Jugar con los fantasmas

Ocho de la tarde. Lunes, pero hace buen tiempo. Cuatro años de grado, dos de máster y once horas trabajando en su primer día. Javier sale de la ofici… Sin previo aviso, su ritmo cardíaco aumenta y comienza a sudar. Su amable sonrisa se retuerce transmutando en una desesperada mueca de agobio. Siente su respiración descompuesta y lucha. Lucha incesantemente para mantener la calma. Peligro. Aún no sabe por qué ni por dónde. Pero llegará. Está seguro. Dentro de su cabeza lo siente todo. Absolutamente todo, y le pesa. Es incapaz de discernir sus pensamientos, que se precipitan de un rincón a otro en su cerebro como un furioso torbellino, hostigando sus entrañas y aplastándole contra el suelo. Se encuentra al borde de un precipicio al que no recuerda haber llegado. Pero ya es tarde. No hay explicación. Tampoco hay conclusiones. Por fin en casa. En la soledad de su cuarto libera la tensión de su cuerpo, que instintivamente vibra dirigiendo el compás de una amarga melodía en completa descoordinación con el bombeo de sus ahogados pulmones. Lágrimas escoltan a la bronca orquesta incorporándose torpemente al desacompasado baile de sus brazos trémulos y los vaivenes de su pecho. Y ya son, otra vez, las 3 de la mañana. La paciencia y su colchón le han devuelto la batuta y el control de sus ideas. Mañana será otro día. El vecino de enfrente ha vuelto a olvidarse la luz de la cocina encendida esta noche, y de alguna manera esto le reconforta. ¡Menudo drama! – piensa recostado mientras encorva ligeramente la espalda y flexiona las piernas abrazando con su cuerpo a la almohada.

Domingo por la tarde. Ya ha pasado tiempo desde su última visita al precipicio; un tiempo tardo y contaminado con el vago disimulo de su evidente falta de sueño. La semana ha sido dura y está terriblemente cansado, aunque la inocente idea de dormir le intimida y le mantiene despierto. Como único testigo, un viejo reloj de pared realiza su oficio con escrupulosa obediencia mientras observa cómo Javier, tumbado en el sofá con un libro en las manos, se enfrenta a unos imperceptibles susurros que emanan de su hipotálamo e invaden todo su cuerpo, empapando cada uno de sus sentidos y empujándole a cerrar los párpados y descuidar su lectura. Su metabolismo descansa, su sensibilidad hacia el mundo exterior se entumece y su respiración es pausada. En su interior, millones de neuronas se emancipan de su conciencia y comienza la verbena. Primero festejan tímida y desordenadamente. Después alcanzan estados de máxima coordinación en los que alternan euforia con desaliento. El sueño es profundo, y las memorias, hasta ahora frágiles y acobardadas, comienzan su ansiado viaje desde el hipocampo hacia la corteza cerebral, donde podrán encontrar un hogar en el que envejecer hasta la hora de su muerte. A continuación, sus ojos, amordazados por unos inmutables párpados, se agitan frenéticamente en la oscuridad buscando falsas imágenes que den sentido al espectáculo que acontece en el cerebro. Pero el aforo es limitado. Desde el puente cerebral se inutiliza la comunicación con las neuronas motoras, evitando que el cuerpo de Javier brinque y dance gobernado por sus sueños. Y así por fin, Javier duerme. Un sinfín de células escenificando una magnífica coreografía, repitiendo cíclicamente sus movimientos hasta el momento en que retorne la conciencia.
Despierta. O por lo menos parte de él. La hermosa sinfonía se pierde abruptamente en un olvido. Uno de los actores parece no recordar sus líneas y se presenta desorientado. Se para el tiempo, se rompen las notas y Javier está atrapado entre dos mundos. Pero ¿cómo es posible? Sus sentidos se agudizan arrastrándose desde su cuerpo inerte. Sus pulmones respiran con angustiosa parsimonia, incapaces de escuchar las órdenes que intenta hacerles llegar. El cerebro, como siempre, se vuelca en descifrar lo que acontece en esta esperpéntica escena, esbozando una obra inédita a partir de la confusa información que recibe. Y es entonces cuando reaparecen los fantasmas. Una pesada bruja se ha sentado sobre él, oprimiendo su pecho y no le deja respirar. Su sistema vestibular, poseído por el pánico, intenta huir despavorido y Javier siente a un ser maligno agarrando su cabeza y arrastrándole por la cama. ¡Otra vez no! – piensa horrorizado mientras intenta inútilmente liberar su cuerpo del hechizo. Sus ansias de gritar se transforman en un aullido desarticulado que trepa con terror por su garganta. Los dedos responden al fin a sus cautivas súplicas y pronto contagian al resto de su cuerpo plegándolo bruscamente hacia delante. Javier inspecciona fugazmente su cuarto y se apagan sus temores. Manso, gira sobre su costado y se promete que no volverá a sentir miedo, pues no es la primera vez que le visitan. Ya debería estar acostumbrado. La próxima vez que los vea, intentará jugar con sus fantasmas.
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