Otra vez

Le daban dos días para preparar sus cosas y despedirse de quien la pudiera echar de menos. Dos días. Elena leyó otra vez muy despacio la comunicación certificada que le había entregado un agente de La Secretaría de Resoluciones unos minutos antes. Si, dos días.
Elena era una señora anciana, de cuerpo delgado, enfundada en eternos vaqueros y una camiseta de mayor o menor grosor según la estación. Su pelo blanco enmarcaba unas facciones serenas y expresivas. Vivía sola a sus ochenta y tres años, tenía a su gato Skype que le hacía compañía, siempre y cuando no tuviera mejor quehacer en el jardín de los vecinos y por horas una asistente a punto de jubilarse.
Había pasado los últimos tiempos recordando; su memoria revivía viajes, estudios y aventuras amorosas. Siempre tuvo una curiosidad intensa, un optimismo continuo y mientras trabajó en aquel vasto laboratorio de transformaciones volátiles, que todavía llamaban cárcel, fue feliz descubriendo nuevos horizontes, buscando aplicaciones innovadoras para el tratamiento y rehabilitación de jóvenes internados por conductas nada aceptables aun teniendo en cuenta sus orígenes y carencias de todo tipo. Junto a sus compañeros y colaboradores buscaban resultados en las investigaciones que en diversos países ponían el enfoque en tratamientos efectivos adentrándose en el conocimiento profundo del todavía muy desconocido cerebro. No se encontraba la vía de acceso.
Un día llegó la jubilación…
Elena no se había casado ni había tenido hijos, algún sobrino que revoloteaba por la jungla Amazónica desde que acabó la pandemia del año 20, le mandaba alguna comunicación de vez en cuando, pero poco a poco desapareció, como muchos amigos, muertos quizás como su hermana o vecinos que cambiaban de cara de un día a otro en tiempos convulsos y solo un saludo al cruzarse con ella le confirmaba que no era invisible. Los viejos se hacen invisibles, se decía continuamente, Elena lo comprobaba una y otra vez: diferente fue su juventud y madurez, plena de efusivas relaciones, momentáneas unas, duraderas otras pero sin sentirse sola nunca, al contrario, sus mejores vacaciones debían tener un tiempo para contactar consigo misma, con sus pensamientos, sus proyectos… Renovada, continuaba con su vida laboral.
En su nueva existencia pasiva se dio cuenta, poco a poco, de que su cuerpo manifestaba dolencias menores pero continuas: una operación del túnel carpiano, primero, que si artrosis o reuma después y mientras esperaba para oír otros diagnósticos constató que su lucidez era la de siempre pero su cuerpo con dolores y lentitud devenida se convertía en pesada carga. Una vez asumida su decadente vida, quiso indagar sobre los últimos avances de la medicina geriátrica, de la psicología… Todos los expertos coincidían en afirmar que de lo que se quejaba era normal a su edad. Ella no se conformaba. ¿Tenía que dejar que se desvaneciera su intelecto que tantas satisfacciones le había dado? Debía esconderse detrás de analgésicos, pastillas para la presión, para dormir, para… En suma ¿aceptar una decrepitud que iba a convertirla en un ser sin esperanzas de curación pues todo era normal y cada año que pasaba la llevaba hacia la muerte?
Por aquellos días conoció a José en la Biblioteca del barrio a la que acudía casi a diario. José buscaba algo. Habla con la bibliotecaria constantemente y Elena le observa al ver su insistencia Un día, un pequeño encontronazo les presentó y Elena no pudo reprimir su curiosidad y empezó a preguntar todo lo que se le ocurría pensando que el pobre ancianito, al menos aparentaba sus buenos ochenta años, estaba revolviendo en busca de algún título que no encontraba en las estanterías.
José le informó de cuál era su búsqueda. La biblioteca en la que habían coincidido era una de las elegidas para distribuir formularios y remitirlos a las autoridades una vez rellenados. Hoy, le dijeron, tenían encima de una mesa los papeles, debían darles entrada, sellarlos y entregarlos a quienes lo solicitaran.
— ¿Para qué los cuestionarios? — preguntó Elena
—Para solicitar ser donante.
— Cuéntame por favor —le suplicó ella
—Por fin han elaborado los protocolos necesarios para hacer trasplantes de espíritu a cuerpos jóvenes con trastornos psiquiátricos incurables o condenas perpetuas. Los mayores de ochenta años podemos ser donantes. Primero hay que someterse a unas pruebas, y luego aceptar dar otra oportunidad a personas físicamente sanas.
Elena sonrió. ¡Por fin habían encontrado el modo de entrar! Rellenó un formulario. Durante varias semanas pasó por las pruebas necesarias. La llamarían, dijeron.
Hoy ha sabido que debe presentarse dentro de dos días en la dirección que le adjuntaban, Tenían un receptor.
El espíritu de Elena en marcha. Otra vez.

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