La paradoja de Schrödinger

Schrödinger se sonrió mientras escribía rápidamente en un papel con su pluma. ¿Qué dirían sus colegas de aquello? No podían negarle la razón, por muy poco intuitiva que fuera su teoría. Había estado discutiendo con su compañero Albert por correspondencia, y los dos habían llegado a la conclusión de que aquello, aunque a primera vista sonaba a locura, estaba imbuido con la lógica de la razón. No obstante, no podía evitar sonreír al imaginar las caras de sus compañeros al leer su pequeño experimento mental. Paul Dirac, Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Planck. Sus caras de sorpresa venían a su mente. ¿Le tildarían de loco? ¿Se reirían de su teoría, convencidos de que la vida le había empujado definitivamente a la locura?
Hizo una pausa para admirar su obra. Al margen del papel que contenía líneas y líneas de su letra apretada y firme, ligeramente ininteligible, había tenido el descaro de dibujar un gato en una caja. No era un experto dibujante, pero se diferenciaban claramente las atentas orejas dirigidas hacia el lector y los graciosos bigotes.
Continuó escribiendo, la sonrisa ahora olvidada. No lo sabría nunca, pero aquella obra trascendería a lo largo de los años. Los mecánicos cuánticos la citarían, gente sin ningún conocimiento ni interés en su amada física la conocería, gatos llevarían su nombre. Todo por lo que tan afanosamente escribía una soleada mañana del año 1935.
La superposición de ambos estados, muerto y vivo, parecía brujería. En otra época le habrían quemado en la hoguera. Pero era más como un acertijo, una duda más sobre la mecánica cuántica, que muchas veces le producía escalofríos. Al final, que el estado de algo se viera influido por un observador externo era ya no algo meramente filosófico, sino físico.
Repasó de nuevo la teoría. Imaginó una caja, sellada y opaca, cuyo contenido no pudiera ser adivinado desde el exterior. Dentro, imaginó un gato, un recipiente con gas venenoso y un dispositivo que liberara ese veneno en respuesta a la desintegración de cualquier átomo. ¿Quién podría afirmar, al cabo de un minuto, que el gato siguiera vivo? O, mejor aún, ¿Quién podría afirmar con total seguridad que el gato hubiera muerto? ¿Y al cabo de dos minutos, cinco horas o un día? Tan solo un arrogante que despreciara el razonamiento científico podría afirmar con certeza cualquiera de las dos cosas. El gato tenía las mismas probabilidades de estar vivo que de estar muerto. Por tanto, se podía llegar a la conclusión de que el gato estaba vivo y muerto al mismo tiempo. No obstante, una vez se abriera la caja, la magia del misterio desaparecería. Solo entonces, mirando su interior, se podría afirmar que el gato estaba vivo o muerto.
Si era eso aplicable a un gato ¿no podría serlo también a un átomo y a sus electrones, invisibles a nuestros ojos? La muerte o la vida de ese gato era imposible de predecir. Y era esa incapacidad de predicción la que le decía que los físicos estaban muy lejos de entender muchas de las cosas que ocurrían en el mundo. Su hipótesis podría sonar a chiste, pero en realidad era tan lógica como afirmar que el día precede a la noche.
De nuevo sonriendo, puso el punto final a su obra y se reclinó en su asiento. Un maullido llamó su atención. Un gato negro le miraba sospechosamente desde el marco de la puerta, como si supiera que acababa de atentar contra su especie.
- Hemos llegado a una aparente contradicción, gatito, a una paradoja. La paradoja de Schrödinger.
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