El Beso nuevo

Aquella mañana, todos, absolutamente todos, despertaron con azúcar en los labios, pero solo los que se besaron lo descubrieron.

Muchos se percataron al instante, ya que la mayoría disfrutaba de un beso mañanero cada amanecer. Otros tardaron un poco más en darse cuenta porque eran más de abrazos. Algunos que no tenían la suerte de besarse a menudo, aprovecharon la excusa para besuquearse.

Finalmente todos acabaron comprobándolo: nuestros labios amanecían azucarados cada día.

Al principio hubo desconcierto pero no tuvo mayor importancia puesto que solo se percibía al besarse. Con el tiempo, después de tantos besos azucarados, llegaron los problemas: la gente empezaba a sufrir diabetes. El beso azucarado resultaba tremendamente adictivo. Una vez que surgía un beso, nadie deseaba parar. El asunto se fue complicando cuando, sumado a la diabetes, aumentaron los casos de caries. Los besos se volvían incontrolables entre inyectables de insulina y visitas al dentista.

Algo había que hacer, alguien debía inventar una nueva manera de besar.

De primeras no fue algo consensuado. Había gente que disfrutaba tanto de los besos azucarados que, a pesar de todas las consecuencias que acarreaba para la salud, les compensaba el estímulo químico de su cerebro que les pedía más y más besos dulces. Acabó siendo un fenómeno tan adictivo y con tan fatales consecuencias que pasó a ser competencia de las autoridades sanitarias, las cuales terminaron acordando un Estado de Alarma donde el beso quedaba terminantemente prohibido.

Para abordar el asunto, se recurrió al Ministerio de Besos y Roces. La tarea que se les presentaba no era fácil pero contaban con los mejores científicos, los cuales establecieron que la nueva forma de besar debía cumplir la siguiente premisa:
Establecer conexiones más allá del contacto labial puramente físico que imponía el beso tradicional, al tiempo que mejorase el adictivo beso azucarado para evitar tentaciones.

Después de un tiempo sin poder besarse, la gente empezaba a impacientarse, sobre todo los más fogosos. También aquellos que se iniciaban en el amor, que se quejaban de la casualidad, ahora que les tocaba enamorarse. Se preguntaban si acaso podía existir alguna otra forma de besar que no hubiese sido ya inventada. Sin perder ni un instante, los expertos se volcaron en la investigación, buscaron financiación, patrocinadores y voluntarios. Pronto la noticia se hizo eco en todos los medios: se buscan voluntarios. Mala idea ya que hubo una avalancha de voluntarios y pronto aclararon que no todo el mundo podía serlo. Debían cumplir ciertos requisitos.

Acabó siendo evidente que para ser voluntario tenían que ser vírgenes en el beso para no condicionar la creatividad del amor puro. Sin embargo, debían haber experimentado el amor verdadero y correspondido. ¿Conocer lo que es el amor sin haberse besado? ¿Era esto posible?

Por otro lado, los enamorados, ansiosos de nuevos besos, enumeraban bajo una lluvia de ideas las características que les gustaría que tuviese el nuevo beso. Se ilusionaban pensando en lo que les gustaría experimentar durante esta nueva normalidad en el acto afectuoso. Fuese lo que fuese, debía ser más duradero, más intenso, espontáneo, fresco, aromático, esponjoso. Algunos defendían un toque picante a la par que tierno. Otros añoraban el beso dulce (pero bajo en calorías). Y, por supuesto, la nueva manera de besar debía solucionar los daños colaterales del clásico beso azucarado: la diabetes tipo II, caries, obesidad, infartos o ceguera.

Tanto trabajo por hacer y tanto enamorado con síndrome de abstinencia que no podían retrasarse más así que, sin más dilación pusieron marcha a la investigación. Se iniciaron varias líneas de investigación que abordaron el asunto desde diferentes puntos de vista.

Uno de los proyectos estudiaba el efecto de retrasar al máximo el ansiado beso para terminar rociando los labios con una especie de spray paralizante pero no terminaba de convencer. Otro grupo de expertos estudiaba la posibilidad de estornudar en la cara del ser amado como muestra de amor, sin embargo, no tenían demasiadas expectativas. Otra línea de investigación experimentaba con la nanoencapsulación de sustancias que explotaban cosquillas en los labios de la pareja y no terminaban de conseguir los efectos esperados.

Finalmente, dieron con una posible solución que no tardaron en anunciar para que todo el mundo pudiera poner en práctica. Lamentablemente, el éxito de las pruebas realizadas en los laboratorios no era reproducible en condiciones reales. Las parejas que ponían en práctica este nuevo método no obtenían el efecto deseado...

... Y es que el beso es una de las múltiples formas que existen a la hora de expresar el sentimiento más profundo en una pareja que realmente se ama. Es un acto de amor que se reinventa en el comienzo de cada relación, característico de cada pareja. No hay dos formas iguales de besar, es algo especial, único e irreproducible.

En cada nueva relación de amor aprendemos a besar de nuevo.
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