EL PROPÓSITO

Hoy he tosido de nuevo. Levemente, como un niño que por la mañana le dice a su madre que está malo, que no puede ir al colegio. ¡Cof, cof! Y la madre le mira con dulzura y sabe que eso no es nada, que detrás de esos ojos suplicantes está tan solo la pereza de madrugar. Así que me digo, no es nada. No es nada. Una tos tonta, de esas que vienen y se van. Porque se irá, ¿no? Lleva ya tres días, y desde ayer, noto una opresión en el pecho. Porque es una opresión, ¿no? Justo ahí, a la izquierda del corazón. Si me paro, si no hago nada, si dejo de ordenar los cajones del escritorio, de limpiar los armarios de la cocina, de escuchar las noticias de la televisión, si me paro, la siento. Esa ligera presión en el pecho, ese terco asedio y, después, esa dificultad para que mis pulmones se llenen de vida. Y la tos. La tos tonta. Seguro que no es nada, solo han sido dos días tosiendo, ¿o quizás tres?

Ha pasado ya una semana desde que salí al supermercado, bien pertrechado: con mis guantes, como aquellos que utilizaba y que tanto odiaba cuando trabajaba en el laboratorio, y con mi mascarilla, de las buenas, de las que no dejan entrar al virus. Ni al virus, ni al polen. Mato dos pájaros de un tiro. Y es que, parece mentira, pero la primavera florece indiferente a nuestra situación al otro lado de la ventana.

Dentro de lo malo, esta pandemia nos ha pillado en buen momento. Recuerdo que en mi etapa en la Universidad de Londres todavía no se había secuenciado el genoma humano, el libro de instrucciones para fabricar una persona. Se consiguió en 2003. Fueron más de trece años de colaboración entre laboratorios de todo el mundo, entre ellos, el mío. Un hito para la humanidad. Ahora, con mejor tecnología, el código genético del nuevo coronavirus se ha descifrado en pocas semanas. Un gran paso para conocerlo y encararlo. Y es que la ciencia se ha convertido en nuestro único camino, como peldaños de hierro incrustados en la pared de un precipicio.

¡Cof, cof! De nuevo esa tos tonta y la cabeza embotada. Pero es que es normal, después de casi dos meses de confinamiento. Las imágenes que me llegan a través de las pantallas son mi única realidad. Si no es el virus, que no creo, la soledad acabará conmigo. Solo mi voz me tranquiliza, la oigo decir que ya queda menos. Sueño mucho, también por la noche. Me levanto tarde, ya no tengo nada que hacer, preparo la comida, cada vez menos, las lentejas congeladas me duran varios días, luego las noticias, después el telediario, luego el análisis de las noticias. Así cada día. Ya he ordenado todos mis papeles, me llevó semanas; toda mi ropa, me llevó horas. He limpiado los cristales de la casa, he actualizado mi perfil en LinkedIn, he organizado mis fotos, incluso quise hacer un álbum, pero no pude porque me encontré las fotos de mi madre y me deprimí aún más. Intenté hacer deporte, empecé bien, rescaté la bici que llevaba tantos años en el trastero, pero al cabo de una semana la dejé. Demasiado esfuerzo, no quiero que me dé un infarto.

Esa bici no era la misma que utilizaba en Londres, pero tiene gracia que montar en ella me devuelva a esa época. Allí trabajaba con E.coli, una bacteria en la que insertaba el gen de una proteína para que, al replicarse, la produjera en grandes cantidades. Un poco como lo que hacen los virus, utilizan nuestras células para crear miles de copias de sí mismos. Por eso hay quienes dicen que no son seres vivos porque no pueden reproducirse solos, necesitan infectar a una célula y tomar prestada su maquinaria.

Pero yo tengo dudas. Quizás el virus sí esté vivo, quizás más vivo que yo. Al menos parece que tiene una intención: propagarse. ¿Y yo?¿Cual es mi propósito?¿Esperar a que haya una vacuna que me devuelva a un pasado irreal? ¿Mirar desde la fortaleza de mi casa las flores de un parque desangelado, aplastado bajo una losa de silencio? Dormir, comer, esperar a que esto acabe, dormir…Y este dolor en el pecho que no se pasa, esta opresión, esta tos tonta.
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