12 de Enero de 2523

Eran las 6 de la mañana y el calendario holográfico mostraba una fecha como otra cualquiera 12 de enero de 2523, un día como cualquier otro en aquella casa polvorienta. Hacía mucho tiempo que el viejo Alfred había dejado de usar los sistemas de limpieza robóticos, nunca le habían gustado y mucho menos ahora, en su senectud. El despertador comenzó a sonar, nadie podía creer que él todavía usaba esos viejos cacharros de antaño. El gran proyector de hologramas que tenía en frente de su viejo sillón, también de antaño, comenzó a desplegar imágenes una tras de hora y las noticias del día se sucedían una tras la otra. Cuando era pequeño las cosas eran diferentes. Podía recordar el olor de la lluvia recién caída, del café recién hecho que tomaba su abuela y del olor de los pocos libros que aún quedaban. Como el mismo había aprendido en sus años de juventud, en las primeras décadas del milenio había unas expectativas muy altas con respecto a la medicina regenerativa, pero a veces la historia tiene otros planes y esos avances jamás se produjeron de la forma en la que los científicos de entonces esperaban. Sin embargo, el bueno de Alfred tuvo tiempo para conocerlos y beneficiarse de ellos. Nadie lo diría, pero él ya llevaba unos 200 largos años caminando por este mundo, y poco a poco se había cansado de hacerlo. Lo primera primera cosa que falló fueron sus pulmones y también lo primero que pudo sustituir por obra y gracia de la ciencia, le siguieron sus ojos, después su corazón. Y así, poco a poco, los científicos fueron reconstruyendo el cuerpo de Alfred que parecía no querer dejar de funcionar nunca. Siempre le había poseído un gran ansia de permanecer joven para siempre, sin embargo hacía ya unos cuantos años que se había cansado de eso. El paso de los años, de la vida, los dolores de perder a otras personas y de ver como su mundo se encogía le hicieron perder los motivos que le habían llevado a tener un cuerpo cultivado en el laboratorio poco a poco. En su juventud, todavía existían los grandes campos, las montañas y no aquellas ciudades levantadas sobre el mar que la humanidad se empeñaba en llamar "su casa" desde que empezaron las inundaciones. Antes todo era mejor, más auténtico, decía. Pero lo que peor llevaba era la herida de sentirse culpable, de que otros no hubieran podido reconstruir su cuerpo. Le apenaba ver morir a los niños porque sus padres no tenían dinero para unos pulmones, una tráquea, un intestino nuevo. Era todo tan raro. Aquella sensación de vacío le había llevado a tomar una decisión drástica. Comenzó a rechazar las mejoras, la terapia génica, los injertos, los miembros biónicos y poco a poco, pero en paz, se dejó ir. Así que esa mañana tomó una decisión en el silencio de su casa, el sabía que le quedaba poco tiempo. Apagó el sistema, se desconectó de las baterías y se sirvió su último café; se sentó en su viejo sillón, cerró los ojos y nunca más volvió a abrirlos. Así que esa mañana cualquiera que parecía una mañana cualquiera para el resto de la humanidad fue su última mañana. Lo que nadie sabe, es que él, después de ese sorbo, de ese último aliento, expiró con la más amplia sonrisa, con la mayor felicidad por lo logrado, por lo vivido, por lo recordado y, en definitiva, con todas esas pequeñas cosas que le permitían ser humano.
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