Esplluga

Me levanté en medio del incesante rodar del autobús, viendo a lo lejos el perfil que dibuja la ciudad de Barbastro. Iba a pasarme los próximos meses de verano antes de la universidad con mi abuela, para que «aprendiera» algo de ella según palabras de mi madre. Llegamos a la estación a las 12:36 de la mañana y me bajé con más sueño que hambre. Debía reunirme con un tal Vicente, un conocido de mi abuela Clara, que estaba en la ciudad haciendo unos recados. Según me comentó por teléfono, me reconocería sin problemas y me llevaría al pueblo en coche. De pronto, mi nombre resonó por el andén de la mano de una estruendosa y grave voz:

–¡Irene! –dijo a lo lejos. –Eres Irene, ¿verdad? ¡Eres ‘clavaica’ a tu abuela!

Con total sorpresa, me reconoció tal y como ella dijo. Le respondí afirmativamente, a lo que me preguntó qué tal me había ido el viaje. Durante esa breve conversación volvió a relucir el parecido que según él tenía con mi abuela.

–Si tienes hambre podemos comer algo en el bar de la estación. Hacen unos bocatas que están para chuparse los dedos.

Parecía que lo dijera más por el que por mí.

–Prefiero ir para Espluga, mi abuela me estará esperando para comer.

No es que quisiera desmerecer esos bocatas del bar, pero prefería llegar lo antes posible a casa y comer algo más decente. Fuimos a por el coche y nos tomó algo menos de una hora de carretera. Durante el trayecto, Vicente no me paró de hablar sobre mi abuela y sus increíbles viajes a África. La gente del pueblo la tenía por una eminencia.

–La mujer que puso Espluga en el mapa, ni más ni menos –dijo. Sonaba casi como si fuera mérito propio. Aun así, se notaba en sus palabras la profunda admiración que le tenía.

Llegamos a Campo sobre la una y veinte, donde Vicente hizo una parada para repostar y saludar al de la Gasolinera. De ahí remontamos la nacional y llegamos a Espluga. Mi abuela estaba esperándonos en la plazuela con una olla en las manos.

–Qué rápido habéis llegado –dijo ella. –¿Todo bien por el camino? Esto es para ti Vicente, por las molestias.

Le había preparado un conejo al chocolate, receta de la familia. En aquel momento deseaba que hubiera una segunda olla para nosotras. De sus platos ese era sin duda uno de mis preferidos.

–No hacía falta doctora, ya sabe que tenía que hacer unas cosillas por allí.

Se despidió y se fue con el coche levantando un poco de humareda por el tubo de escape. Fuimos hacia casa mientras conversábamos sobre el autobús y poco más. Al entrar, me volvieron esos recuerdos de cuando era pequeña y me pasaba con ella todo el verano. La casa estaba repleta de decoraciones, cuadros, fotos de mis abuelos durante su época como médicos sin fronteras… en fin, recuerdos de las muchas aventuras que vivieron.

–Cariño, eso fue hace eones –respondía cuando le preguntaba sobre aquella época.

Mi madre me había contado la historia miles de veces. Ambos eran médicos y estuvieron durante años trabajando en la campaña de vacunación contra la Viruela en el Cuerno de África. Algo que mi abuela restaba constantemente importancia. Mientras iba a dejar la maleta, me quedé mirando fijamente una foto de ella vacunando a una niña.

–¿De dónde es esta foto? –le pregunté.

–Esto era en una escuela infantil de una aldea al norte de Somalia. Mira qué joven estaba –me contestó, mientras miraba la fotografía.

El olor de conejo al chocolate inundaba la casa. Al subir al piso de arriba confirmé mis sospechas: había una segunda olla para nosotras. La mesa estaba puesta y nos pusimos inmediatamente a comer. Mientras saboreaba ese plato tan exquisito, salió a relucir otra vez la niña de la foto.

–En aquel momento la Organización Mundial de la Salud empeño muchos esfuerzos para extender la vacuna por África y Asia. Eran zonas muy desfavorecidas donde la enfermedad era endémica –dijo mientras se llevaba un poco de conejo a la boca.

–Y, ¿estuvisteis muchos años con el abuelo ahí? –le pregunté, para que tuviera tiempo de masticar.

–Bastantes. Nos volvimos a España a principios de los 80, cuando la enfermedad se consideró erradicada. Nos vinimos a trabajar como médicos rurales aquí a ‘Esplluga’ –dijo. Así es como se dice Espluga en Patués, un dialecto hablado en el valle de Benasque, Aragón.

–El resto de la historia ya la conoces de sobra, ¿no? –sonrió.

Continuamos hablando sobre su labor en Benasque, la familia, la despoblación de la zona. Y así comenzó mi verano, en el que definitivamente iba a aprender más de lo que habría imaginado.
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