo que le confería un aspecto aún más menudo y vulnerable. Lucía esposas de acero alrededor de las muñecas y los tobillos, para que no pudiera escapar en caso de intentarlo. Se lo veía cansado, resignado. Mantenía la cabeza gacha, avergonzado. ¿Cómo era posible que fuera tan destructivo? Si parecía tan simple, tan ordinario, tan poca cosa…
Se oyó un suspiro entre la multitud. «H» no fue capaz de alzar la mirada. No quería leer la decepción en el rostro de su amada. «O» se quedó sin aliento. Ver al amor de su vida encadenado como a un vulgar delincuente le partía el corazón. Después de todo lo bueno que ellos dos habían conseguido juntos, de todo lo que habían creado, de haber sido la base del milagro más maravilloso jamás observado… No podía quedarse de brazos cruzados mientras los nobles le arrebatan todo por lo que había luchado. «N» tuvo que sujetarla con fuerza para que no cometiera ninguna estupidez.
El presidente del tribunal tomó de nuevo la palabra:
—Se procede a listar los crímenes cometidos por el acusado:
1) No acatar el artículo 2.3 de la Ley Suprema que impide que en la Tierra se alcancen temperaturas cercanas a las presentes en el núcleo de cualquier estrella.
2) Crear una bomba termonuclear incluso más mortífera y peligrosa que las previas a cargo de «U» y «Pu», a quienes recuerdo, condenamos con el destierro y despojamos de estabilidad a sus núcleos.
La multitud exclamó un gemido ahogado, de puro horror. ¿Iban los nobles a dictar la misma condena para «H»?
—Y, lo más grave —continuó «He» impertérrito—:
3) Haber sido capaz de emular uno de mis núcleos sin mi permiso ni mi consentimiento, y sin haber medido las consecuencias de sus actos.
¿Con que se trataba de eso? pensó «O». Toda esa pantomima del juicio era una respuesta exagerada a los celos descomunales que «He» siempre había tenido de «H» desde el principio de los tiempos. Chasqueó la lengua con disgusto. «He» era el maestro del engaño. Y lo peor era que los nobles estaban de su parte.
«Ne» rompió el silencio:
—Se abre el turno de palabra.
«Li» subió al estrado. Era miembro de los 3 pilares, junto con «He» y «H». Por ello, su opinión resultaba de vital importancia, pues podría inclinar la balanza hacia a un lado u otro.
—«H» ha sido como un padre para la mayoría de los presentes. Nos ha guiado desde tiempos inmemoriales, con sabiduría y sencillez. Pero, inevitablemente, el poder corrompe. Voto que se le destierre por un par de milenios, para que recupere la humildad. —No había un deje de compasión en su voz, solo la más pura frialdad.
A «O» se le cayó el alma a los pies. Si tan solo pudiera salir ella a defender a su amado… Pero no la consideraban “imparcial”. La impotencia estaba a punto de consumirla.
«F» reemplazó a «Li».
—Hablo en nombre de todo el grupo VII cuando digo que estamos muy decepcionados. «H» ha cometido un error, sí. Y debe pagar por ello. Pero no podemos desterrarle. Nos hace más fuertes. Él es el único que ha sido capaz mediar con nuestros amigos ancestrales en disolución. Le necesitamos. —Todos los miembros de los grupos I y II asintieron con la cabeza.
—No es motivo suficiente. Petición denegada —sentenció «Kr».
Entonces «C» hizo su aparición, acaparando todas las miradas. Hasta los nobles la saludaron con respeto. Todos esperaban expectantes sus palabras.
—¿De verdad estaríamos aquí hoy si no fuera porque «H» ha desafiado a «He»? Le pese a quien le pese, «H» es el ser más grandioso que haya existido jamás. En mayor o menor medida, todos dependemos de él. ¿Acaso conocéis a alguien más servicial, más polifacético? El verdadero crimen sería apartarle de nosotros. Y en cuanto a su castigo, bastaría con controlar rigurosamente la generación de tritio y su uso. Sin tritio, no hay bomba H. No tengo nada más que decir.
Y así fue como «C», sin despeinarse, aseguró la vida de su decendencia.

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