Sin azúcar, por favor

En el edificio de genómica, el menú de la cafetería no está nada mal. Es barato, abundante y ofrecen bastante variedad todos los días. Por eso, bastantes estudiantes y profesores suelen abarrotar el comedor al mediodía. La comida tiene mucho aceite y a veces resulta un poco pesada, eso también es cierto, así que otros preferimos traernos la tartera de casa.
Adolfo Sánchez Blanco, originario de Salamanca, es profesor asociado de la universidad de Hartford y pertenece a este último grupo. Suelo coincidir con él en los microondas, calentando el táper, y siempre se interesa por el progreso de mi doctorado o el resultado del último partido de tenis que jugué. Por eso, nunca había prestado demasiada atención a la comida que se traía de casa.
Ayer, sin embargo, me di cuenta de que Adolfo, prototipo de investigador exitoso y saludable, no come hidratos de carbono. No fue culpa de nadie que, al sacar el táper del microondas se quemase e instintivamente lo soltase, con tan mala suerte que todo el contenido se volcó en el suelo. Adiós al salmón con verduras. Adolfo, resignado, cogió una bandeja y se dispuso a comprar algo de comer. Recorrió el mostrador ojeando las distintas opciones, pero ni el arroz con verduras, ni la pasta a la boloñesa ni el estofado de ternera con patatas parecieron convencerla. Visiblemente alterado, intercambió unos susurros airados con el encargado, que aguantó el chaparrón con cara de circunstancias. Después, agarró una ensalada César ya preparada y se sentó solo en una mesa.
Me acerqué y, tras pedirle permiso, me senté con él. En medio de un incómodo silencio, ataqué el contenido de mi tartera mientras le observaba separar todos los picatostes de la ensalada. En ese momento comprendí cuál era el problema. La curiosidad me pudo, al fin y al cabo me había dado clase y existía una cierta confianza, así que, en un tono lo más casual posible, le pregunté:
YO. -Perdona que me meta donde no me llaman pero me ha entrado la curiosidad; ¿tienes alguna alergia?
ADOLFO. - (con un suspiro) La verdad es que no, pero he elegido no comer carbohidratos.
YO. -Y si no es mucho cotillear, ¿por qué no? Entiendo que los azúcares simples no son lo más sano del mundo, pero todos los nutricionistas recomiendan comer cereales, preferentemente integrales, eso sí.
ADOLFO.- Ya sabes que en mi laboratorio investigamos el envejecimiento usando pequeños gusanos como modelo.
YO.- Sí, los C. elegans, aprendimos a trabajar con ellos en el laboratorio de introducción a la biología molecular.
ADOLFO.- Exacto. Pues hemos descubierto que reduciendo la glucosa de su dieta se extiende su esperanza de vida. Los genes que regulan este proceso están conservados en el ser humano, así que he decidido dejar de comer todo tipo de hidratos de carbono, que al digerirse se descomponen también en carbohidratos simples como el azúcar de mesa.
YO. – Ah, ya veo.
Esta escena, que quedó en simple anécdota, me llevó a darme cuenta de que muchos científicos, especialmente aquellos que estudian temas relacionados con la salud, están tan metidos en sus investigaciones que, de manera más o menos consciente, acaban tratando de aplicar sus descubrimientos a su vida diaria. Adolfo me recordó a mi padre, ingeniero de edificación, que no puede evitar hacer fotos a las grúas cuando nos vamos de vacaciones y se cruza con una obra.
Terminé la tesis y encontré trabajo en otra ciudad, así que me distancié de Adolfo, aunque seguí con atención los progresos de su laboratorio. Hace poco, descubrieron que las hembras de esta especie de gusano viven menos si tienen descendencia. Sabiendo que Adolfo, felizmente casado, tiene dos hijos, me alegré de que no hubiera dejado que su trabajo interfiriera demasiado en su vida personal. Eso sí, aún tengo pendiente preguntarle cómo les hace los bocadillos a los chavales…
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