La ciencia nos rodea

Sentada sobre mis piernas cruzadas, observo la amplia paramera de la Sierra Norte de Guadalajara, que se extiende ante mis ojos. Las encinas dispersas manchan el paisaje semiárido de montaña, acompañadas por matorrales olorosos como el tomillo, el espliego y la lavanda que empiezan a estar en flor. Pocas sabinas o enebros quedan, debido al uso tradicional agrario y ganadero extensivo, que aún perdura en algunas zonas colindantes cuyos cultivos de trigo, cebada y girasoles tiñen las lomas y altiplanos de verde y amarillo en verano. El verde sombrío de las encinas contrasta con la tierra rojiza de las areniscas del Buntsandstein y sus afloramientos calizos o piedras-vaca, como me gusta llamarlas desde pequeña. Las piedras-vaca son claras y porosas, afloran desde el suelo como planchas redondeadas de suficiente tamaño para poder tumbarte a ver las nubes y no mancharte de verdín. Las manchas oscuras son debidas a la proliferación de líquenes crustáceos, dándoles ese aspecto característico que recuerda al pelaje del rumiante. Y hablando de rumiantes ¿Aquellos desprendimientos en las cortezas de las encinas podrían ser marcas de territorio hechas por corzos? Es época de apareamiento y están aventureros y revoltosos.

El sol brilla con esplendor, aunque lleva toda la mañana jugando al escondite, tímido detrás de algunas acumulaciones nubosas. Así son las primaveras en este clima ultra continental térmico. Estás en manga corta y de repente una nube tapa el sol, se levanta una brisilla que te eriza la piel y de camino a casa empiezan a caer unas cuantas gotas, las suficientes para terminar empapándote. ¡Viva la loca primavera castellana! ¿No estarán multiplicándose y extremándose estos episodios de inestabilidad atmosférica?

Menos mal que cuando llego a casa, construida a base de arenisca y arcilla, con vigas de madera y tejas naranjas, está encendida la chimenea. El chopo arde bien, bueno para dar vivacidad al fuego iniciado por las piñas. El relevo final lo coge la leñosa encina, que tarda más en prender, pero al contrario que la madera del chopo, que enseguida se consume, tiene mayor duración y calienta más intensamente. Me pregunto cómo influirá la fisiología de la madera y las diferentes concentraciones de nutrientes en el tronco para crear capacidades ignífugas y caloríficas tan dispares.

Y de repente, vuelve a asomarse el sol, bien juguetón como el jilguero, piando de risa observando a una pareja de herrerillos comunes, muy concentrados en su primera cita, volando de rama en rama del ciruelo, con cuidado de no chocarse con sus flores blancas y densas. Además del ciruelo, mi madre, gran amante de la agricultura ecológica y de autoabastecimiento ha sembrado zanahorias, cebollas, coles, patatas, ajos y más adelante calabazas, tomates, judías verdes y calabacines. Aquí no se desperdicia suelo fértil poniendo un jardín con césped. Curiosamente, la lechuga, el perejil, la hierbabuena y la acelga nacen solas. Podría ser debido a tantos años de uso agrario del huerto y que aún posea simiente de otros años, alguna que otra semilla extraviada, que por condiciones ambientales y edáficas se hubiera quedado dormitando. También estas plantas, y sobre todo la acelga, podría haberse naturalizado en este microhábitat, creciendo de forma autónoma.

Preparo un té y expongo a mi padre las observaciones y posibles hipótesis que plantea mi cerebro de científica, que busca automáticamente posibles explicaciones a todos aquellos fenómenos observados en el entorno que me rodea. Mi padre toma un sorbo de té y me mira, al otro lado de la mesa, como si se me hubiera fundido un cable o necesitara una buena siesta. A lo mejor, deberías disfrutar más del fin de semana -me dice- aprovechar los días libres y despejar la cabeza de tanta ciencia.
Considerando sus palabras, pienso por un instante que a lo mejor lleva razón. Mejor no darle más vueltas en este fin de semana a los rasgos funcionales de plantas y cómo interaccionan con las funciones y servicios ecosistémicos y al papel, cada vez más fundamental de la microbiota del suelo, que con su hilos invisibles controla, más de lo que nos imaginamos, los grandes procesos biogeoquímicos que rigen los ecosistemas globales. Total, hoy en día todos los predoctorales que estamos haciendo una tesis, a ojos de la sociedad, estamos un poco pirados.

Sin embargo, no me dejo amedrentar. Silenciosa y decidida, segura de mi criterio, me giro hacia la ventana con el té humeando, bien caliente entre mis manos. A través de ella me asomo al mundo y sólo veo ciencia. Veo ciencia rodeándonos y esperando a que nos hagamos las preguntas correctas y así, pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta, revelar los misterios del universo.
  • Visto: 102

ESCOLA D'ESCRIPTURA

EUSKAL ETXEA

AEELG

EDITORIAL GALAXIA

METODE

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA

EL HUYAR

AELC

BIBLIOTEQUES DE BARCELONA

ESCUELA DE ESCRITORES

ESCUELA DE ESCRITORES

IDATZEN