En un solitario laboratorio

Aquella sesión vespertina del viernes no se ha borrado ni lo hará fácilmente de mi angosta memoria. Cada vez que evoco la estampa, solitaria y no poco temeraria, del laboratorio donde estaba sintetizando una suerte de nanopartículas magnéticas que me fuesen a proporcionar mi primera publicación científica, un súbito escalofrío se apoderó de mis entrañas. Las manecillas del reloj habían sobrepasado las nueve de la noche, y me dirigía a observar mi experimento con aquel nuevo material adsorbente, el cual se estaba calentando a no muy alta temperatura, cuando de repente empezó a chisporrotear la instalación de la campana extractora que daba cobijo a mis nanopartículas y sus fétidos aromas.

Mi mente se nubló hasta tal punto que tan sólo se proyectaban instantáneas de llamas en ella, cual recurrente pesadilla de infancia. Acerté a atisbar un cierto goteo del agua continente de mi experimento hacia los cables de la placa calefactora que, con toda probabilidad, habrían provocado el cortocircuito. Me aproximé con cautela al lugar del siniestro y, lejos de amedrentarme por el sonido ambiental del cableado, me encaramé a accionar el diferencial afectado por el incidente. La tensión se apoderó de mí por unos segundos, dado que algunos cables aún continuaban humedecidos, y con rapidez y tiento mi mano subió el diferencial mientras mis ojos se fueron cerrando a la vez. Pasaron unos segundos de incómodo silencio que persistieron durante casi un minuto. Los cables continuaron emitiendo aquel incómodo pitido y ninguna hecatombe sobrevino después. Proseguí con respiración profunda y acompasada durante unos segundos adicionales, tras los cuales me apeé de la silla y puse pies en polvorosa.

Comencé a escudriñar las causas de mi descuido y confieso que, transcurrido el tiempo, no alcanzo a comprender el porqué de aquel susto innecesario y estúpido que tan sólo se podía achacar a una falta de concentración o atención en un momento determinado. Aquel día me sentía exhausto y no pensaba sino en desconectar la placa calefactora al término del tiempo de espera para abandonar el laboratorio y dedicar el fin de semana a la vida familiar, sin factores desestabilizadores que dificultasen la regeneración de mis neuronas. En momentos así cabía preguntarse si cobraba sentido la permanencia diaria enclaustrado, emparedado en aquella suerte de burbuja carente de vínculo alguno con la realidad. La respuesta, a priori, se antojaba sencilla si se ignoraban episodios esporádicos como el relatado, aunque algo más compleja cuando iniciaba el habitual proceso de reflexión que me llevase a reafirmarme en los motivos por que había decidido embarcarme en semejante aventura.

Recordé entonces con nitidez aquellos días de verano, jornadas inhábiles para los negocios y los trámites administrativos, en que me debatía entre emprender, junto a un buen amigo, mi propio laboratorio para fines rutinarios o embarcarme en una larga travesía por la senda de las preguntas sin respuesta, de los ensayos sin conclusiones y las frustraciones sin consuelo. Si hubiese de retrotraerme a esos tórridos días en que el único mar donde me zambullía era el de las dudas, estoy convencido de que saldría flotando para nadar en la misma dirección e iniciar esta ardua búsqueda de mi destino.

Soy consciente de que sesiones intrigantes como la relatada en este exordio nos pueden ocasionar una irreversible conmoción, así como un permanente malestar sabiéndonos culpables de la probable inutilidad de nuestro experimento. También interiorizo la desértica andadura por que hemos de transitar hasta vislumbrar un halo de luminosidad, mientras la moral se ve minada por la inmisericorde inacción de nuestros llamados pares. No obstante, en momentos como éste observo un rayo más poderoso que el descargado durante las tormentas de verano, y es su destello el que ilumina la continuidad de mis pasos en persecución de los interrogantes de la ciencia. El futuro se antoja ignoto e incierto, pero no se trata de adivinarlo sino de coserlo hebra a hebra, cristalizarlo átomo a átomo, integrarlo pico a pico.

Aquellas cuatro paredes parecían haber desistido en su intento de devorarme, a la vez que mi cabeza comenzaba a asomar tímidamente desde su escondrijo en el caparazón.
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