La eterna búsqueda de la luz

Amanece otra apacible mañana de agosto en las Islas Svalbard. Me gustaba abrir los ojos de las primeras de la colonia y poder observar al resto de charranes árticos. Después, mirar con orgullo mi propia familia, a mis dos hijos y a su padre descansando todavía. Hace dos meses que eclosionaron, y ya alzan el vuelo con auténtica maestría. ¡Ay, cómo pasa el tiempo, pronto abandonarán el nido! Me sacudí rápido las plumas, y con ellas también aquella idea tan ñoña, ¿Qué soy, acaso una de esas perdices del final de una novela romántica?, me compuse y batí mis alas a contracorriente en dirección a mi parcela favorita del Atlántico Norte. Aquella donde siempre encontraba jugosos manjares. Era importante desayunar bien hoy, comenzábamos la migración en busca de nuestro eterno verano, y con suerte nos esperaban 700Km de travesía de una tirada. De vuelta, con el pico lleno, tres peces pequeños y muchos insectos bobos que volaban a ras de agua. Al llegar al nido, los pequeños ya aleteaban. Desayunamos. La colonia entera estaba lista, sólo tuvimos que esperar al charrán más anciano. Probablemente ésta sería su última migración y todos nos sentíamos orgullosos de compartirla con él. Llegó, y tras eso nos marchamos. Volamos sin descanso, sobre ese eterno azul, avistamos olas de grandísimo tamaño, algunas hasta nos revolcaron alguna vez cuando planeábamos persiguiendo a una presa. Fue una semana de dura travesía hasta llegar al primer gran trozo de tierra, volcán de Pico fue lo primero que vi del archipiélago de las Azores. Ahí pudimos recomponernos, y degustar algún pez espada preto entre todos los de la colonia. Todos los charranes árticos tuvimos un cónclave tras dos días en las Azores, teníamos que decidir, quiénes de la colonia irían hacia la Antártida por África, y quiénes por Suramérica. Nos dividimos, y yo bajé por la costa africana con una de mis crías. La desembocadura del río Níger en el Golfo de Guinea es quizás uno de mis puntos favoritos del paisaje, y así se lo hice saber a mi descendencia. Mira, ahí hace dos migraciones tu padre y yo compartimos pescado mientras volábamos con el viento en contra durante un atardecer precioso. Vi por primera vez la danza aérea de cortejo de tu padre, y ¿qué te voy a decir?, aquí estás como prueba de éxito. Y seguimos bajando por la madre África y el cansancio se iba acumulando en las alas. Llegamos a lo que puede ser el tramo más duro de toda la migración, el Desierto del Kalahari. A pesar de que ya era octubre, las temperaturas aún rondaban los 40 grados centígrados en las horas centrales del día, y la arena rojiza de este desierto nos entorpecía de buen grado el vuelo. Fueron duras estas dos semanas de travesía, y en este punto, ya llevábamos algo más de tres meses de migración. Llegamos al punto de inflexión, Cabo de Buena Esperanza, anuncié a los más jóvenes del equipo que ya estábamos más y más cerca del final de la migración, próximos a esa reunión con los nuestros, y a otras merecidas vacaciones de verano. Últimos casi cinco mil kilómetros antes de la costa de la Antártida. ¿Qué es eso comparado con los trece mil que ya llevábamos? Seguimos volando con nuestra ya tan acostumbrada formación en V y tras veintiún días de periplo, y alguna incidencia con los vientos pudimos ver tierra. Yo pronto reconocí el lugar donde solíamos nidificar, también otros de los charranes veteranos del grupo. Descendimos en picado hacia tierra y nos instalamos. La vida comenzó a instaurarse en ese ritmo tranquilo de aquel que sabe que le esperan unas merecidas vacaciones. Pero el tiempo pasaba y nada sabíamos del otro grupo, parecía que no llegarían para el día de Navidad. No llegaron, ni ése ni ningún otro día, y quién sabe dónde y por qué hito fueron reubicados. Quizás fue el cambio climático que desubicó una corriente de viento, o creó una nueva zona verde propiciada por unas semanas de abundantes lluvias. ¿Quién sabe? Lo único que cabe esperar es que ellos también estén buscando eternamente la luz.
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