La bata de Diógenes

Son las ocho de la tarde y llueve a raudales. Me cuesta mantener los ojos abiertos después de doce horas en el laboratorio. “Hay que terminar esta maldita tesis”, me repito, “Espero que estas largas jornadas durante mi doctorado den su fruto”, “¡Pobre iluso!” me contestaba en voz alta. Desde luego, la presión del último año de doctorado, los fondos de la beca agotándose y los pasados mensis horribilis en cuanto a resultados, no ayudaban al optimismo.
“Dejo este gel de proteínas tiñéndose en azul Coomassie y me largo”, me dije. Mientras vierto la solución mirando al tendido, me quedo pensando lo simples y elegantes que son algunas técnicas. Una simple corriente eléctrica, había separado una sopa de proteínas en un gel y esta solución azul me las iba “pintar”, así podría identificarlas. El sonido de un chorro me devuelve a la Tierra, y veo un charco azul marino creciendo sobre la bancada y gran parte de mi bata, con el gel de proteínas en el suelo. Mierda. Al menos no hay nadie para reírse de mi torpeza. Me hago con una generosa cantidad de papel e intento arreglar el desastre. La peor parte se la ha llevado la bata, por lo que la lanzo al cesto de la limpieza. No es mi día, una vez más. Mi cama me está llamando, mañana será con bata y energía nuevas.

Al día siguiente, y después de unas merecidas diez horas de sueño, lujo que no me había permitido en los anteriores meses, me dispongo a entrar al laboratorio y reemprender mis quehaceres. Lo primero, conseguir una bata limpia. Le pregunto a Julián, técnico del laboratorio - Menudo Picasso te marcaste ayer con tu bata, ¿eh? Me temo que no quedan batas limpias, solo he encontrado esta por ahí tirada – me tendió una bata que en algún momento del pleistoceno podría haber sido blanca y un aroma a antigüedad me embriagó – ¿De quién es “esto”? – pregunté – Con lo vieja que parece, puede que sea del mismísimo Diógenes o de alguien con su trastorno – respondió con sorna. Al menos tenía una bata. Me puse manos a la obra con energía y ambición renovadas, sensaciones que había olvidado.
Me disponía a analizar la respuesta de células inmunes que había “cabreado” induciéndoles inflamación, y bañándolas luego en medio con distintas dosis del fármaco central de mi tesis, pretendía averiguar qué “moléculas informativas”, llamadas citoquinas, habían emitido mis pequeñas. El experimento era sencillo si lo miras desde fuera, solo aspirar y verter pequeñas cantidades de líquido (como la mayoría de mis experimentos) pero con un principio complejo. Sencillo, elegante y, muy largo. Seis horas de experimento después, analizo cuántas y qué citoquinas han producido las células, simplemente midiendo el cambio de color en el líquido. Para acceder al lector de placas, cinco minutos de cortesía mientras Windows XP carga en un ordenador tan vetusto como mi nueva bata, y obtengo una tabla Excel llena de números. Dos horas de estadística y… “¡¡¡Eureka!!!” grité emulando al filósofo griego. Primeros resultados que tienen sentido en meses, por fin un paso adelante. La excitación del momento cubrió mi cansancio, y decidí repetir el gel que había echado a perder ayer. Empecé el experimento con energía y, dado al calor propio de una tarde de verano, sin bata. Desafortunadamente, el resultado fue catastrófico: ni rastro de las proteínas, había cometido un error en alguna parte. ¿Sería que no llevaba la bata de Diógenes? Fue un pensamiento irracional, pero me llevó a arrugar la bata con rabia y lanzarla contra la bancada. Me fui a casa enojado con la bata y conmigo mismo.

Las siguientes semanas transcurrieron con la misma dinámica, mañanas de éxitos y experimentos bordados, pero por la tarde, sin la bata de Diógenes debido al calor insufrible, nada salía bien. Avanzaba a medias y encima con un caso paranormal, lo que me faltaba.
Un viernes decidí despejarme y salir de cervezas con los compañeros, y les conté mi “misterio griego”. Todos echaron a reír y lanzar teorías locas a la par de divertidas. Hasta que Marta, investigadora experimentada, intervino - Lo único que pertenece a Diógenes aquí es tu cabeza, no la bata ¡melón! Te salen los experimentos cuando estas descansado y concentrado. Exhausto eres un desastre, como todos - Estas palabras fueron una revelación. La presión y pasión habían desembocado en una completa falta de respeto a mi persona y salud, arriesgando mi tesis e integridad mental - Por desgracia, esta situación es más habitual de lo que debería dado la precariedad en la que trabajamos, en fin… ¡Chin chin! - concluyó Marta asiendo un tercio.

A partir de esa tarde, cambié mi dinámica y acabé mi tesis sin problemas. En los agradecimientos, incluí a Marta, otros compañeros, y por supuesto a Diógenes, por prestarme su bata y sabiduría.
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