Transformación

Ayer tendría que haber muerto. Sin embargo, sigo aquí. Algo no va bien.
Estoy aterrada. Los cambios comenzaron hace una semana. Al principio, fueron minucias. Leves cambios de forma, perder el contacto con mis compañeras. Después, comenzó el zumbido. Una actividad hasta entonces desconocida se desató en mi interior. Entonces, supe con certeza que había ocurrido la mayor de las desgracias para alguien como yo. No lo comprendía. No podía evitarlo. Se supone que hay mecanismos de control que impiden que esto ocurra, ¿por qué no se han activado? ¿Qué ha fallado? ¿Por qué no he muerto?
Lo peor es la soledad. Siempre hemos estado todas tan unidas, trabajando en perfecta sincronía como si fuésemos una sola. Y así, de pronto, las he perdido a todas. Puedo verlas, ellas siguen con sus tareas sin percatarse de mi cambio repentino. Tampoco las vigilantes me ven cuando pasaban durante sus patrullas rutinarias. Me he vuelto invisible.
Esta situación no dura demasiado. Al poco tiempo, siento un roce a mi derecha. Una de mis compañeras también ha cambiado. Me mira, asustada, su rostro un reflejo de lo que yo siento.
- No puede ser – acierta a susurrar. – Esto no tendría que pasar…
- Me temo que sí – respondo con tono apesadumbrado.
- ¡No es justo! ¡Lo hemos hecho todo bien! ¿Por qué ahora?
No puedo contestarle. No sé qué decir. Solamente soy capaz de estrecharla con fuerza unos segundos antes de volver a sumirnos en un silencio inquieto.
No tardan en unirse a nosotras más compañeras cambiadas, todas ellas confusas y temerosas. Cada vez somos más. La desesperación va en aumento. Nos apretujamos unas contra otras, incómodas, algunas incluso empiezan a pensar en huir de nuestro hogar, dejarse llevar por el miedo. Al final, nuestras compañeras afortunadas, las que no han cambiado, acaban por darse cuenta de lo que ocurre. Pero ya es demasiado tarde. Somos demasiadas.
Su bella sincronía se rompe cuando también entran en pánico, intentando corregir los defectos que causa nuestra sola presencia. Oh, cómo nos duele ver aquello, saber que somos culpables, aunque no es nuestra intención, y no poder hacer nada por evitarlo. Los vigilantes se organizan, por fin, e inician su protocolo de contención y ataque. Algunas de las mías caen, pero somos demasiadas. Siempre somos demasiadas.
Un día, comienza un rumor. Mis compañeras cambiadas intercambian chismorreos, susurros cargados de una mezcla de optimismo y ansiedad que no se atreven a decir en voz alta por si se rompe el hechizo, como si así pudiesen evitar el inevitable momento en el que sus ilusiones se harán añicos. Al principio, me niego a creer en esas habladurías. Son demasiado bellas para ser ciertas. Yo, que lo he empezado todo, he perdido la esperanza hace mucho tiempo. Pero no puedo evitar que una diminuta llama de aliento se prenda en mi interior. ¿Podría ser cierto? ¿La ayuda está en camino?
Cierro los ojos con fuerza y me dispongo a descansar, tratando de acallar el zumbido interno que me acompaña desde el cambio y los murmullos de mis compañeras.
Cuando vuelvo a abrirlos, estoy sola. Mis compañeras han desaparecido. Tan solo quedo yo, rodeada de pequeñas criaturas resplandecientes. Son hermosas. Me miran, a la espera. Por primera vez desde el cambio, siento que me embarga una profunda sensación de calma.
- ¿Qué eres? – le pregunto a la criatura más próxima a mí.
- Soy la quimioterapia – me responde con su voz grave y sosegada.
La diminuta llama de esperanza que albergaba en mi interior se convierte en un poderoso fuego. Después de todo, los rumores eran ciertos. Esbozo una sonrisa, dejo escapar una lágrima de pura alegría. Por fin iba a morir.
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