El sueño de Atenea

Estoy despierta, todavía siento mi cuerpo. Intuyo que apenas me quedan unas pocas horas, incluso minutos, de vida. Ya no soy yo quien se mantiene aquí. Son las máquinas, el milagro de la mente humana. Ellas, son las verdaderas artífices de la prolongación de mi existencia.
Mi yo de principios del siglo pasado soñaba con el avance de lo improbable, con la utopía científica, esa que se terminó realizando, la causante de que todavía no me haya marchado.

Sabía que no podía ser de otra forma, tenía que llegar. Hubiese sido injusto que el mundo se hubiera detenido tras los avances de la segunda revolución industrial. Sólo era cuestión de esperar. No podía ser de otra forma.

Las revoluciones se produjeron, y tuve la inmensa suerte de estar allí para vivirlas, para hacer historia. Y hoy, puedo asegurar, orgullosa, que la hicimos. El siglo XX, mi siglo, fue el del conocimiento de la estructura de la materia, de la vida y de la información. Fue nuestro siglo y fueron nuestras revoluciones: La revolución cuántica, la revolución biológica y la revolución informática. Y sin embargo, a medida que profundizábamos en nuestras revoluciones, los misterios y las zonas oscuras se hicieron directamente proporcionales a nuestras luces.

Dejamos de construir nuestra física sobre leyes. Nos ceñimos a las teorías para abrazarnos a la infinita inmensidad, a la vez que nos postrábamos ante lo microscópico.

Conocimos el Espacio. Sliper, Hubble y Einstein, aun sin querer, mataron a Dios. Estuvimos de acuerdo en que el Universo era finito en cuanto a lo conocido, y estaba en expansión en cuanto a lo descubierto. Y eso, aunque lo disimulábamos bien, nos perturbaba. ¿O acaso creéis que Yuri Gagarin despegó con una sonrisa de desahogo?

Los más grandes fueron los que tuvieron la osadía y la inteligencia de reverenciar a lo aparentemente inexistente: Einstein negó la existencia de espacio y tiempo como realidades separadas mientras ponía fin a las referencias fijas; El gran Planck fue quien demostró que la materia puede emitir o absorber energía en unidades discretas y medibles. Con él, nació su Teoría Cuántica y los mimbres para el amor infinito que más tarde, a ella, le profesarían De Broglie, Schordinger o Heisenberg; Fue emocionante observar con qué amor acariciaban al átomo amigos como Rutherford o Chadwik.

Nos opusimos a la Divina Providencia, tan sólo con la fuerza de la evidencia. Y nos negaron. Nos zarandearon. Nos insultaron. Pero sabíamos que lo hacían por miedo, y eso nos fortaleció. Y hoy, aquellos lejanos gigantes que no aceptaron que los seres vivos estamos unidos entre sí por estructuras evolutivas, que poseemos una base común físico-química, y que somos lo que somos porque tenemos un código genético, hoy, aquellos viejos gigantes, que vociferaron en nuestra contra y quisieron expulsarnos al basurero de la historia, hoy, ellos, son diminutos.

Y nosotros no quisimos ser grandes, pero sabíamos que podíamos crear nuevos sueños al servicio de un mundo que se estaba tornando cada vez más oscuro. E hicimos todo lo que pudimos para que así fuese, para que Europa dejase de oler a carne humana en descomposición. Pudimos realizar cultivos de tejidos separados de sus organismos. Filatov fue capaz de emplear tejidos congelados en sus operaciones quirúrgicas, y en 1936 Carrel y Lindbergh dieron vida a órganos de mamíferos. Nos inundamos de anhelos vitales.

Ese mismo año, trabajé junto al doctor Duran i Jordà. Intentamos que nuestro país no se desangrara. Fuimos pioneros, junto al equipo del Doctor Bethune, en conservar y realizar las primeras transfusiones de sangre. Fue una de nuestras más hermosas aportaciones a la vida.

Después de la barbarie humanitaria que significó la II Guerra Mundial, parecía imposible volver a recobrar la esperanza en la razón. Sin embargo, la resignación no fue tan grande como nuestro deseo para seguir creando nuevas formas de pensar el mundo. No estábamos dispuestos a renunciar a nuestra potencialidad.

En 1948 descubrimos el transistor, y apenas unos años después dimos con el circuito integrado, e inventamos el chip informático. A partir de ahí, el camino de la traducción de los contenidos de información a un lenguaje numérico, fue imparable. IBM, McIntosh, el proyecto Arpa, la WWW o la inteligencia artificial modificaron el milagro, materializaron aquello que fue improbable. Fue nuestra utopía científica del siglo XX.

Me duermo tranquila. En paz con el mundo y conmigo misma. Orgullosa de que siempre, mi pensamiento, estuvo al servicio colectivo de la Humanidad.

Por ella, no paréis.
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