Y

Medio millón de células por muestra y trescientos microlitros de una solución de ioduro de propidio, ARNasa 10 y tampón fosfato. Y una ventana. Sabe que durante las incubaciones largas –y esta lo es- debería aprovechar para realizar algo de provecho, leer un artículo, planear futuros experimentos o empezar algún otro procedimiento; pero últimamente cuando queda rezagado en el laboratorio, bien avanzada la tarde, la imagen de aquel ventanal sobre la calle Relator acude precisa y persistente a su memoria sin que nada pueda hacer para evitarlo. Allí solían sentarse juntos a tomar una copa y charlar durante las agradables noches primaverales de Sevilla. Y allí fue, concretamente, donde comenzó a dibujarse su nueva realidad. Para una secretaria judicial, sus conocimientos sobre las leyes españolas de poco o nada servirían en Estocolmo, para un investigador recién doctorado, las posibilidades de continuar con su carrera en aquella ciudad que consideraba su casa aparentaban ser, cuanto menos, escasas. Y siente una punzada de envidia sincera hacia sus colegas septentrionales, que no se ven, necesariamente, empujados a enfrentarse a ese tipo de disyuntivas.

Recientemente, ha empezado a pensar que, comparados con los cometidos en otros ámbitos de la vida, los errores durante la investigación científica resultan bastante asequibles. Con las condiciones experimentales controladas basta con identificar la variable incorrecta, modificarla y repetir el experimento. Ensayo y error. Pero una vez traspasada la puerta del laboratorio, muchas veces, el ensayo no existe y sólo queda el error. Es entonces cuando recuerda los rudimentarios conocimientos de física que había adquirido durante su etapa universitaria y desea poder regirse por leyes similares a aquellas que les son impuestas a las partículas subatómicas. Piensa en el experimento de Young, que mostraba cómo una partícula podía comportarse al unísono como onda y como corpúsculo y cree recordar haber leído una paradójica interpretación del mismo –el nombre de Richard Feynman resuena en su cabeza pero el olvido es, sin duda, más fuerte que la memoria- en el que un solo fotón podría recorrer dos caminos simultáneamente. Piensa también en el gato de Schrödinger que está, siempre que la caja permanezca cerrada, vivo y muerto a un mismo tiempo. Y fantasea ser como esos fotones, como ese gato. Poder ser una cosa y la contraria, poder seguir un camino sin aniquilar el opuesto. En contraposición a su limitada historia lineal, como una vía de tren, querría que su vida pudiera divergir con la exuberancia de las ramas de un árbol tropical y poder así, vivir todas las vidas en una. Pero la originalidad es un don escaso y naturalmente esa vida –como tantas de sus ideas inconscientemente apropiadas- ya fue concebida por alguien con un ingenio superior. Recuerda que Borges imaginó una vez un libro absoluto, una novela que es la vez un laberinto, una suerte de universos paralelos al que llamó el jardín de senderos que se bifurcan. Ts’ui Pên fue su enloquecido autor, Fang el dichoso protagonista. En cada decisión de Fang, todas las posibilidades son exploradas, en cada bifurcación, todos los caminos son recorridos por su cuántico protagonista. No sería desacertado considerar que en esa existencia quien se ausenta es error ante el aplastante dominio del ensayo.

Bajo la reveladora luz del laboratorio, mientras un puñado de células aguardan para su evaluación, considera si la física permitirá, ciertamente, la presencia de esos universos paralelos. Piensa en mundos infinitos que nacen en cada encrucijada, que crecen, se desarrollan y colisionan para acabar muriendo cuando sus destinos se cruzan de nuevo. No pretende volver atrás en el tiempo, sabe que ninguna física permite desandar los caminos recorridos. No pretende, siquiera, cambiar aquella decisión que determinara su realidad porque sueña que en algún plano de la existencia, él mismo ha tomado una resolución distinta inclinándose hacia el sendero antagónico que conduce de nuevo al sevillano ventanal de sus recuerdos. Quizá allí su única relación con la ciencia sea escribir un breve relato para matar el tiempo durante una cuarentena y participar en un concurso organizado por alguna agencia gubernamental. Pero en ese sendero, cuando aburrido y confuso por divagar sobre temas que no alcanza a comprender su compañera de viaje le llame, él se sentará a compartir con ella una copa y un beso frente a una ventana por la que se desliza, furtivo pero grato, el aroma de los naranjos de la calle.

En ese instante el pitido electrónico y obstinado del temporizador le trae de nuevo a la poyata de trabajo para avisarle que es hora de pasar las células por el citómetro. Como no podía ser de otra manera, ha cometido un error. Pero desandar esta senda es sencillo y no hay ley que lo impida. Sabe qué debe cambiar y sabe cómo repetir el experimento para acertar. Ensayo y error.
  • Visto: 26

ESCOLA D'ESCRIPTURA

EUSKAL ETXEA

AEELG

EDITORIAL GALAXIA

METODE

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA

EL HUYAR

AELC

BIBLIOTEQUES DE BARCELONA

ESCUELA DE ESCRITORES

ESCUELA DE ESCRITORES

IDATZEN